POV Camila
Nada más cruzar la puerta de la clínica, el olor característico a crema de masaje, alcohol sanitario y café recién hecho me dio la bienvenida.
Durante mucho tiempo había pensado que el aroma de un lugar dependía únicamente de sus materiales o de sus limpiadores. Jamás me habría imaginado que un espacio pudiera oler, literalmente, a disciplina y esfuerzo. Pero aquella clínica lo hacía. Olía a sudor contenido, a voluntad de hierro y a segundas oportunidades.
Fui directamente a la pequeña sala reservada para el personal. Dejé el bolso en mi taquilla, colgué la chaqueta y me até el pelo en una coleta alta, tirante y práctica.
Las instalaciones eran considerablemente más grandes de lo que aparentaban desde la fachada exterior. La recepción, siempre pulcra, comunicaba con un pasillo largo y luminoso de paredes blancas pulidas y cálidos detalles en madera clara. A ambos lados se distribuían varias consultas individuales, equipadas con camillas hidráulicas de última generación, taburetes rodantes, armarios repletos de material anatómico y pantallas de alta resolución donde habitualmente se revisaban radiografías, ecografías y resonancias magnéticas.
Al fondo del pasillo se abría la joya de la corona: la sala de rehabilitación integral.
Era, con diferencia, la parte más amplia y moderna de la clínica. Tenía cintas de correr profesionales, bicicletas estáticas con sensores biomecánicos, máquinas de poleas multiposición, hileras de pesas de todos los kilajes, balones medicinales, y bandas elásticas de resistencia clasificadas por colores. Una pared entera estaba cubierta por espejos gigantescos para corregir la postura de los pacientes durante las rutinas, y en el centro se extendía una franja de césped artificial mullido donde los deportistas practicaban ejercicios de equilibrio, coordinación y readaptación funcional.
Era mi lugar favorito de todo el recinto.
Cada vez que pisaba ese césped sintético, el corazón me daba un vuelco. Soñaba con el día en que, tras graduarme, pudiera trabajar allí ejerciendo finalmente como fisioterapeuta titulada. No como auxiliar administrativa o de apoyo. Sino como una profesional capacitada para devolverle la movilidad y la esperanza a quien lo hubiera perdido.
—¡Buenos días, Camila!
Levanté la vista del carro de materiales. Era Olivia, una de las fisioterapeutas más veteranas y respetadas del centro. Rondaba los cuarenta años, llevaba su distintiva melena pelirroja recogida en un moño desordenado y parecía poseer una batería inagotable de energía para diez personas.
—Buenos días, Oli.
—¿Has visto al jefe por casualidad? —preguntó mientras ajustaba la correa de su reloj.
Negué con la cabeza.
—No, acaba de llegar Kevin, pero al doctor no lo he visto todavía. ¿Por qué?
En ese instante apareció por la puerta Daniel, otro de los fisioterapeutas del equipo, sujetando una carpeta rígida bajo el brazo.
—Collins acaba de dar la orden —dijo Daniel mirándonos a las dos—. Quiere a todo el personal reunido en la sala central en exactamente cinco minutos. Sin excepciones.
Fruncí el ceño, intrigada.
—¿Ha pasado algo grave? ¿Algún problema con las inspecciones?
Daniel se encogió de hombros con pasividad.
—Ni la menor idea. Pero trae esa cara de poker que pone cuando va a dar una noticia de las gordas.
En cuestión de minutos, la totalidad de la plantilla —fisioterapeutas, auxiliares, recepcionistas y personal de mantenimiento— nos congregamos en el espacio abierto de la sala de rehabilitación. El murmullo constante de conjeturas y murmullos cesó de golpe cuando hizo acto de presencia el doctor Anthony Collins, propietario y fundador de la clínica.
Collins era un hombre que rondaba los cincuenta años. De porte imponente, rostro sereno y cabello cano en las sienes, imponía un respeto natural por su impecable trayectoria, aunque siempre mantenía un trato sumamente humano y cercano con cada uno de nosotros.
Esperó pacientemente a que todos guardáramos un silencio absoluto antes de tomar la palabra.
—Buenos días a todos —comenzó, paseando la mirada por el círculo—. Como bien sabéis, nuestra clínica lleva años consolidando una reputación intachable en el tratamiento de pacientes de toda índole. Desde vecinos de la localidad con dolencias crónicas y personas mayores, hasta deportistas profesionales de ligas regionales.
Varios compañeros, entre ellos Daniel y Olivia, asintieron con orgullo contenido.
—Pues bien... —prosiguió Collins, entrelazando las manos—. Durante los próximos meses vamos a recibir y supervisar de forma exclusiva a un paciente de perfil extraordinario.
Una corriente de miradas curiosas y cómplices empezó a cruzarse por toda la sala.
—Por estrictos motivos de seguridad y privacidad legal, no puedo revelar todavía su identidad ni la naturaleza exacta de su disciplina deportiva —advirtió el doctor con tono firme—. Lo único que estoy autorizado a adelantaros es que se trata de una figura pública de primerísimo nivel internacional. Un deportista de élite.
Sentí cómo a mi lado Olivia contenía un ahogado gesto de sorpresa, mientras varios compañeros intercambiaban miradas de clara emoción y expectación.
—Como os podréis imaginar, durante el tiempo que dure su tratamiento intensivo, habrá multitud de medios de comunicación y periodistas intentando rastrear su paradero —continuó Collins sin alterar su gravedad—. Por ese motivo imperativo... todos y cada uno de los miembros de este equipo vais a firmar esta misma mañana un contrato especial de confidencialidad de máxima protección. Nadie puede revelar absolutamente nada. Ni su nombre, ni sus horarios de sesión, ni fotografías, ni siquiera confirmar a familiares o amigos que esta persona se encuentra pisando nuestras instalaciones. La discreción debe ser absoluta.
Un silencio casi místico se adueñó de la sala tras la advertencia.
Olivia fue la primera en romper la tensión levantando levemente la mano.