POV Dominic
—Me niego.
Ni siquiera levanté la vista del libro que tenía entre las manos.
—No.
Jace dejó escapar un suspiro dramático.
—Llevas tres días haciendo exactamente lo mismo. Clínica, casa. Casa, clínica. Clínica, casa.
Cerré el libro de golpe.
—Estoy lesionado.
—Estás lesionado del hombro, no condenado a arresto domiciliario —replicó.
Le lancé una mirada. Él sonrió con toda la tranquilidad del mundo.
—Vamos a dar una vuelta —dijo.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Suspiré, rindiéndome.
—Eres insoportable.
—Lo sé —sonrió—. Por eso soy tu mejor amigo.
Veinte minutos después caminábamos por la calle principal del pueblo.
No era un sitio especialmente grande, pero tenía encanto: una pequeña librería, una floristería, la panadería y varias cafeterías con mesas en la terraza. La gente saludaba al pasar. Algunos, incluso, conocían mi nombre, algo que todavía lograba sorprenderme.
—Te dije que aquí también veían hockey —comentó Jace dándome un codazo.
En ese momento, una señora mayor se nos acercó sonriente.
—¿Usted es Dominic Blackwood?
Me detuve.
—Sí, señora.
—Mi marido no se pierde ni un solo partido suyo. Lástima lo del hombro... Espero verle pronto de nuevo sobre el hielo.
Sonreí con educación.
—Muchas gracias.
Ella le dio un pequeño golpe con el codo a su marido, que parecía demasiado avergonzado para hablar.
—Venga, Harold, dile algo.
El hombre carraspeó, aclarando su voz.
—Solo quería decirle... que aquel gol contra Chicago fue una maravilla.
No pude evitar sonreír de verdad.
—Gracias. Fue un buen partido.
Se despidieron con la cabeza y siguieron su camino. Jace me dio un golpe suave con el brazo.
—¿Ves? Hasta los abuelos te conocen.
—Muy tranquilizador.
—Admítelo, te encanta.
Negué con una ligera sonrisa.
—La verdad... aquí es diferente.
Y era cierto. No sentía el agobio de las cámaras ni el acoso de los periodistas escondidos detrás de cualquier esquina. Solo eran personas normales. Empezaba a entender por qué Collins insistía tanto en que este lugar era perfecto para mi recuperación.
—¡Helado! —exclamó Jace, señalando una pequeña heladería artesanal en la esquina.
—Ni hablar.
—Dominic... —Puso cara de cachorro abandonado—. Hace calor.
—Hemos comido hace menos de una hora.
—Precisamente, es verano, no tienes liga ni que seguir esa dieta ridícula.
Solté una risa resignada.
—Cinco minutos.
—¡Sabía que cederías!
Entró como una exhalación antes de que pudiera terminar la frase.
Salimos de la heladería con dos cucuruchos. El mío era de chocolate; el suyo, una montaña flotante de tres sabores distintos.
—Eso debería ser ilegal —dije mirando su helado.
—No sabes apreciar el arte —se justificó él.
Seguimos caminando hacia la plaza principal. Había varias familias sentadas en los bancos, niños corriendo y perros jugando. Todo era tranquilo. Extrañamente tranquilo.
Hasta que escuché una risa.
Una risa infantil a la que, en un principio, no le di importancia... hasta que una segunda carcajada se unió a la primera.
Miré por instinto hacia la pequeña zona de juegos situada al otro lado de la plaza. Había varios niños, un balón, un tobogán y una mujer de espaldas. Llevaba el pelo recogido en una coleta, vaqueros claros y una sudadera azul. Estaba agachada para atarle los cordones a un niño.
Mi respiración se detuvo en los pulmones. La reconocería en cualquier parte.
Camila.
Noté cómo el corazón me golpeaba las costillas con fuerza. Sin darme cuenta, di un paso hacia delante.
Jace siguió mi mirada.
Camila terminó de hacer el lazo del zapato, revolvió el pelo del pequeño con una sonrisa y se levantó. Otro niño pasó corriendo por su lado y ella se echó a reír. La escena era completamente cotidiana, normal. Y, aun así, no podía dejar de mirarla.
—¿Vamos a saludar? —insistió Jace en voz baja.
Negué de inmediato.
—No. Se lo prometí. No voy a acercarme.
Jace asintió en silencio. Los dos permanecimos inmóviles, observándola desde la distancia.
En ese momento, alguien la llamó desde el otro extremo de la zona infantil. Camila giró la cabeza y respondió alzando la mano. Un hombre alto, moreno y con barba corta se acercó cargando a la niña sobre los hombros. Al llegar a su lado, la dejó en el suelo. Camila le sonrió con total naturalidad y él le dio un breve abrazo de lado mientras empezaban a hablar.
No parecía un gesto romántico, sino más bien el de dos personas que compartían mucha confianza. Pero yo no tenía el contexto.
Sentí un nudo amargo en el estómago.
—¿Quién es? —pregunté casi en un susurro, sin darme cuenta.
Jace observó la escena durante unos segundos.
—Ni idea, amigo.
Seguimos mirando desde lejos. El hombre dijo algo que hizo reír a Camila y ella le dio un pequeño empujón en el brazo; él exageró el impacto llevándose la mano al pecho, provocando la risa de los niños que estaban jugando alrededor.
Jace desvió la mirada hacia mí. No dijo nada, pero no hacía falta. Yo tampoco era capaz de apartar los ojos de ella.
No sentía rabia, ni siquiera celos exactamente. Solo una certeza incómoda y aplastante: habían pasado cuatro años. Y mientras yo había seguido viviendo entre estadios, hoteles y cámaras... Camila había construido una vida entera. Una vida de la que yo ya no formaba parte.
Sin decir una sola palabra más, me di la vuelta.
—¿Dom? —llamó Jace a mi espalda.
Aceleré el paso.
—Vámonos.
Jace lanzó una última mirada hacia el parque antes de seguirme en silencio.
No sabía quién era aquel hombre ni qué significaba para Camila. Pero algo dentro de mí me decía que esa no sería la última vez que me cruzaría con él.