POV Dominic
Salí de la sala de rehabilitación con el hombro dolorido.
Era un dolor distinto al de los primeros días. Seguía siendo intenso, pero el doctor Collins decía que era buena señal: el hombro empezaba a responder.
Recorrí el pasillo en silencio hasta la salida de la clínica. En cuanto crucé la puerta, el sol de la tarde me obligó a entrecerrar los ojos.
—¡Por fin! —exclamó Jace, apoyado contra el coche con unas gafas de sol puestas y un vaso de café en la mano—. Pensaba que ibas a salir ya jubilado.
Esbocé una sonrisa cansada.
—Muy gracioso.
—Lo sé. —Se incorporó y abrió la puerta del conductor—. Venga, volvamos a...
—Dominic.
Mi nombre hizo que todo mi cuerpo se tensara. Me giré despacio.
Camila acababa de salir de la clínica. Llevaba el bolso colgado del hombro y sostenía una carpeta entre las manos. Parecía tan incómoda como yo.
Jace alternó la mirada entre los dos.
—Bueno... supongo que yo sobro aquí.
Camila lo miró con educación. Él sonrió ampliamente y le extendió una mano.
—Jace Davenport. Mucho gusto.
Ella dudó apenas un instante antes de estrechársela.
—Camila.
—Encantado. Aunque creo que este grandullón ya me había hablado de ti.
Le lancé una mirada de advertencia, pero Jace fingió no verla.
—Os dejo tranquilos —dijo señalando el coche con el pulgar—. Estaré... ocupadísimo.
Abrió la puerta, se dejó caer en el asiento del copiloto y, antes de cerrarla, añadió:
—No os preocupéis, no escucho conversaciones privadas.
Las ventanillas estaban completamente bajadas. Lo miré fijamente.
—Jace...
—Vale, vale, subo las ventanas —dijo pulsando el botón con una sonrisa divertida.
El coche quedó en silencio.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada. Ella evitaba mirarme directamente y yo tampoco sabía por dónde empezar. Fue Camila quien rompió el silencio:
—No he venido para hablar del pasado.
Asentí despacio.
—Lo imaginaba.
Jugó nerviosamente con la carpeta que llevaba entre las manos.
—Solo quería dejar una cosa clara.
Esperé en silencio. Levantó por fin la vista; había firmeza en sus ojos.
—No quiero problemas.
Tragué saliva.
—Camila...
—Déjame terminar, por favor —pidió negando suavemente con la cabeza. Guardé silencio—. Este pueblo es pequeño. La clínica también. Vamos a seguir viéndonos durante los próximos meses y no quiero que eso afecte a mi trabajo, ni al tuyo, ni a tu recuperación.
Miré el cabestrillo que sujetaba mi hombro y volví a mirarla.
—Lo más importante ahora es que te recuperes —continuó—. No vine aquí para hacerte la vida imposible, ni quiero discusiones ni escenas. Solo... —Su voz vaciló un instante—. Solo quiero trabajar tranquila.
Sentí un peso enorme en el pecho. Entendía perfectamente por qué me estaba diciendo aquello y, después de verla otra vez, lo único que deseaba era pedirle perdón. Pero sabía que ese no era el momento.
Así que asentí lentamente.
—Tienes mi palabra.
Camila pareció sorprenderse.
—No voy a molestarte —añadí—. Ni voy a buscar conversaciones que tú no quieras tener. Si necesitas que mantengamos una relación estrictamente profesional, será así.
Ella permaneció unos segundos observándome, como si intentara averiguar si decía la verdad.
—Gracias.
Aquella única palabra sonó sincera. Y, por alguna razón, dolió. Dolió porque era la primera vez que me daba las gracias desde que nos habíamos reencontrado, y lo hacía por prometerle que me mantendría lejos de ella.
Se hizo un breve silencio. Finalmente, Camila dio un pequeño paso atrás.
—Eso era todo.
Asentí.
—Cuídate.
Abrí la puerta del coche y me senté. Nada más hacerlo, Jace arrancó una sonrisa de oreja a oreja.
El sol de la tarde caía en diagonal sobre el aparcamiento de la clínica, proyectando sombras largas contra el asfalto. El calor se acumulaba en mi espalda mientras me quedaba allí, petrificado, viendo cómo la silueta de Camila desaparecía tras la puerta de cristal.
Había sido una conversación corta. Sin gritos. Sin acusaciones dramáticas.
Solo el muro helado y perfecto de una profesional imponiendo sus límites.
Y el hecho de que no mostrara rabia me aplastaba el pecho mil veces más que cualquier reproche. La rabia significaba que todavía le importaba lo suficiente como para dolerle. La distancia educada, en cambio, era la prueba de que se había construido un universo entero en el que yo no encajaba.
Inhalé el aire fresco del valle para llenar mis pulmones, abrí la puerta del copiloto y me dejé caer pesado sobre el asiento.
Nada más cerrar la puerta, Jace soltó una sonrisa de oreja a oreja y bajó las manos al volante.
—Bueno... —comentó con su habitual tono cantarín—. Para haber sido un cara a cara con tu pasado, no ha ido tan mal. No ha habido sangre ni intervención del sheriff del pueblo.
Me abroché el cinturón de seguridad con la mano izquierda sin responder.
Jace arrancó el motor, metió la marcha y salimos despacio del aparcamiento de la clínica, incorporándonos a la carretera comarcal. Condujo unos metros en absoluto silencio. Un silencio demasiado denso e inusual para tratarse de él.
Sabía perfectamente que su cabeza estaba procesando mil cosas por segundo. Y, efectivamente, no tardó ni dos minutos en volver a la carga.
—Tengo que decir una cosa, Blackwood —anunció girando levemente la cabeza.
Cerré los ojos un instante, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas.
—Jace, por favor... no empieces.
—No, escúchame un segundo en serio —insistió, ajustándose las gafas de sol con el pulgar—. Tu ex es...
Se tomó un par de segundos para buscar las palabras exactas, luciendo una seriedad teatral.
—... ridículamente guapa.
Abrí un ojo, fijando la vista en él con una mueca de advertencia.