POV Dominic
Dormía mejor.
No mucho mejor.
Pero mejor.
Quizá era el silencio reconfortante de este pueblo en mitad de las montañas. O quizá era el agotamiento físico que me dejaban las sesiones de rehabilitación. Lo único que tenía claro era que, por primera vez en años, no me despertaba con el teléfono móvil vibrando descontroladamente sobre la mesilla de noche por llamadas de la prensa o del club.
Aquella mañana, sin embargo, había algo distinto flotando en el aire.
Sabía que Camila estaba allí. En algún punto de esa clínica de fisioterapia. Y, por mucho que lo intentara, no podía dejar de pensar en ello.
—Estás removiendo el café desde hace cinco minutos —dijo una voz frente a mí.
Levanté la vista despacio. Jace estaba sentado al otro lado de la mesa de madera, sosteniendo una tostada a medio morder en la mano.
—Se va a deshacer la cuchara en la taza, Blackwood —añadió.
Dejé de remover el café y apoyé los puños en la mesa.
—No me había dado cuenta.
Jace me observó durante unos segundos con su agudeza habitual.
—Sigues pensando en ella.
No era una pregunta. Era una constatación.
Asentí.
—Sí.
—¿Vas a hablar con ella hoy?
Negué con la cabeza en un gesto seco.
—No.
—¿No? —Jace alzó una ceja, extrañado.
—Me pidió que no me acercara —dije con voz grave—. Y pienso respetarlo. Si fuerzo las cosas, solo conseguiré que se marche del pueblo o que me cierre la puerta para siempre.
Jace dejó la tostada sobre el plato de loza.
—Eso no significa que no puedas disculparte algún día, Dominic.
—No cuando ella no quiere ni escuchar mi nombre.
En ese momento, el teléfono móvil de Jace vibró sobre la mesa. Lo cogió sin darle importancia para mirar la pantalla, pero al segundo su rostro cambió por completo. La soltura desapareció de sus facciones y sus ojos se abrieron de par en par.
—Maldita sea... —murmuró Jace por lo bajo, soltando una maldición entre dientes.
Fruncí el ceño, notando cómo la tensión aumentaba en la mesa.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada, nada —respondió Jace demasiado rápido, bloqueando la pantalla con el pulgar y esbozando una sonrisa tensa y visiblemente falsa—. Cosas del grupo del equipo. Tonterías.
—Jace —lo llamé con firmeza, mirándolo fijamente a los ojos—. Sé perfectamente cuándo mientes. ¿Qué ha pasado?
Jace suspiró, pasándose una mano por el tupé, sabiendo que no tenía sentido ocultármelo. Soltó un bufido y volvió a girar la pantalla del teléfono hacia mí, mostrando un enlace a una emisión en directo de televisión nacional.
—Es Victoria —dijo Jace con amargura—. Está dando una entrevista en directo en el programa deportivo de la mañana. Y no está sola. Ethan está con ella en el plató.
Sentí una punzada de molestia en el estómago. Presioné el reproductor de vídeo para escuchar el audio.
En la pantalla aparecía Victoria, impecablemente vestida y maquillada, esbozando su mejor sonrisa de alta sociedad ante las cámaras. A su lado, Ethan vestía la chaqueta oficial de los Wolves, erguido y sonriendo con complicidad.
—...y díganos, Victoria, toda la afición del hockey está en vilo —decía la presentadora desde el plató—. ¿Cómo se encuentra tu prometido, Dominic Blackwood, tras la complicada operación de hombro a la que se sometió?
Victoria acomodó su postura y tomó el micrófono con absoluta desenvoltura.
—Dominic está recuperándose maravillosamente bien —mintió Victoria sin que le temblara un solo músculo de la cara—. Está en un centro de alto rendimiento fuera de la ciudad, en un retiro de máxima privacidad. Hablo con él todos los días. Nos echamos mucho de menos, pero ambos sabemos que su prioridad ahora mismo es volver al cien por cien para la temporada. Nuestro compromiso sigue siendo la piedra angular de nuestras vidas.
Sentí una oleada de asco al escucharla hablar de un "compromiso" que jamás había existido y de una comunicación diaria que era una absoluta falacia.
La cámara enfundó entonces a Ethan, que intervino con tono de capitán protector.
—Como representante de Dominic en el vestuario, puedo aseguraros a todos los fans que Blackwood regresará muy pronto a la pista —añadió Ethan con falsa solemnidad—. Está siguiendo la pauta exacta que el club y nosotros le marcamos. Nos mantenemos en contacto permanente para coordinar su regreso. La liga lo espera, pero su salud es lo primero.
Apagué la pantalla del teléfono de un manotazo y se lo devolví a Jace.
—Increíble —mascullé, apretando la mandíbula hasta que me dolió—. Vendiendo una mentira a la prensa para limpiar la imagen del club y mantener el circo mediático funcionando. Ninguno de los dos sabe ni en qué estado estoy ni me ha llamado en semanas.
—Están cubriéndose las espaldas, Dominic —dijo Jace en tono serio, guardando el móvil—. La directiva no quiere que el valor de tus acciones ni la presión del patrocinador caigan mientras estás lesionado. Te están usando como marioneta mediática mientras estás fuera.
Tragué saliva, intentando apartar la rabia de mi pecho. No tenía energía para sus juegos de prensa.
Cogí las llaves del coche que estaban sobre la mesa.
—Vamos —dije poniéndome en pie—. Llegaremos tarde a la clínica.
El aparcamiento de la clínica de rehabilitación estaba casi lleno cuando aparcamos.
Entramos por la puerta principal. Clara, la recepcionista, nos saludó desde el mostrador con una sonrisa amable.
—Buenos días.
—Buenos días, Clara —respondí.
—El doctor Collins le espera en la sala de rehabilitación avanzada, señor Blackwood.
Asentí.
Jace levantó una mano a modo de despedida mientras se giraba hacia el distribuidor.
—Yo me voy a la cafetería de al lado. Espero que hoy las máquinas expendedoras no tengan ganas de pelear conmigo.