Todo lo que nos robaron

Capítulo 19: Dudas

POV Camila

Dormí fatal.

Cada vez que cerraba los ojos por más de dos minutos... lo veía a él.

Lo veía apoyado junto a la pierna de Liam, sujetándole el hielo. Con el brazo inmovilizado en el cabestrillo. Con la misma mirada verde, profunda e intensa de hacía cuatro años.

Y aquella palabra resonante en el aire:

«¿Camila?»

Abrí los ojos bruscamente antes de que sonara la alarma del despertador. Miré el reloj de la mesilla de noche.

Las cinco y cuarenta y ocho de la mañana.

Suspiré, dejando caer la cabeza contra la almohada. Ya no iba a volver a dormirme.

Me incorporé despacio, procurando no hacer ruido para no despertar a Liam y a Hazel, que todavía dormían profundamente en la habitación contigua. Me puse una sudadera ancha de algodón, bajé en silencio la escalera de madera y fui directa a la cocina.

Encendí la cafetera.

Mientras esperaba a que el café comenzara a gotear, me apoyé pesadamente sobre la encimera de granito frío, mirando hacia la penumbra del jardín.

No podía dejar de pensar.

Durante cuatro largos años me había imaginado miles de veces cómo sería un hipotético reencuentro con Dominic. En mis pensamientos más oscuros, creía que le gritaría. Que le reprocharía cada una de sus mentiras, que le echaría en cara la apuesta en la pista de hielo, que le diría lo mucho que había sufrido sola.

Pero la realidad había sido aplastantemente distinta.

El día anterior, en mitad de aquel centro comercial, no había sido capaz de hacer nada de eso. Me había quedado paralizada, pequeña, vulnerada. Solo había sentido una necesidad imperiosa de salir corriendo y proteger a mis hijos de él.

Y sin embargo, mientras la cafetera empezaba a borbotear, una sombra de duda empezó a carcomerme por dentro. Una duda que llevaba años enterrada.

Flashback: Enero de 2022

Faltaba un mes para que saliera de cuentas. Tenía una barriga enorme de ocho meses de embarazo gemelar que me pesaba en el alma y en el cuerpo. Hacía un frío voraz.

Tras meses de insistencia por parte de mi madre —quien no soportaba la idea de que criara a mis hijos sin que su padre al menos supiera de su existencia—, cedí. No por mí, sino por ellos.

Savannah, que desde el día en que curó a mi perro Max no me había dejado sola ni un solo segundo, se ofreció a conducir las tres horas que separaban nuestro pueblo del centro deportivo en Seattle donde entrenaba el equipo universitario y profesional al que Dominic pertenecía.

Me acompañó hasta las instalaciones. Recuerdo el frío metal de las puertas del estadio, el olor a hielo, a caucho y a humedad.

Yo llevaba un sobre manila blanco apretado contra el pecho. Dentro no solo había una carta donde le explicaba que estaba esperando mellizos; también había guardado las ecografías del segundo trimestre, una copia del test de embarazo positivo y un kit con la prueba de ADN que la clínica me había facilitado por si quería reclamar la paternidad.

No quería su dinero. No quería que volviera conmigo. Solo quería que asumiera su responsabilidad si decidía estar presente y quitarme la culpa que me carcomía por no habérselo dicho antes.

Al cruzar el pasillo de vestuarios, Savannah se quedó en la zona de recepción para darme espacio. Pero antes de que pudiera acercarme a la pista, me topé de frente con Ethan, el agente y representante de Dominic.

—¿Camila? —Se extrañó Ethan al verme, abriendo mucho los ojos ante mi prominente vientre de embarazada—. Dios santo... ¿Qué haces aquí?

Me faltaba el aire, pero mantuve la barbilla alta. Le tendí el sobre manila.

—Necesito que le des esto a Dominic —le dije con voz firme pero temblorosa—. Es urgente. No quiero hablar con él, no quiero explicaciones. Solo quiero que él tenga esto y decida qué quiere hacer.

Ethan miró el sobre y luego me miró a mí, visiblemente impactado por la magnitud de lo que estaba presenciando.

—Camila, espera... hablemos de esto. Ya te lo dije hace unos meses, no es buena idea que él sepa de eso. Hablemos en mi despacho…—intentó convencerme, tomándome suavemente del brazo.

—No —me negué rotundamente, dando un paso atrás—. No voy a hablar contigo. Solo dale el sobre, Ethan. Prométeme que se lo vas a entregar en su mano.

Ethan suspiró, viendo la determinación desgarradora en mis ojos. Guardó el sobre en su chaqueta, y miró hacia la pista de hielo.

—Te lo prometo. Se lo daré en cuanto termine el entrenamiento.

Regresé a casa. Pasaron los días. Pasaron las semanas.

Jamás recibí una llamada. Jamás recibí una respuesta a esa carta. Dominic nunca apareció, ni cuando nacieron Liam y Hazel, ni durante los cuatro años siguientes.

Durante todo este tiempo me había convencido a mí misma de que Dominic había recibido el sobre, había visto las ecografías de sus hijos y simplemente había decidido ignorarlas para no arruinar su incipiente carrera en el hockey.

Pero ayer... ayer en el centro comercial, la forma en que me miró cuando vio a los niños no fue la de un hombre que rechaza su responsabilidad.

Fue la de un hombre que no tenía la menor idea de lo que estaba viendo.

¿Acaso Ethan nunca le entregó el sobre? ¿Acaso Dominic nunca supo nada?

El borboteo final de la cafetera me devolvió bruscamente al presente.

Escuché unos pasos suaves sobre la madera a mis espaldas.

—¿Mamá?

Me giré rápido, limpiándome una lágrima traicionera de la mejilla.

Hazel apareció por el marco de la puerta, frotándose un ojo con el puño cerrado mientras abrazaba con el otro brazo su conejo de peluche desgastado.

Sonreí automáticamente, sintiendo cómo el pecho se me llenaba de aire.

—Buenos días, princesa.

Se acercó arrastrando los pies en sus pijama de dibujos.




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