Todo lo que nos robaron

Capítulo 26: Confesiones en el sofá

POV Camila

La casa quedó en silencio mucho antes de las diez.

Liam había caído rendido cinco minutos después de apoyar la cabeza en la almohada. Hazel, en cambio, había aguantado un poco más: quería otro cuento, otro beso y otro abrazo. Como todas las noches.

Cuando por fin cerré la puerta de su habitación, me quedé unos segundos observándolos dormir a través de la penumbra. Liam abrazaba un pequeño peluche de lobo que le había regalado mi madre; Hazel dormía completamente atravesada en la cama, con la manta medio tirada en el suelo.

Sonreí sin darme cuenta. Siempre terminaban igual.

Apagué la luz del pasillo con cuidado y bajé al salón. La casa estaba tranquila, inmersa en la penumbra que solo rompía el parpadeo lejano de la televisión.

Savannah ya estaba acomodada en el sofá con una manta sobre las piernas. Había puesto una película, aunque estaba claro que no le prestaba demasiada atención. Cuando me vio aparecer, levantó un bote de helado como si fuera un trofeo.

—Chocolate con galleta —anunció—. Tu favorito.

Le dediqué una sonrisa cansada.

—Eres la mejor.

—Ya lo sé.

Me dejé caer a su lado, cogí una cuchara y hundí un buen trozo en la crema helada.

Durante varios minutos ninguna de las dos habló. Solo comíamos en ese silencio cómodo que solo existe entre personas que se conocen a la perfección.

Savannah fue la primera en romperlo:

—¿Sigues pensando en él?

Mis manos dejaron de moverse. No hacía falta preguntar de quién hablaba.

—Sí.

Su voz fue muy suave.

—¿Mucho?

Suspiré.

—Más de lo que me gustaría.

Savannah me miró con atención, cruzándose de brazos.

—Cam... lo de esta mañana en la clínica, cuando lo visto a los niños... ¿Qué sentiste?

Me apoyé contra el respaldo del sofá, sintiendo un nudo oprimir mi garganta. Había estado dándole vueltas a esa escena una y otra vez en mi cabeza.

—Es que no lo entiendo, Sav —admití en un murmullo, buscando las palabras exactas—. Llevo cuatro años convencida de que Dominic leyó esa carta. Que vio las ecografías que le envié a través de Ethan y decidió ignorarnos. Qué eligió su carrera sobre nosotros.

—¿Y ahora? —preguntó Savannah en voz baja.

—Ahora... cada vez que lo miro a los ojos, esa idea se desmorona —confesé con la voz temblorosa—. La forma en que se quedó paralizado al ver a Liam y Hazel... No era la mirada de alguien que sabía de su existencia y decidió darles la espalda. Era la mirada de alguien que no entendía absolutamente nada.

Savannah frunció el ceño, procesando lo que le decía.

—¿Crees que de verdad no sabe nada? ¿Qué Ethan nunca le entregó el sobre?

—Es lo que más me aterra —dije, sintiendo que el pecho me pesaba cada vez más—. Porque si de verdad no lo sabe, significa que le he estado guardando rencor por una mentira. Y, peor aún... significa que tengo que decírselo.

Me pasé las manos por la cara, abrumada por la situación.

—Sé que tiene derecho a saberlo. Son sus hijos. Pero no tengo ni idea de cómo hacerlo, Sav. No sé cómo mirarlo a la cara y decirle: «Tienes dos hijos de cuatro años de los que nunca te hablé porque pensé que me habías rechazado». Tengo miedo de cómo vaya a reaccionar. De lo que esto pueda provocar en sus vidas... y en la mía.

Savannah se acercó y me puso una mano firme en el hombro.

—Si esa es la verdad, tarde o temprano saldrá a la luz, Cami. Pero no tienes que resolverlo todo esta noche.

Le dediqué una pequeña sonrisa, agradecida por su apoyo.

—Lo sé... pero el tiempo se agota.

En ese momento, la voz de Liam resonó desde el salón, rompiendo la tensión del ambiente:

—¡Mamá! ¡Quiero leche, no puedo dormir!

Hazel apareció detrás de él con una manta sobre la cabeza.

—¡Yo también quiero!

No pude evitar sonreír mientras me limpiaba las manos. No sabía cómo ni cuándo le diría la verdad a Dominic, pero mirando a mis hijos, sabía que tendría que encontrar el valor muy pronto.




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