POV Dominic
El despertador de la mesilla de noche sonó puntualmente a las seis y media de la mañana.
Lo apagué de un manotazo torpe con la mano izquierda.
Durante un par de minutos me quedé inmóvil, observando en silencio el techo de la habitación. No era el pulido y frío techo de cemento de mi ático en Seattle, ni la suite de un hotel de lujo en mitad de una gira deportiva. Era de pino claro, atravesado por gruesas vigas vistas de madera antigua que le otorgaban al dormitorio una atmósfera cálida y extrañamente acogedora.
El doctor Collins había insistido mucho en que lo más idóneo para mi proceso de aislamiento era alojarme en una pequeña casa rural de alquiler ubicada a apenas cinco minutos en coche de la clínica. Nada de hoteles de cadena con botones o recepcionistas curiosos. Nada de apartamentos de diseño con miradores acristalados. Solo un lugar apartado y tranquilo.
Y aunque jamás lo admitiría en voz alta delante de nadie... la verdad es que me gustaba. Mucho más de lo que habría esperado.
La propiedad era sencilla pero funcional. Dos plantas de arquitectura tradicional, una cocina de roble abierta hacia un salón luminoso, una chimenea de piedra natural y un pequeño porche trasero que daba directamente a la linde del bosque. Por las mañanas no se escuchaba nada más que el viento entre las ramas y el canto distante de los pájaros. Ni sirenas de policía, ni retenciones de tráfico, ni helicópteros de las cadenas de televisión sobrevolando el tejado buscando una toma exclusiva.
Solo un silencio denso. Y estaba empezando a descubrir que el silencio podía resultar una adicción sumamente peligrosa.
Bajé las escaleras de madera descalzo y todavía medio dormido.
—Buenos días, Davenport.
Jace ya estaba instalado en la mesa de la cocina. Vestía un pantalón corto de chándal, una sudadera gris arrugada y lucía el pelo completamente despeinado. Tenía una taza humeante de café entre las manos y una expresión de absoluto y dramático sufrimiento plasmada en el rostro.
—No tienen nada de buenos, Blackwood —masculló sin mirarme.
Abrí la nevera para sacar algo de beber.
—¿Qué te ha pasado ahora? ¿Se ha vuelto a ir la cobertura?
—Me ha despertado el gallo de los vecinos.
Lo miré de reojo, aguantando la compostura.
—¿Un gallo?
—¡Un gallo, Dominic! —exclamó alzando los brazos al cielo—. ¿Quién demonios sigue teniendo un gallo cantor en casa en pleno siglo XXI? ¿En qué clase de bucle temporal nos hemos metido?
No pude evitar que una pequeña sonrisa se me escapara.
—Bienvenido a la vida de pueblo, amigo.
Bufó ruidosamente, dejando caer la cabeza sobre la mesa.
—Esto solo sirve para confirmar mi teoría científica.
—¿Y cuál es tu famosa teoría?
—Que los habitantes de este sitio viven atrapados mentalmente en el año mil novecientos cuatro.
Saqué un yogur natural del estante y me senté en la silla frente a él.
—¿Has conseguido dormir algo al menos?
—Fatal—protestó. Aunque, tras un segundo de silencio, añadió a regañadientes—: Pero tengo que admitir que la cama era ridículamente cómoda.
—Bueno, eso ya es un avance notable.
Jace dio un sorbo largo a su taza de café cargado, resignado.
—Que conste que sigo queriendo armar las maletas y regresar a Seattle hoy mismo.
—Lo sé de sobra.
—Te lo voy a recordar exactamente cada mañana que pase aquí.
—También lo sé.
Suspiró con teatralidad.
—Qué poco valoras mi lealtad y mi sufrimiento por ti.
Sonreí en silencio. Hacía años, quizás desde que debuté como profesional, que no me despertaba sin revisar obsesivamente la pantalla del teléfono móvil antes incluso de poner un pie fuera de la cama. Aquella mañana, el teléfono continuaba boca abajo sobre la encimera de granito, mudo. Sin notificaciones de redes, sin mensajes de patrocinadores, sin correos urgentes de Ethan. Las había desactivado absolutamente todas. Y la sensación de desconexión resultaba extrañamente liberadora.
Diez minutos más tarde aparcamos el Jeep frente a las instalaciones de la clínica.
A plena luz del día, el centro médico se veía incluso más grande de lo que recordaba de la jornada anterior. La fachada combinaba con gusto la piedra volcánica y los listones de madera clara, con inmensos ventanales acristalados que dejaban filtrar la luz natural del exterior. Me puse de nuevo la gorra, y salí del vehículo.
Nada más cruzar las puertas automáticas, la recepcionista del turno de mañana levantó la vista del ordenador y nos dedicó una sonrisa profesional.
—Buenos días, señor Blackwood. Bienvenido a la clínica.
No había rastro de histeria en su tono de voz. Ni temblor en las manos, ni petición de autógrafos. Simplemente una educación impecable y rutinaria. Aquella absoluta normalidad continuaba chocándome de forma positiva.
—El doctor Collins le está esperando en su despacho —añadió señalando el pasillo.
Asentí con la cabeza. Jace me dio una palmada en la espalda con cierta fuerza.
Bueno... por suerte fue en el hombro sano.
—Yo me voy a explorar las tres calles del pueblo antes de morir de aburrimiento —anunció Jace dando media vuelta.
—Intenta no meterte en líos ni perderte.
—¿Perderrme? Si este pueblo solo tiene cuatro manzanas y dos farolas. Nos vemos luego.
Negué con la cabeza, divertido mientras lo veía alejarse hacia la salida.
El doctor Collins apareció al fondo del pasillo principal sosteniendo una carpeta de cuero bajo el brazo.
—Buenos días, Dominic. ¿Cómo ha ido la primera noche en la casa?
—Mucho mejor de lo que esperaba, doctor.
—Me alegro de oírlo. Es un buen punto de partida. Sígame, por favor.
Lo acompañé a través del largo pasillo de paredes blancas hasta una consulta privada, amplia y extremadamente luminosa. Las paredes de la estancia estaban decoradas con fotografías enmarcadas de diversos atletas que habían completado sus procesos de rehabilitación en el centro: maratonianos, nadadores de fondo, jugadores regionales de baloncesto... Ningún rostro de fama mundial ni grandes portadas de revistas. Y ese anonimato me devolvió una extraña sensación de seguridad.