El lunes comenzó con el pie izquierdo.
La tormenta del domingo por la noche había causado estragos en todo el pueblo. Las ráfagas de viento y el granizo cayeron con tanta fuerza que, a primera hora de la mañana, recibí un mensaje urgente del colegio infantil: un enorme árbol de la parcela colindante se había desplomado sobre parte del tejado del centro, destruyendo dos aulas. Las clases quedaban suspendidas hasta nuevo aviso.
Sin tiempo para buscar una alternativa y sin querer molestar a Savannah tan temprano, no me quedó más remedio que llevarme a Liam y a Hazel conmigo a la clínica.
—¿Vais a portaros como dos campeones? —les pregunté mientras les abrochaba los cinturones en el asiento trasero.
—¡Sí! —respondieron a coro.
—Mamá tiene que trabajar, así que tendréis que estar tranquilitos.
Cuando llegamos, la recepcionista nos recibió con una sonrisa gigante.
—¡Pero bueno! ¿Qué tenemos aquí? —exclamó Clara, inclinándose sobre el mostrador—. ¡Si son los ayudantes más guapos del pueblo!
—Hola, Clara —sonreí con alivio—. Ha habido un desastre en la escuela por la tormenta...
—Ni me lo digas, he visto las fotos —me interrumpió con amabilidad—. No te preocupes en absoluto, Cami. Se quedan conmigo en recepción. Tengo folios para colorear, lápices y unos cuantos cuentos. Estarán de maravilla.
Liam y Hazel miraron los lápices de colores que Clara sacó del cajón y sus ojos se iluminaron.
—Muchas gracias, de verdad. Te debo una grandísima.
La mañana transcurrió a un ritmo vertiginoso.
Entre la preparación del material de electromusculación, la asistencia en la zona de poleas y las pautas de rehabilitación, apenas tuve un segundo para respirar. Cada media hora me escapaba a la recepción a echar un vistazo por el cristal: Liam estaba concentrado dibujando un camión de bomberos mientras Hazel le explicaba a Clara minuciosamente la historia de su conejo de peluche.
Para mi alivio, las horas pasaron sin que me cruzara con Dominic en ningún momento.
Al llegar la hora del almuerzo, el doctor Collins se acercó a la mesa donde yo organizaba los expedientes.
—Camila, has hecho un trabajo excelente esta mañana —me dijo con calidez—. Sé que estás con los niños ahí fuera. Vete a casa a comer con ellos y descansa el resto de la tarde. Nosotros nos apañamos.
—¿Seguro, doctor? Puedo quedarme un par de horas más...
—Cero discusiones. Vete con tus hijos.
—Muchas gracias, doctor Collins.
Me quité la bata sanitaria, recogí mis cosas y fui directa hacia la recepción, respirando con cierta tranquilidad. Ya solo quedaba subir a los niños al coche e irnos a casa a comer juntos.
—¡Ya estoy aquí! —Anuncié al llegar al mostrador.
—¡Mamá! —Hazel saltó de la silla enseñándome un dibujo—. ¡Mira, le he hecho un vestido rosa a Clara!
—Es precioso, mi amor. Dadle las gracias a Clara, que nos vamos a casa a preparar la comida.
Los niños empezaron a recoger sus lápices y bolsas. Yo me incliné para ayudar a Liam a abrocharse la chaqueta.
En ese preciso instante, el sensor de la puerta acristalada del pasillo principal sonó con un suave pitido.
Levanté la vista distraídamente... y el corazón se me paró en el pecho.
Dominic salía de una de las salas de consulta con el cabestrillo puesto y la sudadera sobre los hombros. Venía hablando con el doctor Collins, pero al llegar a la recepción se detuvo.
Antes de que pudiera reaccionar o llevarme a los niños hacia la salida, Liam dio un paso al frente y señaló a Dominic con los ojos muy abiertos.
—¡Ah! ¡Tú eres el chico del centro comercial! —exclamó Liam con total soltura.
Dominic se congeló. Su mirada bajó de inmediato hacia el pequeño y luego hacia mí. Una chispa de sorpresa desarmó por completo la rigidez de su rostro.
—Y salías en la tele jugando al hielo —añadió Liam, completamente fascinado—. ¡Eres el jugador!
Una pequeña sonrisa, suave y completamente sincera, apareció en los labios de Dominic. Se agachó despacio, apoyando la mano sana sobre su rodilla para ponerse a la altura del niño.
—Hola —dijo Dominic con una voz inexplicablemente cálida—. Sí... juego al hockey sobre hielo. ¿Te gusta el hockey?
—¡A mí me gustan los vestidos de colores! —intervino Hazel, dando dos saltitos hacia él sin ningún tipo de vergüenza—. ¡Hola!
—Hola, princesa —respondió Dominic, mirando a Hazel con un brillo extraño e intenso en los ojos verdes—. Un placer volver a verte.
Mi respiración era errática. Me quedé completamente paralizada durante unos segundos eternos, viendo a Dominic interactuar con ellos a escasos centímetros. La forma en que los miraba... era casi con devoción, con una mezcla de fascinación y ternura que me encogió el alma por completo. La duda que le había confesado a Savannah la noche anterior volvió a golpearme el pecho como un martillo neumático.
¿De verdad no sabe nada?
Me obligué a dar un paso al frente, poniéndome sutilmente al lado de mis hijos y rompiendo el hechizo.
—Liam, Hazel... no molestéis al señor Blackwood. Tiene que descansar.
Dominic levantó la vista hacia mí. Su expresión era indescifrable, pero sus ojos buscaban desesperadamente los míos.
—No molestan en absoluto, Camila —dijo en un murmullo grave.
—Tenemos que irnos a casa a comer —añadí con voz firme pero educada, tratando de mantener el control de la situación—. Despedíos, chicos.
—¡Adiós! —dijo Hazel moviendo la mano con entusiasmo.
—¡Que te mejores del brazo! —añadió Liam señalando el cabestrillo.
Dominic tragó saliva con dificultad, mirándolos como si le costara dejarlos ir.
—Muchas gracias, campeón. Adiós.
Les cogí las manos a los dos con cierta prisa, le dediqué un leve asentimiento de cabeza a Clara y al doctor Collins, y salimos de la clínica.
Durante todo el camino en coche de vuelta a casa, el silencio de la carretera solo era roto por las risas de los niños en el asiento trasero. Pero yo no podía dejar de mirar por el retrovisor. Mi mente no dejaba de repetir la mirada de Dominic al ver a Liam y a Hazel.