POV Dominic
La videollamada llevaba casi media hora.
Estaba sentado en el sofá del salón con el portátil sobre la mesa de centro. Al otro lado de la pantalla, Ethan tenía la misma expresión de siempre cuando las cosas no salían como él quería: fruncía el ceño, golpeaba el escritorio con el extremo de un bolígrafo de metal y hablaba con una prisa nerviosa, como si tuviera que vender un producto antes de que se le acabara el tiempo.
—¿Cómo va el hombro? —preguntó Ethan, entornando los ojos.
Moví el brazo con cuidado, sintiendo la leve tirantez en la articulación.
—Mucho mejor. El doctor Collins dice que estoy recuperando movilidad antes de lo esperado.
—Perfecto —dijo Ethan, dando un palmoteo rápido en su mesa—. Entonces ya puedes volver. Arreglamos la mudanza esta misma semana.
Solté un suspiro lento y firme.
—No.
Ethan cerró los ojos un instante, apretando el puente de la nariz con dos dedos.
—Dominic...
—No he terminado la rehabilitación, Ethan.
—La puedes terminar aquí en Seattle —insistió con voz tajante—. Hay clínicas privadas infinitamente mejores que esa en la que estás. Te consigo al mejor fisioterapeuta del país mañana mismo si quiero.
—No necesito una clínica mejor —respondí sin alterar el tono—. Necesito tranquilidad.
Ethan dejó el bolígrafo sobre la mesa con un golpe seco que resonó fuerte a través del altavoz.
—Llevas más de un mes desaparecido en ese pueblo de mierda. La prensa pregunta por ti todos los días. Los patrocinadores están presionando. Y Victoria no deja de llamar a la oficina porque no le coges el teléfono.
Apreté la mandíbula al escuchar el nombre.
—Esa última parte no es mi problema.
—¡Sí que lo es! —elevó el tono Ethan, inclinándose hacia la cámara—. Tu imagen pública es tu problema. Nuestra carrera es tu problema.
—No —lo corregí directamente—. Es el tuyo.
Hubo un breve silencio cargado de electricidad. Detrás de mí, en la otra punta del salón, Jace hacía flexiones sobre una esterilla. Llevaba los auriculares puestos y, por suerte, parecía completamente ajeno a las voces de la pantalla.
—Escúchame bien —continuó Ethan, modulando la voz para sonar manipuladoramente persuasivo—. En dos semanas hay una gala benéfica importantísima. Necesito que estés allí. Sonriente, recuperado y dando la cara.
Negué con la cabeza sin vacilar.
—No voy a ir.
—No puedes desaparecer cuatro meses del mapa como si no fueras nadie.
—Pues mírame —desafíé clavando la vista en la cámara—. Lo estoy haciendo perfectamente.
Ethan soltó una risa amarga y desprovista de humor.
—No sé qué demonios te pasa desde que llegaste a ese sitio, Dominic. Pero estás tomando decisiones ridículas. Muy estúpidas.
Sentí un fuego helado recorrer mi columna.
—¿Estúpidas?
—Sí, estúpidas. Te estás aislando, estás rechazando entrevistas millonarias, ignoras a tu representante y encima me obligas a mentir continuamente para tapar tu ausencia.
Me incorporé despacio del sofá, encarando la pantalla.
—¿Sabes qué fue una decisión estúpida de verdad, Ethan?
Ethan guardó silencio, frunciendo los labios.
—Decir delante de toda la prensa de la liga que Victoria y yo estábamos comprometidos cuando ni siquiera salíamos juntos.
Su expresión se volvió rígida.
—Era una estrategia de imagen —argumentó con frialdad—. Un control de daños.
—Era una mentira absurda.
—¡Y funcionó!
—No conmigo —sentencié—. A mí me destruyó la poca vida privada que me quedaba.
Durante varios segundos eternos, ninguno de los dos dijo nada. Se escuchaba únicamente el leve zumbido de la conexión a internet. Finalmente, Ethan dejó escapar un suspiro de resignación irritada.
—¿Vas a volver o no?
—No.
—¿Esa es tu última palabra?
—Sí.
Ethan negó lentamente con la cabeza, mirando la pantalla con decepción y rabia contenida.
—Algún día me explicarás qué demonios estás buscando en ese pueblo perdido, Blackwood.
Sin responderle, bajé la pantalla del portátil de golpe. La imagen se apagó y la pantalla se quedó completamente negra. El silencio volvió a inundar la casa.
Comencé a dar vueltas por el salón, incapaz de quedarme quieto. Tenía los nervios a flor de piel.
Jace terminó su última serie de flexiones, se dejó caer boca arriba sobre la esterilla con el pecho agitado y se quitó los auriculares inalámbricos.
—¿Ya habéis terminado de discutir los señores importantes? —preguntó.
—Sí.
—Ha durado menos que la última vez —comentó con ironía—. Vamos progresando.
No respondí. Seguí caminando en círculos. Una vuelta, otra y otra más, mientras el eco de las palabras de la noche anterior en el pub resonaba en mi mente.
Jace acabó incorporándose, pasándose una toalla por el cuello.
—Me estás poniendo nervioso, Dom. Si sigues dando vueltas vas a hacer un agujero en la tarima.
Me detuve frente al gran ventanal del salón. A lo lejos, las montañas dibujaban una silueta verde e imponente bajo el cielo despejado. El pueblo parecía completamente tranquilo, ajeno al torbellino de incertidumbre que me devoraba por dentro.
Sin apartar la vista del cristal, hablé en voz baja:
—Es imposible.
Jace apoyó los antebrazos sobre sus rodillas, observándome con atención.
—¿El qué?
Me giré lentamente hacia él, sosteniéndole la mirada.
—Que Liam y Hazel sean mis hijos, Jace. Es imposible.
Solo pronunciar aquellas palabras en voz alta hizo que me sonaran irreales, casi absurdas. Jace permaneció en silencio, esperando a que soltara todo lo que llevaba dentro.
—No tiene ningún sentido —continué, caminando hacia la cocina mientras me pasaba una mano convulsa por el pelo—. Camila me lo habría dicho. ¿Cómo no me lo iba a decir? ¿Ocultarme algo así durante cuatro años? No... no. Ella no sería capaz de hacer algo así. La conozco.