POV Camila
Los viernes por la tarde en casa de mis padres siempre olían a hierba cortada y a tarta de manzana recién horneada.
Era nuestro refugio. Un lugar donde el tiempo parecía avanzar un poco más despacio y donde las preocupaciones de la semana se disipaban entre el verde del jardín. Pero hoy, por más que el sol de la tarde iluminara la terraza y la brisa fuera perfecta, la tormenta en mi cabeza no me daba tregua.
Alcé la vista desde mi taza de té para mirar hacia el césped.
Liam y Hazel corrían descalzos persiguiendo a Max y Luna, los dos labradores de mis padres, que no dejaban de ladrar de alegría. Mi padre, sentado en el banco de madera con un sombrero de paja para protegerse del sol, reía a carcajadas mientras los niños intentaban enseñarle a Max a saltar a través de un aro de plástico.
—¡Abuelo, mira! ¡Max sabe volar! —gritaba Liam con los ojos desbordantes de ilusión.
—¡Casi vuela, campeón! —respondía mi padre, aplaudiendo antes de atraer a Hazel hacia sus rodillas para darle un beso en la mejilla—. ¿Y tú qué dices, princesa? ¿Tu perro también vuela?
—¡El mío baila! —Afirmaba Hazel con una gravedad adorable, haciendo girar a Luna.
Una sonrisa amarga y diminuta se me dibujó en los labios. Verlos tan felices, tan llenos de vida... Debería haberme devuelto la paz. Sin embargo, lo único que sentía en el pecho era una presión aplastante.
—Te estás quemando los dedos, Camila.
La voz suave de mi madre me hizo dar un brinco. Bajé la vista y me di cuenta de que llevaba minutos sujetando la taza caliente con demasiada fuerza.
Mamá se sentó en la silla de mimbre que había frente a mí, dejando una bandeja con galletas sobre la mesa. Me observó en silencio durante unos segundos. Sus ojos, sabios y acostumbrados a leer en mí como en un libro abierto, captaron de inmediato la sombra que me cubría el rostro.
—Llevas toda la tarde suspendida en el aire —dijo con esa calidez maternal que siempre conseguía desarmarme—. Estás aquí físicamente, pero tu mente está a cientos de kilómetros. ¿Qué te pasa, mi amor?
Negué levemente con la cabeza, intentando disimular con un sorbo de té.
—Nada, mamá. Solo ha sido una semana intensa en la clínica y con los exámenes de la facultad...
—A mí no me engañas —me interrumpió con ternura, cubriendo mi mano con la suya—. Conozco esa mirada. Es la misma mirada que tenías hace cuatro años.
El nombre que llevaba días atascado en mi garganta estuvo a punto de salir. Me mordí el labio inferior, sintiendo cómo los ojos se me llenaban de lágrimas de forma inminente.
—Mamá... —mi voz se quebró en un hilo imperceptible.
—Dime.
Respiré hondo, buscando el aire que parecía haberse agotado en los pulmones. Miré de reojo hacia el jardín; mi padre seguía distraído jugando con los pequeños. Volví la vista hacia mi madre y, finalmente, solté el peso que me estaba destruyendo por dentro.
—Ha vuelto.
Mi madre frunció ligeramente el ceño, confundida.
—¿Quién ha vuelto?
—Dominic.
El aire entre las dos se congeló al instante. Mi madre se quedó completamente aturdida, parpadeando despacio mientras procesaba el nombre. La taza que sostenía estuvo a punto de dársele un vuelco en la mano.
—¿Dominic? —murmuró, como si pronunciar su nombre fuera algo prohibido—. ¿Dominic Blackwood? ¿Aquí... en el pueblo?
Asentí despacio, tragando saliva.
—Está haciendo la rehabilitación de su hombro en la clínica del doctor Collins. Es mi paciente, mamá. Llevo tres semanas viéndolo casi todos los días.
Mi madre se llevó una mano al pecho, abrumada.
—Dios mío, Cami... ¿Y él...? ¿Él os ha visto? ¿Ha visto a los niños?
—Nos vio el otro día en el centro comercial de Millfield y después algunas veces en la clínica. —confesé con la voz temblorosa, sintiendo que una lágrima se me escapaba por la mejilla—. Habló con ellos, mamá. Estuvo a centímetros de Liam y Hazel.
Mi madre abrió la boca para hablar, pero la volvió a cerrar. La sorpresa en su rostro dio paso a un pánico contenido.
—Camila... si ha visto a los niños... ¿qué te ha dicho? ¿Sabe que...?
—No sabe nada —la interrumpí, rotunda pero desesperada.
Mi madre la miró sin entender.
—¿Cómo que no sabe nada? Tú le enviaste aquella carta... le mandaste las ecografías a través de Ethan cuando se fue a la liga profesional.
—Eso es lo que creía —dije pasándome las manos por la cara, desbordada por la angustia—. Llevo cuatro años odiándolo porque pensé que había leído esa carta y había decidido ignorarnos para centrarse en su carrera. Pensé que nos había rechazado. Pero... le he visto a los ojos, mamá. He visto cómo miraba a Liam y a Hazel. La forma en que se quedó paralizado... No era la reacción de un hombre que sabía que tenía dos hijos y decidió abandonarlos. Era la mirada de alguien que no entiende absolutamente nada de lo que está pasando.
Mi madre se echó hacia atrás en la silla, asimilando mis palabras con la gravedad que merecían.
—¿Estás diciéndome que crees que nunca recibió ese sobre?
—Estoy casi segura de que Ethan jamás se lo entregó —confesé en un susurro amargo—. Y el pensamiento me está matando por dentro. Si no lo sabe, le he estado guardando rencor por una mentira. Y lo peor de todo... lo que me aterra de verdad... es lo que viene ahora.
—¿Qué es lo que te da miedo, mi amor?
Me incliné hacia delante, apoyando los codos en la mesa y escondiendo el rostro entre las manos.
—Tengo miedo de decírselo, mamá. Tengo un pánico atroz. ¿Y si se pone furioso? ¿Y si me culpa por haberle ocultado cuatro años de la vida de sus hijos? Es un jugador famoso, tiene dinero, tiene recursos... Tengo miedo de que me los quite. De que intente alejarme de ellos o que destruya la vida tranquila que tanto me ha costado construir para los tres.
Un silencio denso se apoderó de la terraza. Solo se escuchaba el murmullo de las risas de Liam y Hazel a lo lejos.