POV Dominic
El motor del coche rugía suavemente mientras dejamos atrás el aparcamiento del centro comercial de Millfield para adentrarnos en la carretera comarcal.
A mi lado, Jace conducía con una mano sobre el volante, una sonrisa autosuficiente en los labios y una energía desbordante que llenaba por completo el habitáculo.
—... te lo juro, Dominic, la clave está en el misterio —decía Jace, gesticulando animadamente con la otra mano—. Le dejé mi número en una servilleta, pero no el número entero. Le faltaba el último dígito. Le dije: «Si el destino quiere que nos volvamos a ver, adivinarás el número». Es un movimiento maestro. Un diez de diez. La psicología inversa nunca falla con...
Su voz se convirtió en un murmullo lejano. Un zumbido blanco que mi mente desconectó por completo.
Apoyé la sien contra el cristal frío de la ventanilla, mirando fijamente la masa oscura de pinos que bordeaba la carretera.
Camila.
Aún podía sentir el calor de su presencia a medio metro de mí. Su mirada helada. La forma en que su voz había temblado al decir mi nombre. Aquellos cuatro años de silencio absoluto pulverizados en un segundo sobre el césped artificial de una zona infantil.
Tenía una vida aquí. Trabaja en el pueblo. Tenía a esos dos niños a su cargo, una amiga fiel, una rutina en la que yo no era más que un fantasma del pasado al que deseaba mantener bien lejos.
—... ¿Y tú qué opinas? ¿Crees que llamará antes de medianoche o esperará a mañana para no parecer desesperada? —Siguió Jace, echándome una rápida mirada de reojo—. ¿Dominic?
No respondí. Ni siquiera parpadeé.
—Atención, base a la Tierra, llamando al señor Blackwood —insistió Jace, dándole un par de toques al salpicadero con los nudillos—. Sé que la belleza de mi técnica de seducción puede ser abrumadora, pero un simple «brillante, Davenport» habría bastado.
Silencio.
El coche redujo ligeramente la velocidad. Noté cómo Jace dejaba de sonreír por el espejo retrovisor. La atmósfera juguetona dentro del vehículo se evaporó en un segundo.
—Vale, esto ya no me gusta —dijo Jace, cambiando el tono a uno mucho más terrenal y desprovisto de bromas—. Llevas diez minutos mirando por la ventana como si te hubieran diagnosticado una enfermedad terminal. ¿Qué ha pasado en esos veinte minutos que te dejé solo? Y no me digas que te duele el hombro, porque conozco esa cara y no es dolor físico.
Tragué saliva. Mi garganta se sentía como papel de lija.
—La he visto —musité.
Jace pestañeó, confundido.
—¿A quién? ¿A una de tus fans? ¿A mi tía abuela Lucy?
Giré la cabeza despacio para mirarlo. Mis ojos debían de reflejar una tormenta tan salvaje que Jace aflojó la presión sobre el acelerador.
—A Camila.
El coche dio un pequeño tirón cuando Jace pisó el freno por puro instinto, sorprendido, antes de estabilizar el vehículo en la calzada. Se quedó completamente de piedra. La soltura, las bromas sobre la camarera y su ego indestructible desaparecieron por completo, reemplazadas por una incredulidad absoluta.
Él no la conocía en persona. Jamás la había visto. Pero durante los últimos cuatro años, en nuestras noches en la universidad o en los hoteles tras los partidos de la liga, cuando la culpa me sobrepasaba, Jace había sido la única persona en el mundo a la que le había contado la historia completa. Sabía quién era Camila. Sabía lo que significaba para mí. Y sabía que su desaparición era la grieta más profunda de mi vida.
—¿Qué...? —alcanzó a articular Jace, mirándome de reojo con los ojos abiertos de par en par—. ¿Camila? ¿Tu Camila? ¿Aquí?
—Se ha mudado a Ashbrooke. Vivía aquí mientras yo estaba jugando en la liga —dije con la voz completamente rota—. Estaba en la zona de juegos del centro comercial.
Jace tardó varios segundos en procesar la información. El coche continuaba devorando kilómetros en la penumbra de la carretera.
—Madre mía... —murmuró Jace, pasándose una mano por el rostro, visiblemente impactado—. Espera, frena un segundo. ¿Te la has cruzado así, de la nada? ¿Cómo ha sido?
—Un niño... bueno, su hijo que estaba jugando en la zona con otra niña se cayó del tobogán —expliqué, echándome hacia atrás en el asiento y cerrando los ojos con fuerza mientras la escena se repetía en mi cabeza—. Me agaché a ponerle hielo en la rodilla. Y cuando ella vino corriendo a buscarlo... se levantó y nos miramos.
—No me jodas... —susurró Jace.
—Tiene hijos, Jace —añadí, sintiendo un nudo insoportable en el pecho—. Un niño y una niña. Tendrán unos cuatro años. Tienen su misma mirada. Ha rehecho su vida. Tiene una familia, una amiga que la acompaña... Está bien. O al menos lo estaba hasta que aparecí yo.
Jace apretó el volante con fuerza, analizando cada una de mis palabras.
—¿Y qué te dijo? ¿Hablasteis?
—Apenas me dejó articular dos frases —confesé con amargura—. Intenté pedirle diez minutos. Le rogué que me escuchara, que me dejara explicarle lo que pasó hace cuatro años, pero... me miró como si fuera un monstruo. Me dijo que llegaba cuatro años tarde. Se llevó a los niños y se fue.
El silencio volvió a instalarse dentro del coche, pesado y sofocante. Jace miraba al frente, fijando la vista en la carretera mientras la luz de los faros iluminaba los árboles.
—Esto cambia las cosas, Dominic —dijo Jace tras un largo rato, con una seriedad que rara vez mostraba—. Te dijimos que vinieras a este pueblo para desconectar y curarte el hombro, no para chocar de frente contra tu pasado. Si ella está aquí y tiene su vida montada... esto va a ser un infierno para ti.
—No me importa —respondí de inmediato, abriendo los ojos y mirando fijamente la luz de la carretera—. No voy a huir, Jace. Pasé cuatro años creyendo que la había perdido para siempre, pensando que nunca volvería a verla. Ahora está a diez minutos de mi casa.
Jace suspiró profundamente, negando con la cabeza.