POV Dominic
El apartamento permanecía sumido en un absoluto y pesado silencio. Por primera vez en muchísimo tiempo.
Me agaché con cierta dificultad sobre la alfombra de la entrada para abrochar la cremallera de una de las maletas. Al hacer palanca, el hombro derecho protestó de inmediato con un pinchazo punzante.
—Joder... —mascullé entre dientes.
Solté el aire despacio por la boca y volví a incorporarme lentamente, sosteniéndome la articulación.
Vivía en el último piso de un imponente rascacielos situado en pleno corazón financiero de Seattle. Era un ático dúplex de dos plantas: cristales panorámicos de suelo a techo, una terraza privada con vistas espectaculares al puerto, y una cocina de diseño vanguardista que parecía directamente extraída de las páginas de una revista de arquitectura contemporánea.
Todo en ese lugar era moderno, pulcro, absurdamente caro... y completamente impersonal.
Había adquirido la propiedad hacía dos años tras firmar mi primer gran contrato, aconsejado por mi entorno porque decían que era «el apartamento representativo que una verdadera estrella de la liga debía poseer». La triste realidad era que jamás, ni un solo día, me había sentido como en casa entre esas paredes.
Eché un vistazo a mi alrededor. Un salón diáfano y gigantesco, muebles de firma internacional, televisores de dimensiones descomunales, estanterías repletas de trofeos, placas y reconocimientos. Y ni una sola fotografía personal. Ni una sola. Lucía exactamente igual que la suite de un hotel de cinco estrellas: lujoso, impecable y frío.
Metí la última sudadera en el macuto de viaje. En ese instante, el teléfono móvil volvió a vibrar con insistencia sobre la encimera de granito.
En la pantalla iluminada brilló el nombre: Victoria. Lo ignoré.
Cinco segundos después, una nueva entrada: Ethan Brooks. Lo ignoré también.
Había perdido la cuenta de las llamadas perdidas acumuladas durante la mañana. Desde que me había despertado tras la pesadilla del hospital, Ethan debía de haberme llamado unas veinte veces. Victoria, casi otras tantas. No pensaba contestar a ninguno de los dos; el enfado y la indignación me quemaban por dentro.
Encendí el televisor solo para romper la densidad del ambiente con un poco de ruido de fondo. Error absoluto. Todas las cadenas de noticias y programas de prensa rosa abrían con la misma cabecera:
«Dominic Blackwood, la gran estrella de la liga, oficialmente comprometido con la reconocida modelo Victoria Sinclair.»
«La boda del año en el mundo del deporte.»
«Analizamos el romance de la pareja más mediática del momento.»
Agarré el mando a distancia y apagué la pantalla de un manotazo. Comprometido. Ni Ethan ni Victoria habían tenido la más mínima decencia de consultarme antes de enviar la nota de prensa. Habían orquestado semejante mentira únicamente porque mi representante decidió que un compromiso mediático vendería más periódicos.
Escuché unos pasos somnolientos bajando por la escalera de caracol de la planta superior, seguidos por una risita femenina ahogada. La puerta del dormitorio de invitados se abrió. Una chica rubia y alta descendió mirando atentamente la pantalla de su smartphone; llevaba un ceñido vestido negro de noche —claramente el de la fiesta previa al partido— y sostenía unos taconazos de aguja en una mano.
Al cruzarse con mi mirada en el salón, levantó la vista ligeramente sorprendida.
—Oh... Buenos días —murmuró.
—Buenos días —respondí con tono neutro.
—Ha sido... un placer, supongo.
Asentí con educación fría.
—Que tengas un buen día.
La chica sonrió con cierta vergüenza, cruzó el salón a paso ligero y salió por la puerta principal. Esperé unos segundos en silencio y, como era de esperar, apareció el verdadero culpable.
—¿Has visto mis zapatillas de andar por casa? —preguntó Jace Davenport mientras bajaba los escalones despeinándose la melena rubia desordenada con una mano.
Vestía un pantalón de chándal gris desgastado y iba sin camiseta, luciendo sus músculos tonificados. Todavía tenía los ojos entrecerrados por el sueño.
—No sabía que usabas algo que no fuera de piel —comenté de reojo.
—Muy gracioso, Blackwood.
Se encaminó directamente hacia la cocina, abrió la nevera de doble puerta sin pedir la menor autorización y comenzó a sacar sobre la encimera huevos, bacon y un paquete de pan de molde. Actuaba con la naturalidad de quien se sabe en su propio terreno. Bueno... prácticamente pasaba más tiempo en mi ático que en su propio piso.
—¿Quién era esta vez? —inquirí mientras doblaba con cuidado otra camiseta térmica.
Jace frunció el ceño en un ademán de profunda concentración mental.
—Pues la verdad... no me acuerdo.
Lo miré en absoluto silencio durante tres segundos. Él terminó encogiéndose de hombros con desfachatez.
—Creo que se llamaba... ¿Claire? ¿O quizás Chloe? Algo con C, seguro.
—Ni siquiera sabes cómo se llama la persona que duerme contigo.
—Eso ha sonado innecesariamente feo por tu parte, amigo.
—Es que es feo.
Jace rompió un huevo sobre la sartén caliente con destreza.
—No hace falta memorizar nombres cuando sabes perfectamente que no volverás a verlas en tu vida. Es una regla de eficiencia.
Negué con la cabeza, divertido a mi pesar.
—Un día de estos vas a meter en casa a una asesina en serie, te lo advierto.
—Imposible.
—¿Ah, sí? ¿Por qué tan seguro?
—Porque tengo un gusto exquisito para las mujeres.
No pude contener una carcajada corta.
—Eres un idiota, Davenport.
—Pero un idiota encantador y con un tiro a puerta impecable —apostilló. Cogió una tostada recién salida del tostador y señaló mi hombro inmovilizado con ella.
Eso me hizo sonreír, y recordé cómo conocí al idiota que llamó mejor amigo.
Flashback