POV Camila
El turno de tarde en la clínica terminó sin mayores contratiempos. Organicé el material de las consultas, ayudé a Olivia con los últimos registros del día y me despedí del equipo antes de cruzar la verja en dirección al colegio infantil.
Sin embargo, cuando estacioné el coche frente a la puerta principal del centro, me encontré con una escena imprevista que me sacó una sonrisa instantánea.
Junto a la valla de madera, vistiendo su habitual abrigo elegante y unos vaqueros ajustados, estaba Savannah. Liam estaba subido a pulso sobre uno de sus hombros mientras Hazel agitaba los brazos en el aire en mitad de una carcajada limpia.
—¡Llegas tarde, Cami! —anunció Savannah al verme acercarme, guiñándome un ojo con complicidad.
—¡Mami, mira! ¡Tía Sav nos ha venido a buscar! —chilló Liam emocionado desde las alturas.
—Lo veo, mi amor —sonreí acercándome para darle un abrazo a mi amiga—. Pensé que íbamos a ir a buscarte nosotros, Sav.
—Pasaba cerca de la escuela infantil y no pude resistirme —explicó, bajando a Liam con delicadeza al suelo—. Por cierto, tengo una propuesta oficial que no vais a poder rechazar.
—¿Ah, sí? ¿De qué se trata?
—Han abierto hoy mismo un centro comercial enorme en Millfield —dijo refiriéndose al municipio vecino, más grande que Ashbrooke, situado a apenas quince minutos por la carretera comarcal—. Tiene un área de juegos gigantesca con toboganes de tres pisos y una heladería artesanal. He pensado que podríamos ir los cuatro a estrenarlo.
Los dos niños levantaron la vista de golpe, con los ojos abiertos de par en par.
—¡¡SÍ!! ¡¡MAMÁ, POR FAVOR!! —suplicó Hazel agarrándome de la chaqueta.
—¡A los toboganes gigantes! —Se sumó Liam dando saltos.
Miré a Savannah, que mantenía esa expresión juguetona y acogedora que tanto la caracterizaba.
—Me parece un plan perfecto —acepté sin dudarlo—. Nos va a venir de maravilla desconectar un rato.
Subimos todos al todoterreno de Savannah. Durante el trayecto por la carretera rodeada de pinos, los niños no dejaron de parlotear ni un solo segundo, especulando sobre el tamaño de los toboganes y los sabores de helado que iban a pedir.
Observé a Savannah de reojo mientras ella le respondía a Liam a una pregunta absurda sobre dinosaurios con una paciencia infinita. Sentí una ola de calidez y profundo agradecimiento en el pecho.
El centro comercial de Millfield estaba repleto de luz, música suave y bullicio de familias celebrando la jornada de inauguración.
Tras recorrer un par de tiendas y comprar los prometidos helados de tres bolas, nos acomodamos en una terraza abierta de una cafetería situada justo frente al área recreativa infantil: un recinto acotado con césped artificial, piscinas de bolas, redes de escalada y laberintos de espuma.
—Ve a jugar con Hazel, Liam, pero sin salir de la zona delimitada —le indiqué a mi hijo mientras le limpiaba la comisura de la boca con una servilleta.
—¡Vale, mami! —gritó el pequeño saliendo disparado junto a su hermana hacia el castillo de redes.
Savannah se acomodó contra el respaldo de la silla, dando un sorbo a su café helado y mirándome con una sonrisa serena.
—Te ves más descansada esta tarde, Cami. El trabajo en la clínica te está sentando de maravilla.
—La verdad es que sí, Sav —admití cruzando las manos sobre la mesa—. Aunque pasé mucho miedo con los exámenes finales del máster, siento que por fin tengo el control de mi rutina.
—Te lo has ganado a pulso, amiga. Eres una supermujer.
Reí inclinándome sobre la mesa para contestarle. Nos sumergimos en una conversación tranquila sobre sus proyectos de acondicionamiento para la clínica veterinaria y los progresos de los niños en el colegio. Estábamos tan absortas en nuestra charla que no me percaté del instante en que el bullicio de la zona infantil cambió de tono.
De repente, una pequeña mano me tiró con fuerza de la manga del jersey.
—¡Mamá! ¡Mamá, ven rápido!
Me giré de golpe. Hazel estaba de pie junto a nuestra mesa, con los ojos muy abiertos y una expresión de angustia contenida.
—¿Qué pasa, Hazel? —Pregunté poniéndome en pie de inmediato.
—¡Liam se ha caído desde lo alto del tobogán rojo y se ha hecho mucho daño en la rodilla! ¡Estaba llorando muy fuerte!
El corazón me dio un vuelco en el pecho.
—¡Voy contigo! —dijo Savannah levantándose al instante.
Corrí a paso apresurado detrás de Hazel, cruzando la verja de madera que delimitaba la zona de juegos. Me adentré por el entramado de colchonetas y tubos de colores, buscando desesperadamente la figura de mi hijo.
Al doblar la esquina de la estructura del tobogán principal, me detuve en seco.
Liam ya no estaba llorando.
Estaba sentado sobre un banco de espuma, completamente calmado, secándose la última lágrima del rostro con la manga de su camiseta. Junto a él, agachado sobre una sola rodilla para ponerse a su misma altura, había un hombre de espaldas a mi posición.
Llevaba una camiseta deportiva negra que marcaba la anchura de sus hombros y el pelo oscuro ligeramente despeinado. Su brazo derecho permanecía inmovilizado dentro de un cabestrillo rígido. Tenía una pequeña bolsa de hielo sobre la pierna de Liam y le hablaba en un murmullo grave y extremadamente pausado que parecía haber surtido un efecto mágico sobre el niño.
—¿Liam? —exclamé apresurándome hacia él, ignorando por completo la figura del desconocido—. ¡Mi amor! ¿Estás bien? ¿Te duele mucho?
Me arrodillé frenéticamente frente a mi hijo, examinando su pierna.
—Estoy bien, mami —respondió el niño sorbiéndose la nariz, apuntando con su manita hacia el hombre—. Ya no me duele nada. Este señor famoso de la tele me ha ayudado y me ha puesto hielo mágico.
Fruncí el ceño, desconcertada por las palabras de mi hijo.
—¿Señor... famoso? —murmuré levantando despacio la cabeza.
El hombre que estaba agachado a su lado comenzó a erguirse con lentitud.