Todo lo que nos robaron

Capítulo 16: Se ha acabado

POV Camila

El tiempo no se detuvo; se congeló por completo.

Mi respiración quedó atrapada en algún punto ciego de mi garganta. Mis manos, que un segundo antes examinaban frenéticamente la rodilla de Liam, se quedaron heladas sobre la piel de mi hijo.

Frente a mí, Dominic permanecía inmóvil. Sus ojos verdes, desorbitados por el impacto, me recorrieron el rostro con una voracidad casi desesperada, como si intentara comprobar si la persona que tenía delante era de carne y hueso o un fantasma invocado por su propia culpa.

Pero entonces, su mirada bajó.

Descendió despacio desde mi cara hasta la de Liam, que continuaba sentado en el banco de espuma mirándolo con curiosidad. Y luego se desplazó hacia Hazel, que acababa de llegar a mi lado y me sujetaba con fuerza la chaqueta.

Vi el preciso instante en que la respiración de Dominic se cortó en seco. Sus pupilas se dilataron. Su rostro, ya de por sí pálido, perdió todo el color. Pasó la mirada de Liam a Hazel, y de Hazel a mí, realizando un cálculo silencioso, un cómputo de años y rasgos que pareció fracturarle el pecho en mil pedazos.

Pasmado. Completamente petrificado.

—¿Mamá? —la voz finita de Hazel rompió el murmullo atronador del centro comercial, devolviéndome a la realidad de un zarpazo—. ¿Liam está bien?

Tragué saliva con una dificultad sobrehumana. Me obligué a parpadear, a despegar los ojos del rostro desencajado de Dominic.

—Sí... sí, mi amor —conseguí articular. Mi voz sonó extraña, ajena, como si saliera del fondo de un pozo—. Liam está perfectamente.

Me puse en pie de golpe. Las piernas me temblaban tanto que tuve que hacer un esfuerzo consciente para no perder el equilibrio. Me giré hacia Savannah, que se había acercado a paso rápido. Su mirada alternaba entre mi rostro pálido y la figura inmóvil de Dominic, procesando la tensión sofocante que se había instalado entre nosotros.

—Sav... —Murmuré, buscando su mirada con desesperación—. Por favor. Llévatelos a la cafetería.

Savannah no hizo ni una sola pregunta. Supo al instante que algo grave estaba ocurriendo. Se agachó con agilidad, tomó a Hazel de la mano y ayudó a Liam a ponerse en pie.

—Vamos, chicos —dijo Sav con un tono suave pero firme—. Vamos a pedir esos helados gigantes antes de que se llene la fila.

—¡Espera, tía Sav! —protestó Liam. Se zafó suavemente del agarre y se giró hacia Dominic. Le dedicó una sonrisa radiante de niño de tres años—. ¡Muchas gracias por el hielo mágico, señor de la tele! ¡Eres muy simpático!

Dominic bajó la vista hacia el pequeño. Sus labios se entreabrieron, pero de su garganta no salió absolutamente nada. Se limitó a asentir con torpeza, con una expresión de dolor tan cruda que me perforó el estómago.

Savannah tomó a los niños y se los llevó rápidamente, alejándolos del recinto de juegos.

Nos quedamos solos.

El bullicio de las familias y la música de fondo se convirtieron en un zumbido blanco. Apenas dos metros de césped artificial nos separaban.

Dominic dio un paso impulsivo hacia mí. Un paso rápido, lleno de una urgencia contenida.

—Camila... —su voz brotó rota, cargada de una incredulidad desgarradora—. Por favor, dime que eres tú. Dime que no me estoy volviendo loco.

Apreté los puños a los lados de mi cuerpo para disimular el temblor de mis manos.

—Soy yo, Dominic —respondí. Intenté que mi voz sonara gélida, pero el nudo en mi garganta casi me lo impide.

Él dio otro paso. Estaba tan cerca que podía oler su perfume, el mismo de siempre, mezclado con el aroma a limpio de la clínica.

—Cuatro años, Camila... —dijo, pasándose la mano izquierda por la cara en un gesto de absoluta desesperación—. Cuatro años buscando una explicación. Te fuiste. Desapareciste de la noche a la mañana sin decirme nada, sin responder a una sola llamada, sin dejar rastro...

—No tengo nada que explicarte —le corté, dando un paso atrás para mantener la distancia—. Y tú no tienes ningún derecho a pedirme cuentas ahora, sabes perfectamente por qué me fui.

—¡Claro que lo sé! —insistió, alzando la voz apenas un tono, visiblemente alterado—. ¿Te crees que no te busqué por todas partes para disculparme? Fui a tu casa, pregunté en el instituto... ¡Nadie me dijo dónde estabas! Me volví loco durante un año, buscándote, y tú… resulta que tienes una familia, que has rehecho tu vida. No puedes simplemente reaparecer aquí, mirarme como si fuera un extraño y pretender que me quede de brazos cruzados.

—No pretendo nada, Dominic. Solo quiero que te alejes —dije, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con salir, aunque me obligué a mantener la barbilla alta—. Mi vida está aquí. Estoy bien. Mis niños están bien. Y no voy a remover el pasado.

Dominic apretó la mandíbula. Había una mezcla de frustración, dolor y una terquedad abrumadora en su mirada.

—No me voy a ir, Camila. —Dio un paso más, acortando el espacio que yo había intentado crear—. Estoy en una clínica de Ashbrooke para mi rehabilitación. Me voy a quedar aquí un tiempo, así que tendremos que vernos a menudo.

—Eso no me importa —mentí, sintiendo que el aire se me escapaba del pecho.

—Necesitamos hablar —insistió él, intentando buscar mi mirada mientras yo la apartaba—. Solo diez minutos. Concédeme diez minutos para hablar de lo que pasó, para explicarte qué fue lo que pasó…

—No hay nada de qué hablar —interrumpí con firmeza, aunque por dentro me estaba desmoronando—. Llegas cuatro años tarde para esa conversación.

Me giré sobre mis talones, dispuesta a marcharme antes de que las lágrimas me traicionaran.

—¡Camila, por favor! —exclamó a mi espalda, dando un par de pasos para seguirme—. ¡No me hagas esto otra vez! ¡No te vuelvas a ir sin escucharme!

No me detuve. Apreté los puños, aceleré el paso y me alejé por el pasillo del centro comercial en busca de Savannah y los niños, sintiendo la mirada de Dominic clavada en mi espalda como una marca a fuego.




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