POV Dominic
Flashback
Noviembre de 2021
—Si te agobia tanta gente, nos vamos. Me da igual la fiesta. De verdad.
Camila me miró a través del retrovisor interior con una sonrisa tímida, ajustándose la solapa de mi chaqueta de cuero, que le quedaba absurdamente grande y le cubría casi las manos. Era la primera vez que la llevaba a una fiesta del equipo como mi novia oficial, y la idea de exponer nuestro mundo a las miradas curiosas de todo el vestuario me tenía más nervioso a mí que a ella.
—Estoy bien, Dom —respondió con esa voz tranquila que siempre lograba desacelerar mis pulsaciones. Entrelazó sus dedos pequeños con los míos sobre la palanca de cambios—. Solo no te alejes mucho.
—Ni loco —le prometí. Me incliné hacia ella y le besé el dorso de la mano con lentitud antes de apagar el motor.
Aquella noche Camila iluminó la casa por completo. Se adaptó con una gracia natural que me dejó fascinado: se rió de las historias absurdas de mis compañeros, defendió con firmeza sus gustos musicales frente al capitán del equipo y bailó conmigo en mitad del salón sin importar quién estuviera mirando. Pero lo mejor llegó cuando el ambiente se volvió demasiado ruidoso. Le rozé la cintura con los dedos y le hice una seña. Nos escapamos sin que nadie se diera cuenta por la puerta trasera hasta el porche que daba al jardín. El aire frío de la noche nos golpeó la cara, pero a ninguno le importó. Nos sentamos en los escalones de madera, compartiendo una misma manta sobre los hombros mientras sosteníamos dos vasos de plástico que ya no pensábamos beber.
Camila apoyó la cabeza en mi hombro, soltando un suspiro de pura comodidad, y el aroma de su champú de vainilla me envolvió por completo.
—Tenías razón —murmuró, mirando hacia las estrellas que empezaban a verse sobre los árboles—. No ha estado tan mal.
—Te lo dije —sonreí, apretándola un poco más contra mi costado—. Aunque la mejor parte es esta.
Ella levantó la vista para mirarme, con los ojos brillando bajo la luz dorada del farol del porche, y me regaló una de esas sonrisas que solo eran para mí. En ese instante, rodeado del murmullo lejano de la música y del frío de la noche, sentí por primera vez en mi vida que lo tenía absolutamente todo. Que nada ni nadie podría romper lo que teníamos.
Fin flashback
El pub estaba a unos veinte minutos del pueblo.
Según Jace, era «lo más parecido a la civilización» que había encontrado desde que llegamos. No era especialmente grande, pero estaba lleno. Las paredes de ladrillo visto estaban decoradas con camisetas de equipos locales, fotografías antiguas y carteles metálicos de marcas de cerveza. Una pantalla enorme retransmitía un partido de béisbol sin que nadie pareciera prestarle demasiada atención.
En un rincón, un grupo jugaba a los dardos entre risas. En otro, varias parejas hablaban alrededor de una mesa de billar. La música sonaba lo bastante alta para llenar el ambiente, pero no tanto como para impedir mantener una conversación. Era un sitio acogedor, sencillo. Nada que ver con los exclusivos locales de Seattle a los que Ethan insistía en llevarme.
Y, sinceramente... lo prefería.
Llevaba casi veinte minutos solo en la barra. Con el mismo vaso delante y la misma imagen repitiéndose una y otra vez en mi cabeza: Camila, Liam, Hazel.
«¡Mamá!»
Apreté la mandíbula. No importaba cuánto intentara distraerme: siempre volvía al mismo lugar.
La puerta del pasillo que llevaba a los baños se abrió. Jace apareció recolocándose la chaqueta con una sonrisa de absoluta satisfacción y, detrás de él, salió una chica rubia riéndose.
—Te llamaré —dijo ella.
Jace le guiñó un ojo.
—Espero que sí.
La chica se inclinó, le dio un beso rápido en la mejilla y desapareció entre la gente. Jace ocupó el taburete a mi lado y soltó un largo suspiro.
—Qué buena gente hay en este pueblo.
Lo miré de reojo.
—Has tardado veinte minutos.
—Veintidós. Pero, ¿quién está contando?
Negué con la cabeza, divertido a mi pesar.
—Eres incorregible.
Él cogió un cacahuete del cuenco que había sobre la barra.
—Lo intento. Pero es un don.
Resoplé.
—Algún día alguien te va a estampar una botella en la cabeza.
—Puede ser. Pero hoy no ha sido ese día. —Le hizo una señal al camarero—. Otra cerveza.
El hombre asintió y empezó a servirla. Jace dio un trago a la que aún le quedaba y después me observó durante unos segundos. Demasiados.
—¿Qué?
No respondió enseguida; solo siguió mirándome.
—Llevas toda la noche en otro sitio.
Bajé la vista hacia mi vaso.
—Estoy aquí.
—Tu cuerpo sí. La cabeza no.
Suspiré, sin fuerzas para discutir. Jace apoyó los codos sobre la barra.
—Sigues pensando en ella. —No era una pregunta.
Asentí muy despacio.
—Sí.
El camarero dejó la cerveza delante de Jace, quien le dio las gracias sin apartar la vista de mí.
—¿Sabes qué es lo que no entiendo?
Levanté ligeramente la cabeza.
—¿Qué?
—Nunca me has contado realmente qué pasó entre vosotros.
Di una risa amarga.
—Porque no merece la pena.
—Para ti sí la merece.
Guardé silencio. La música seguía sonando de fondo y alguien celebró un pleno en la diana, pero yo continuaba mirando el hielo de mi vaso hasta que Jace volvió a hablar:
—¿Cuándo fue la última vez que la viste... antes de venir aquí?
Tragué saliva. No necesitaba pensarlo.
—Hace cuatro años.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿No la volviste a ver nunca?
Negué con la cabeza.
—Ni una sola vez.
—¿Ni hablasteis?
—No.
Silencio. Jace dio un sorbo a la cerveza, pareciendo ordenar alguna idea en su cabeza. Entonces dejó lentamente el vaso sobre la barra.