POV Savannah
Si había una sola cosa que odiaba con todas mis fuerzas de los martes...
Era madrugar.
Bostecé por cuarta vez consecutiva en menos de diez minutos mientras detenía el coche junto al bordillo, justo frente a la entrada principal de la clínica de rehabilitación.
Camila terminó de acomodarse la chaqueta de trabajo sobre los hombros y me dedicó una sonrisa llena de calidez.
—Muchísimas gracias por traerme hoy, Sav.
—No te vayas a acostumbrar a este servicio de taxi exclusivo —bromeé apoyando las manos en el volante—. La próxima vez que llueva o haga frío, te toca conducir a ti.
Se echó a reír con esa ligereza que tanto me gustaba ver en ella.
—Lo tendré muy en cuenta para la próxima.
Se inclinó sobre el asiento central para darme un rápido y afectuoso abrazo antes de abrir la puerta y bajar del coche.
—Nos vemos esta tarde.
—A las cinco en punto paso a buscarte a ti y a los peques —le recordé asomándome por la ventanilla.
—Perfecto. ¡Hasta luego!
Esperé pacientemente en el arcén a que cruzara la verja y entrara en el edificio antes de volver a meter la primera marcha y arrancar.
Tenía mi primer día de prácticas en una clínica veterinaria en algo más de tres cuartos de hora, así que decidí aparcar en la plaza del centro del pueblo y comprar algo consistente para desayunar. Salir de casa con solo un café solo corriendo por las venas era una pésima idea si pretendía sobrevivir a dos horas seguidas de limpiar utensilios y escuchar a los jefes.
La pequeña cafetería tradicional del centro olía a gloria: pan recién horneado, mantequilla y grano tostado. Pedí un café grande para llevar y una magdalena artesanal de arándanos que tenía una pinta espectacular. La mujer madura que me atendió tras el mostrador me sonrió con tanta amabilidad sincera que todavía me costaba un poco acostumbrarme; en Ashbrooke, todo el mundo parecía conocer la vida y milagros del de al lado.
Salí del local sujetando el vaso de cartón con una mano y la bolsa de papel con la otra, dispuesto a regresar al coche.
Fue exactamente en ese momento cuando escuché una voz masculina resonar con indignación a pocos metros.
—¿En serio? ¿Otra vez me vas a hacer esto?
Fruncí ligeramente el ceño, deteniendo el paso.
La voz provenía de la zona sombreada donde estaban instaladas las máquinas expendedoras, justo al lado de la tienda de recuerdos para turistas.
Un chico bastante alto, de pelo rubio oscuro peinado con esmero y vistiendo una sudadera gris de marca ridículamente cara, estaba completamente concentrado intentando pelearse con uno de los dispensadores automáticos.
Lo observé en silencio durante unos segundos. El chaval intentaba introducir con insistencia un billete arrugado por la ranura. La máquina lo tragaba medio centímetro, lo procesaba un segundo y volvía a escupirlo con desprecio. Él volvía a alisarlo con los dedos contra el muslo de su pantalón y lo reinsertaba. La máquina volvía a escupirlo.
Él resopló con fastidio, pasándose una mano por el tupé.
—No me fastidies, pedazo de chatarra...
Lo intentó una quinta vez. Resultado idéntico.
—¿Pero qué clase de tecnología prehistórica y tercermundista es esta? —protestó en voz alta.
No pude evitar que una pequeña sonrisa burlona se me dibujara en los labios. Acomodé la bolsa de la bollería y me acerqué despacio hacia la esquina.
—Sinceramente, creo que el problema no lo tiene la máquina.
El chico dio un leve brinco de sorpresa y levantó la vista. Tenía unos ojos azules muy claros y una postura corporal que irradiaba una confianza desmedida... tirando a bastante engreída.
—¿Ah, no? —inquirió arqueando una ceja con escepticismo.
Negué suavemente con la cabeza.
—No. El lector de esa máquina en concreto no acepta billetes tan grandes. Solo cambio pequeño o monedas.
Miró el billete que sostenía entre las yemas de los dedos. Después volvió a levantar la vista para observarme de arriba abajo.
—¿Acaso cincuenta dólares se consideran un billete grande por aquí?
Lo miré fijamente durante un par de segundos, evaluando su tono.
—¿De verdad me estás haciendo esa pregunta o es una broma?
Se encogió de hombros con una despreocupación casi irritante.
—Es el único billete de efectivo que llevo encima ahora mismo.
No pude evitar dejar escapar una pequeña risa ahogada.
—Pues me temo que esa máquina de finales del siglo XX no te va a dar cambio de cien dólares por un café de dólar cincuenta.
Volvió a mirar de reojo el billete verde, luego el lector óptico de la máquina y finalmente fijó sus ojos en mí.
—Bueno, entonces supongo que estamos en un claro empate técnico.
Arqueé una ceja, divertido por su lógica.
—¿Un empate?
—Exacto. Ella se niega rotundamente a aceptar mi dinero —explicó con una sonrisa confiada—, y yo me niego por principio a perder un duelo contra un electrodoméstico.
Sonreí con absoluta incredulidad ante semejante despliegue de ego.
—Pues me temo que vas perdiendo por goleada, amigo.
El chico dio un paso al frente, recortando la distancia entre los dos con actitud desenfadada.
—¿Siempre eres tan cruel con los desconocidos que piden ayuda por la calle?
—Solo con los que intentan discutir acaloradamente con las máquinas expendedoras a primera hora de la mañana.
Se llevó una mano al pecho, perplejo por la respuesta, en un gesto exageradamente dramático.
—Ouch. Eso ha dolido bastante.
—No creo que te haya dolido más que el golpe que acaba de sufrir tu ego.
Una sonrisa francamente divertida y desafiante apareció en sus labios.
—Me llamo Jace.
—Qué bien por ti.
Se quedó esperando un par de segundos, aguardando la reciprocidad.
—¿Y tú te llamas...?
Di un parsimonioso sorbo a mi café de cartón, saboreándolo antes de contestar.
—Yo también tengo un nombre registrado, sí.