Todo lo que nos robaron

Capítulo 23: ¿Lo sabe?

POV Camila

Los viernes siempre habían sido mis días favoritos.

No porque descansara. Con dos niños de cuatro años, la palabra descanso había dejado de existir en mi vocabulario hacía mucho tiempo. Pero los viernes significaban una cosa: dos días enteros con Liam y Hazel. Sin prisas, sin despertadores y sin tener que mirar el reloj cada diez minutos.

Cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, ya estaba aparcando frente al colegio infantil. Como cada día.

Nada más verme, Liam salió disparado por la puerta.

—¡Mamá!

Hazel lo siguió unos pasos por detrás.

—¡Espérame!

Me agaché justo a tiempo para recibirlos a los dos.

—¿Qué tal el día, mis amores?

—¡Bien! —respondieron al mismo tiempo.

Liam levantó un dibujo lleno de borrones de colores.

—¡He dibujado un cohete!

Hazel frunció el ceño con los brazos cruzados.

—No es un cohete, es un dinosaurio.

—¡Que no!

—¡Que sí!

Sonreí mientras los cogía a los dos de la mano.

—Creo que tendremos que preguntarle a una experta.

Los dos me miraron con curiosidad.

—¿A quién?

—A Savannah.

Los dos sonrieron de inmediato. Para ellos, Savannah era prácticamente parte de la familia.

Cuando llegamos a casa, la puerta de entrada ya estaba abierta. Ni siquiera me sorprendió.

—¡Sav! —llamé, dejando las llaves sobre el mueble del recibidor.

—¡En la cocina! —respondió ella desde el fondo.

Los niños salieron corriendo como una exhalación.

—¡Tía Sav!

Savannah apenas tuvo tiempo de dejar la cuchara de madera sobre la encimera antes de que los dos se le abalanzaran sobre las piernas.

—¡Eh, eh! ¿Así saludáis ahora?

—¡Sí!

Reí apoyándome en el marco de la puerta.

—Cada día te quieren más.

Ella me sacó la lengua de forma infantil.

—Es porque soy la favorita.

—Eso está por ver.

—No, no lo está.

Liam levantó la mano inmediatamente.

—¡Yo quiero mucho a mamá!

Hazel hizo exactamente lo mismo.

—¡Y yo!

Savannah se llevó una mano al pecho con puro dramatismo.

—Qué traición tan desgarradora.

Los niños soltaron una carcajada contagiosa. En ese momento sonó el timbre de la puerta. Savannah me miró guiñándome un ojo.

—Debe ser Kevin.

Fui a abrir la puerta y allí estaba él: alto, sonriente y sosteniendo una bolsa de papel humeante en la mano.

—Espero que nadie haya cenado todavía —dijo alzando la bolsa con aire triunfal—. He traído pizzas.

Los niños prácticamente lo empujaron hacia dentro para que entrara.

—¡Kevin!

Él dejó la bolsa en el suelo y abrió los brazos de par en par.

—Venid aquí, monstruos.

Los levantó a los dos en el aire casi al mismo tiempo. Hazel se reía tan fuerte que acabó escondiendo la cara en su cuello, mientras Liam no paraba de revolverle el pelo cortado.

—¡Bajad, que me vais a romper la espalda! —protestó Kevin entre risas.

—¡Nooo!

Savannah negó con la cabeza desde la cocina.

—No aprenden.

—Ni quiero que aprendan —replicó Kevin dejándolos con cuidado en el suelo. Se giró hacia mí y me sonrió con calidez—. ¿Qué tal el trabajo hoy, Cami?

—Tranquilo —mentí con demasiada facilidad.

Él me observó durante unos segundos, con esa mirada atenta de quien sabe que hay algo más rondando por mi cabeza. Pero no insistió. Era una de las cosas que más agradecía de Mason: sabía dar espacio y esperar.

La cena fue un maravilloso caos. Liam quería aceitunas, Hazel insistía en que las aceitunas eran «comida de mayores», Savannah intentaba convencer a los dos de que probaran los pimientos y Kevin aseguraba que aquello era una misión imposible.

Y yo... yo no podía dejar de sonreír. Aquello era mi vida: ruidosa, desordenada, imperfecta... pero mía.

Después de cenar, los niños convencieron a Kevin para construir una fortaleza con mantas en mitad del salón.

—Necesitamos más cojines.

—¡Y linternas! —añadió Hazel.

—¿Linternas también? —preguntó Kevin fingiendo una enorme preocupación—. Esto ya parece una obra de alta ingeniería.

—¡Vamos!

Los tres desaparecieron por el pasillo en busca de pertrechos.

Savannah se acercó a la encimera para recoger los platos y yo empecé a ayudarla a secarlos. Durante unos minutos ninguna de las dos habló. Solo se escuchaban el rumor del agua y las risas de los niños desde el salón.

Entonces Savannah rompió el silencio en voz baja.

—¿Sigues pensando en él?

Mis manos se congelaron sobre el trapo. No hacía falta preguntar de quién hablaba. Bajé la mirada hacia el plato de cerámica.

—Sí.

Su voz fue muy suave, llena de empatía.

—¿Mucho?

Suspiré, sintiendo un peso amargo en la garganta.

—Más de lo que me gustaría.

Savannah dejó el plato que lavaba sobre el escurridor y se giró levemente hacia mí.

—¿Lo echas de menos?

La pregunta me pilló desprevenida. Pensé detenidamente unos segundos antes de responder.

—No. —Negué lentamente con la cabeza—. Echo de menos a la persona que creía que era. No a la que realmente fue.

Savannah asintió despacio, entendiendo perfectamente la diferencia.

—Lo peor no es verlo en la clínica, Sav —continué, apoyando las manos sobre la encimera—. Es... es tener que fingir que no significa nada. Que es solo un paciente más. Que nunca existió un «nosotros».

Tragué saliva, pero antes de que ella pudiera consolarme, decidí soltar lo que me llevaba carcomiendo el pecho desde hacía días.

—Sav... hay algo más. Algo que no me deja dormir.

Savannah frunció el ceño, atenta.

—¿Qué pasa?

—El otro día, cuando nos cruzamos en el centro comercial... la forma en que Dominic me miró cuando vio a los niños —musité con la voz temblorosa—. No fue la mirada de un hombre que sabe que tiene hijos y los rechaza. Fue la mirada de alguien que estaba viendo un fantasma.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.