POV Camila
Los lunes siempre empezaban exactamente de la misma manera.
Con una alarma estridente sonando demasiado temprano. Con dos niños dormilones que nunca querían ponerse los zapatos por las mañanas. Y con la constante y persistente sensación de que el fin de semana en el campo había durado exactamente cinco minutos.
—Liam, por favor, los calcetines —insistí mientras apuraba el último sorbo de café.
—Ya voy, mami —murmuró arrastrando los pies.
—Hazel, deja al pobre Max tranquilo un momento.
—¡Pero si solo le estaba dando un abrazo de buenos días! —protestó la niña desde el suelo.
—Cariño... llevas abrazándolo diez minutos seguidos. El perro necesita respirar.
Hazel soltó al labrador con una sonrisa de absoluta inocencia. Max, oliendo la libertad, aprovechó la oportunidad para salir disparado por la puerta trasera hacia el jardín. Negué con la cabeza entre risas, contagiada por el caos mañanero.
Mi madre, Sarah, apareció en la cocina sosteniendo dos fiambreras de colores.
—Aquí tenéis el almuerzo para el colegio —dijo colocándolas en mi bolso—. Y no te olvides del termo de té.
—Gracias, mamá, de verdad. Por todo.
Me acercó el rostro y me dio un beso cariñoso en la mejilla.
—Pasadlo muy bien hoy. Llámame en cuanto lleguéis al pueblo.
—Lo haré.
Media hora más tarde, el coche ya devoraba los kilómetros de asfalto de regreso a la ciudad. Aparqué cerca del colegio infantil y conduje a los niños hasta la entrada. Como ocurría cada mañana, Liam fue el primero en cruzar el portón con energía renovada, mientras que Hazel se demoró unos segundos más. Siempre necesitaba ese abrazo extra de despedida.
—Pásalo muy bien hoy, mi princesa —le dije agachándome para besar su frente.
—¿Vendrás a buscarnos pronto?
—Como siempre, mi amor. Sin falta.
Sonrió plenamente satisfecha.
—Vale.
Los observé alejarse agarrados de la mano hacia su aula, guiados por su profesora. Y justo cuando me giraba para regresar al vehículo, una voz sumamente familiar resonó a mis espaldas.
—¿Así es como recibes a tus primos favoritos después de estar una semana entera fuera?
Me giré de golpe. Al reconocer la figura alta y atlética que me sonreía a unos metros, no pude evitar que una sonrisa enorme se apoderara de mi rostro. Una mata de pelo castaño, piel bronceada y ojos marrones me sonrió a unos metros de distancia.
—¡Kevin!
Él abrió los brazos de par en par con dramatismo teatral.
—Ni un 'te he echado de menos', ni un abrazo... Qué decepción de bienvenida, Camila.
Me acerqué riendo y me abalancé a envolverlo en un cálido abrazo. Kevin era el hijo del hermano mayor de mi padre, Ryan, y otro gran pilar de la clínica; un fisioterapeuta brillante, con una empatía natural envidiable y una energía que lograba iluminar cualquier espacio. Era el hijo del hermano mayor de mi padre, Ryan.
—Pensaba que no volabas de vuelta hasta mañana por la noche —comenté al apartarme.
—Esa era la idea original —admitió guiñándome un ojo—. Pero conseguí adelantar el vuelo de enlace. No podía perder el tiempo.
Se echó un poco hacia atrás para examinarme la cara con atención profesional.
—Sigues teniendo exactamente la misma cara de no haber dormido más de cuatro horas seguidas.
—Gracias, Kevin. Siempre tan delicado y observador. Eres un encanto.
—Hago lo que puedo con el material que tengo.
Antes de que pudiera responder a su burla, dos voces infantiles agudas retumbaron desde el pasillo del colegio.
—¡¡TÍO KEVIN!!
Liam y Hazel habían visto la escena desde la puerta y habían vuelto corriendo a toda velocidad, ignorando las llamadas de su maestra. Kevin apenas tuvo tiempo de ponerse en cuclillas antes de que los dos meteoritos se abalanzaran sobre él simultáneamente, haciendo que estuviera a punto de perder el equilibrio en la acera.
—¡Eh, eh! ¡Un poco de cuidado con el equipaje! —rio mientras los sostenía en alto a los dos con sorprendente facilidad—. Pensaba que ya estabais dentro haciendo vuestros deberes.
—Nos hemos escapado solo para saludarte —confesó Liam con orgullo.
—Cinco segundos nada más —añadió Hazel para restar gravedad a la travesura.
Kevin los miró cruzándose de brazos y poniendo una falsa expresión de severidad.
—Eso os convierte oficialmente en los criminales más adorables de todo Minnesota.
Hazel soltó una carcajada limpia.
—¿Nos has traído regalos de tu viaje?
Le lancé una mirada de reproche maternal.
—Hazel... no seas interesada.
—¿Qué? ¡Solo preguntaba!
Kevin, divertido, comenzó a rebuscar con parsimonia en uno de los bolsillos exteriores de su mochila de mano.
—Pues resulta que... casualmente... la suerte os sonríe.
Sacó dos pequeños llaveros de madera tallada con la forma de un alce.
—Traídos directamente desde Canadá.
Los ojos de los mellizos se iluminaron como dos estrellas.
—¡Qué bonitos son! —exclamó Hazel maravillada, acariciando la madera.
Liam alzó el suyo hacia la luz.
—¡Lo voy a colgar hoy mismo en la cremallera de mi mochila del cole!
—Sabía que os gustarían —sonrió Kevin guiñándoles el ojo.
Negué con la cabeza, aunque era incapaz de borrar la sonrisa de mi rostro.
—Los estás malacostumbrando demasiado, Kev.
—Ese es precisamente mi trabajo como tío honorífico, Cami.
Los niños, tras la recompensa, prometieron a su profesora que aquella sería la última escapada de la mañana y regresaron finalmente al interior del edificio. Los dos nos quedamos en la acera contemplándolos hasta que desaparecieron por el pasillo.
—Están gigantescos —comentó Kevin en voz baja, con un deje de nostalgia—. El tiempo vuela.
—Por favor, no me lo recuerdes.
—Dentro de nada serán ellos los que te lleven a ti en coche a la facultad.
Le propiné un codazo cariñoso en las costillas.