POV Camila
Los lunes siempre parecían durar el doble de lo normal.
Cuando el reloj digital en la esquina de la pantalla del ordenador marcó las cinco en punto de la tarde, estiré discretamente la espalda y dejé escapar un largo suspiro de alivio.
Había sido una jornada tranquila dentro de lo que cabe. Un par de pacientes habituales con molestias cervicales por malas posturas de trabajo, dos deportistas aficionados en proceso de recuperación de lesiones ligamentosas en la rodilla, y muchas horas invertidas en la organización de historiales clínicos y en la preparación del material de terapia para el resto de los fisioterapeutas.
No era exactamente el trabajo con el que soñaba cuando tomé la decisión de matricularme en la carrera de fisioterapia. Pero era un paso firme. Un peldaño necesario. Y cada día que pasaba en esa clínica aprendía algo nuevo que me acercaba un poco más a mi meta.
—¿Ya te vas, Camila? —preguntó Olivia mientras guardaba unas bandas elásticas de resistencia en el armario de la sala central.
—Sí, Oli. Tengo que ir volando a buscar a los peques al colegio.
Me dedicó una sonrisa cálida.
—Dales un abrazo enorme de mi parte.
—Lo haré, descuida. Nos vemos mañana.
Agarré el bolso, me despedí del resto del equipo y salí a la calle. El aire de la tarde era agradablemente cálido. El sol todavía iluminaba los tejados de Ashbrooke y el centro parecía discurrir con una serenidad mucho más acentuada que por la mañana.
Subí a mi coche y conduje a velocidad moderada hasta el colegio infantil. Como ocurría cada tarde sin excepción, Liam fue el primero en divisarme a través de la verja.
—¡¡MAMÁ!! —chilló con entusiasmo.
Salió disparado hacia mí en cuanto la maestra le abrió la puerta de entrada. Lo levanté unos centímetros del suelo mientras no podía contener la risa ante su energía inagotable.
—Hola, mi campeón. ¿Qué tal el día?
—¡Hoy he dibujado un dinosaurio gigante en clase de plástica!
—¿Ah, sí? ¿Un T-Rex?
—¡Sí! Pero la señorita lo ha mirado y ha dicho que parecía un pollo gordo.
No pude contener una carcajada limpia en mitad de la acera.
—Estoy completamente segura de que era un dinosaurio aterrador.
—¡Eso mismito le dije yo!
Hazel llegó apenas unos segundos después, caminando a paso tranquilo de la mano de su profesora. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, su rostro se iluminó con una sonrisa dulce.
—Hola, mami.
Se abalanzó hacia mí y me rodeó la cintura con fuerza con sus pequeños brazos.
—¿Qué tal tu día, mi princesa?
—Liam ha pintado toda la mesa del aula con ceras rojas —lo delató al instante.
—¡Que no fuí yo! —protestó él cruzándose de brazos.
—Sí fuiste tú, te he visto.
—¡Fue un accidente sin querer!
—Eso también se lo has dicho a la señorita...
Los dos comenzaron a discutir en un tono cómico mientras caminábamos los tres agarrados de la mano en dirección al coche. Los observé unos segundos en silencio. Aquellos pequeños instantes de caos cotidiano eran, sin duda alguna, mis momentos favoritos del día. No me hacía falta absolutamente nada más en el mundo para sentirme plena.
Apenas había recorrido un par de manzanas por la avenida principal cuando el sistema de manos libres del coche comenzó a sonar. En la pantalla del salpicadero apareció el nombre en grande: Kevin.
Presioné el botón del volante para responder.
—¿Se puede saber si has sobrevivido a tu primer día oficial de vuelta al trabajo?
—Por los pelos, Cami, por los pelos —escuché su risa inconfundible al otro lado de la línea—. Oye, estoy caminando cerca de la plaza del parque central. ¿Qué os parece si os invito a un helado a los tres?
Los dos niños levantaron la cabeza en los asientos traseros como si hubieran escuchado una alarma de rescate.
—¡¡SÍ!! ¡¡HELADO!! —gritaron a coro.
Me eché a reír, negando con la cabeza.
—Bueno, creo que la respuesta de tu club de fans ha sido bastante clara.
—Perfecto. Os espero en la mesa de la esquina en cinco minutos.
Cinco minutos más tarde encontramos a Kevin tranquilamente sentado en un banco de madera de la plaza, luciendo unas gafas de sol oscuras y sosteniendo un vaso de café helado en la mano.
En cuanto Liam y Hazel lo divisaron a través del cristal del coche...
Salieron disparados en cuanto les abrí la puerta.
—¡¡TÍO KEVIN!!
Kevin apenas tuvo tiempo de ponerse en pie y dejar el café a un lado antes de que los dos pequeños meteoritos se abalanzaran contra él sin frenar.
—¡Eh, eh! ¡Un poco de piedad, que casi me tiráis al suelo! —Rió agarrándolos al vuelo—. Te prometo que casi pierdo el equilibrio.
—¡Es que te hemos echado muchísimo de menos! —protestó Hazel abrazándolo por el cuello.
—Yo también os he echado de menos, par de monstruos.
Les revolvió el pelo a los dos con cariño antes de levantar la vista para mirarme.
—Hola, Cami.
—Hola, viajero.
—Debo decir que tienes considerablemente mejor cara que esta mañana en la clínica.
—Eso es únicamente porque sé que estoy a apenas cinco minutos de llegar a casa y ponerme la ropa de estar por casa.
Mason soltó una carcajada franca.
—Eso explica absolutamente todo.
Nos encaminamos hacia la pequeña heladería artesanal de la plaza principal. Liam pidió sin dudarlo dos bolas de chocolate intenso; Hazel eligió minuciosamente una copa de vainilla con trozos de fresa natural; y Kevin, para no ser menos, se pidió una copa gigantesca repleta de nata, siropes y barquillos que parecía diseñada para alimentar a una familia numerosa.
Lo miré arqueando una ceja con evidente escepticismo.
—¿De verdad pretendes comerte todo eso tú solo antes de cenar?
—Confía un poco en mí, Camila. Soy un profesional titulado en la materia.
Nos acomodamos en una de las mesas de madera de la terraza exterior. Mientras los niños parloteaban alegremente sobre sus dibujos animados preferidos y las travesuras del colegio, Mason guardó silencio un instante y me observó con atención.