POV Dominic
—Te lo digo por última vez, Dominic—Miré de reojo a Jace sin apartar las manos del volante del todoterreno ni desviar la atención de la carretera.
—¿El qué, Davenport?
—Que todavía estamos a un golpe de volante y un giro en U de dar la vuelta y regresar a la civilización.
Solté un suspiro prolongado.
—No vamos a dar la vuelta.
—Dominic, llevamos dos horas enteras conduciendo sin ver un solo edificio de más de tres plantas. Estoy bastante seguro de que eso no puede ser legal en este siglo.
Una pequeña sonrisa involuntaria se me escapó de los labios.
—Sobrevivirás. Te lo garantizo.
Jace dejó caer la cabeza contra la ventanilla con desgana, apoyando la mejilla en el cristal.
—Además, apenas hay cobertura móvil.
—Sí que hay.
—Una sola raya intermitente de señal no cuenta como cobertura, Blackwood. Es un insulto a la tecnología moderna.
El coche avanzaba suavemente por una carretera secundaria rodeada de bosques interminables de pinos y robles. A ambos lados de la franja de asfalto solo se divisaban árboles. Árboles verdes, espesos, y más árboles.
Hacía muchísimos años que no me encontraba en un lugar tan exageradamente tranquilo. Después de pasar cuatro temporadas consecutivas viviendo entre rascacielos de cristal, tráfico desquiciante, ruidos metálicos y el acoso constante de las cámaras, el silencio envolvente del paisaje resultaba casi extraño. Extraño... pero para nada desagradable.
—¿Cuánto queda para llegar? —preguntó Jace por quinta vez en menos de veinte minutos.
Eché una rápida mirada a la pantalla del navegador del salpicadero.
—Diez minutos.
—Llevas diciendo que faltan diez minutos desde hace media hora.
—Porque llevamos media hora conduciendo a diez minutos del destino, Jace.
Bufó ruidosamente, cruzándose de brazos.
—Pienso denunciar formalmente a este condado por publicidad engañosa.
No pude evitar soltar una risa amarga.
—Pero si ni siquiera hemos puesto un pie en el pueblo aún.
—Precisamente por eso. No logro entender cómo alguien puede invertir tanto tiempo en desplazarse a un sitio donde, con total seguridad, no pasa absolutamente nada interesante.
El paisaje comenzó a transformarse gradualmente. La masa densa de árboles empezó a abrirse a los lados y aparecieron las primeras edificaciones de la periferia. Eran casas de madera unifamiliares, acogedoras y no muy grandes, con jardines impecablemente cuidados, porches con mecedoras y banderas colgadas con orgullo cerca de los porches.
Al pasar a velocidad moderada junto a un cruce, un anciano que regaba su césped se detuvo y nos saludó amablemente levantando la mano. Jace lo miró a través del cristal como si acabara de presenciar un fenómeno paranormal.
—¿Ese señor... acaba de saludarnos con la mano? —inquirió atónito.
—Creo que sí.
—¿A dos desconocidos que van dentro de un coche con cristales tintados?
—Parece ser que sí.
—Dios mío, qué miedo de sitio. Es sospechoso.
Entramos oficialmente en la arteria principal del municipio. Un gran cartel artesanal de madera tallada nos dio la bienvenida desde el arcén:
Bienvenidos a Ashbrooke.
Población: 2.214 habitantes.
Jace leyó el texto en voz alta, remarcando cada sílaba.
—Dos mil doscientas catorce personas... Dominic, en la torre de mi apartamento en Seattle vive literalmente la mitad de este pueblo.
Sonreí en silencio, manteniendo el rumbo.
El centro urbano de Ashbrooke parecía extraído de una postal o de un decorado cinematográfico. Una pequeña cafetería de fachada cálida con una terraza exterior repleta de jardineras con flores, una librería independiente de estilo clásico, una panadería artesanal de paredes blancas de la que emanaba un aroma irresistible a bollería recién horneada, niños cruzando tranquilos en bicicleta y familias paseando a paso lento por la acera.
Todo allí parecía discurrir a un ritmo distinto. Tranquilo. Pausado. Como si las agujas del reloj avanzaran con una calma deliberada, ajenas al frenesí del resto del mundo. Sin prisa. Sin claxones atronadores. Sin fotógrafos emboscados en las esquinas.
Por primera vez en meses, sentí en el pecho algo que creía haber olvidado por completo: una profunda sensación de paz.
Aparqué el vehículo en un hueco libre justo frente a la cafetería local.
—¿Qué haces? —preguntó Jace incorporándose en el asiento.
—Quiero tomarme un café de verdad.
Me miró casi horrorizado.
—¿Vas a entrar ahí dentro? —dijo señalando el modesto establecimiento—. ¿En serio?
—Sí.
—¿Y qué pasa si alguien te reconoce al instante? ¿O si intentan atracarnos? No creo que esta gente vea todos los días un Jeep negro de última generación.
Miré a través de la luna del coche. Una pareja joven caminaba tranquilamente empujando un carrito de bebé; dos adolescentes charlaban riendo sentados en un banco de madera; un hombre de mediana edad barría la entrada de su ferretería. Nadie prestaba la más mínima atención a nuestro coche ni a nosotros.
—Creo que sobreviviremos —contesté abriendo la puerta. Me pusé una gorra que había encontrado tirada en el fondo del armario.
Entramos en el local. Una pequeña campanilla metálica sonó alegremente sobre el marco superior. El aroma envolvente a grano de café recién molido y tostado inundó nuestros sentidos al instante.
La camarera que atendía tras la barra levantó la vista. Era una mujer de unos sesenta años, de rostro amable y arrugas acogedoras alrededor de los ojos, que nos dedicó una sonrisa genuina.
—Buenos días, chicos. ¿Qué os puedo servir?
Eso fue absolutamente todo. Ni gritos, ni miradas de asombro, ni teléfonos móviles apuntando a mi rostro, ni la típica pregunta incisiva de «¿tú no eres Dominic Blackwood, el jugador de hockey famoso?». Solo una mujer amable preguntando qué nos apetecía tomar en su negocio.