POV Dominic
Tres horas antes
Estar encerrado entre cuatro paredes de madera en mitad de un pueblo donde el evento del día era la llegada del camión del pan no entraba en mis planes de recuperación.
Llevaba dos horas sentado en el sofá del salón de la casa de madera que habíamos alquilado a las afueras de Ashbrooke. Tenía el brazo derecho bien sujetado por el cabestrillo, la televisión encendida en un canal de deportes antiguos y una bolsa de hielo gelificado reposando sobre la articulación inmovilizada.
El silencio de la montaña era aplastante. Hasta que la puerta principal se abrió de golpe.
—¡Basta! ¡No puedo más! ¡Llama al helicóptero de evacuación, Blackwood, estamos perdiendo vida!
Jace entró en el salón dramáticamente, lanzando las llaves del coche sobre la mesa de centro y dejándose caer en el sillón contiguo como si acabara de sobrevivir a una contienda bélica.
Le eché una mirada cansada desde el sofá.
—¿Qué te ha pasado ahora, Davenport?
—Lo que me ha pasado es que he intentado pagar un café con mi teléfono y casi me detienen por hechicería —protestó pasándose una mano por el tupé impecable—. Este sitio está atrapado en 1950, Dominic. He tenido que ver a un anciano cruzar la calle a velocidad bajo cero y un perro me ha mirado feo. Necesito civilización antes de que empiece a tejer mis propias prendas de lana.
—Es un pueblo tranquilo. Es justo lo que me recomendó el médico.
—El médico te dijo que descansaras el hombro, no que te convirtieras en ermitaño —replicó poniéndose en pie de un salto y haciéndome una seña para que me levantara—. Pero la providencia nos ha sonreído. Resulta que en el municipio de al lado, a quince minutos de esta reserva natural, han inaugurado hoy un centro comercial gigantesco.
Arqueé una ceja.
—¿Un centro comercial?
—Luces de neón, escaleras mecánicas, aire acondicionado e instalaciones donde aceptan dinero digital sin mirarte como si fueras un extraterrestre —enumeró con entusiasmo—. Te viene bien caminar un poco para la circulación de ese brazo. Nos vamos. Ahora.
—Jace, estoy con el hielo y...
—Cero excusas. Si me quedo una hora más aquí escuchando el murmullo de los pájaros, voy a empezar a hablar con ellos. Arriba, deportista.
Quince minutos después, obligados por la insistencia indestructible de mi llamado mejor amigo, nos encontrábamos recorriendo los pasillos atestados de gente del nuevo centro comercial de Millfield.
Tengo que admitir que el cambio de aire no me vino mal. Deambulamos por un par de tiendas de deportes hasta que el estómago de Jace empezó a protestar y terminamos sentados en la terraza de un restaurante de sushi en la planta superior.
—Esto es vida —suspiró Jace, elevando un maki de salmón con los palillos como si fuera un trofeo preciado—. Mira este arroz, Dominic. Es arroz de verdad, preparado por humanos que saben lo que es un teléfono móvil, no por abuelitos de Ashbrooke. Doy gracias al cielo por este rescate.
No pude evitar soltar una risa amarga mientras daba un sorbo a mi agua.
—Tampoco es para tanto. Llevamos apenas unos días allí.
—Unos días que han parecido tres siglos —corrigió llevándose el maki a la boca con satisfacción—. Mañana pienso averiguar si en ese pueblo hay algún sitio donde vendan un espresso decente sin que la máquina intente agredirme.
Cuando terminamos de cenar, una camarera joven de melena oscura se acercó a nuestra mesa para dejar la cuenta en una bandeja de cuero.
Jace tardó exactamente un segundo y medio en desplegar su sonrisa más encantadora.
—Muchas gracias —dijo él, mirándola fijamente a los ojos con esa confianza ridícula que lo caracterizaba—. Por cierto, la recomendación del rollo especial ha sido brillante. Casi tanto como tu atención.
La chica se sonrojó de inmediato, ajustándose el delantal.
—Me alegro de que les haya gustado...
—Me ha encantado —insistió Jace, firmando el recibo del pago con tarjeta y dejando una propina absurda—. De hecho, me preguntaba si este centro comercial tiene algún rincón tranquilo donde pueda agradecerte la recomendación en persona antes de que termine tu turno.
La camarera soltó una risita nerviosa y le echó una mirada de reojo a la zona de paso hacia los baños del local.
—Bueno... la zona de mantenimiento del pasillo trasero suele estar bastante desierta a esta hora.
—Fascinante —sonrió Jace poniéndose en pie al instante. Se giró hacia mí y me dio dos palmaditas cariñosas en el hombro sano—. Blackwood, me ha salido una reunión de máxima urgencia sobre mi estrategia de comunicación. Adelántate al coche o da una vuelta. Te veo abajo en veinte minutos.
Negué con la cabeza, divertido e incrédulo ante la soltura de mi amigo.
—Eres incorregible, Davenport.
—Soy un hombre de negocios, amigo mío.
Sin esperar respuesta, siguió a la camarera hacia el pasillo interior.
Ajusté la correa de mi cabestrillo, cogí la pequeña bolsa térmica con las compresas de hielo gelificado que siempre llevaba en la mochila de mano por indicación del doctor Collins, y salí del restaurante dispuesto a hacer tiempo caminando.
El pasillo principal desembocaba en una amplia plaza interior donde habían instalado una zona de juegos infantiles con césped artificial, redes y colchonetas de colores. El bullicio de los niños jugando resonaba en toda la planta.
Caminaba despacio, observando la estructura, cuando un golpe sordo seguido de un llanto desconsolado me hizo detener la marcha.
Un niño de unos cuatro años, con el pelo castaño desordenado, acababa de tropezar al bajar bruscamente de la rampa de un tobogán rojo, cayendo de rodillas contra el borde de la colchoneta. Casi al mismo tiempo, una niña pequeña que estaba a su lado abrió mucho los ojos al verlo llorar y salió corriendo a toda prisa hacia la salida de la zona de juegos, probablemente a buscar a sus padres.