Todo lo que nos robaron

Capítulo 30: La visita inesperada

POV Camila

Los sábados en la finca de mis padres siempre eran iguales. Y, precisamente por eso, me encantaban.

La casa de piedra estaba llena de vida desde primera hora de la mañana. Mi madre había preparado comida como para alimentar a un ejército, mientras mi padre llevaba toda la tarde entrando y saliendo del jardín con mi tío David, empeñados en arreglar una valla que, según ellos, llevaba «a punto de caerse» desde hacía cinco años.

Los niños corrían descalzos por el césped de un lado para otro. Los perros los seguían ladrando, integrados completamente en el juego. Liam no había dejado de perseguir a mis primos pequeños con una pistola de agua, mientras Hazel se dedicaba a recoger flores silvestres para hacerle una corona a mi abuela.

Todo era... normal. Cálido. Y yo necesitaba esa normalidad desesperadamente.

Cuando el sol empezó a esconderse tras la silueta de las montañas, el aire se volvió fresco y todos entramos en casa. La mesa del comedor principal estaba llena hasta los topes. Mi madre, repartía los platos humeantes mientras mi padre, discutía acaloradamente con mi tío David sobre cuál era el corte de carne perfecto para la parrilla. Mi tía Emily, reía mientras ayudaba a mi prima Sophie a colocar los vasos.

Un poco más allá, Jake, el mayor de mis primos, intentaba convencer a Liam de que algún día lo llevaría a ver un partido de hockey profesional.

—¿De verdad?—decía Liam con los ojos brillándole de ilusión.

—Claro. Ya verás cuando seas un poco más mayor.

—¡Y a mí también! —protestó Hazel desde el otro lado, dando un golpe con la cuchara.

—A ti también, princesa.

Todos rieron. Sentada a mi lado, Savannah me dio un pequeño codazo en las costillas.

—Parece que alguien en esta casa se ha vuelto fan del hockey —murmuró con sorna.

Rodé los ojos, tratando de ignorar la puntada que sentí en el pecho.

—Gracias por recordármelo.

Ella sonrió de medio lado, disfrutando del momento. Pero antes de que pudiera devolverle la réplica, el timbre de la puerta principal resonó por toda la casa.

Mi tía Laura se levantó de la mesa.

—Ya voy yo.

Nadie le dio la menor importancia. Seguimos hablando entre risas. Mi padre continuaba contando una anécdota interminable sobre un tractor, mi madre intentaba evitar que Hazel metiera los dedos directamente en la salsa y yo me concentré en cortar un trozo de pan.

Hasta que escuché la voz de mi tía desde el recibidor:

—¿Perdón...? ¿A quién buscas?

Pasaron unos segundos de silencio absoluto. Después, su voz volvió a sonar, esta vez cargada de una extrañeza evidente:

—Un momento...

Regresó al comedor con una expresión descolocada en el rostro. Se detuvo en el umbral y nos miró a todos.

—Tenemos visita.

Fruncí el ceño, dejando el cuchillo sobre la tabla.

—¿Quién es?

No respondió. Simplemente dio un paso a un lado para dejar espacio.

Y entonces lo vi.

Dominic.

Llevaba unos vaqueros oscuros, unas zapatillas blancas impecables y un jersey gris de cuello redondo con las mangas remangadas hasta los antebrazos. El hombro lesionado ya no iba completamente inmovilizado, aunque aún movía el brazo izquierdo con cierta rigidez. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado por el viento de la montaña y en su rostro se dibujaba una incomodidad manifiesta, como si en el último milisegundo hubiera considerado la opción de darse la vuelta y salir corriendo.

El comedor entero se sumergió en un silencio helado. El aire pareció congelarse en mis pulmones y mi corazón se detuvo durante un segundo eterno.

—¿Dominic...? —murmuré, pero mi voz fue un hilo inaudible.

—¡¡ES DOMINIC BLACKWOOD!! —gritó Jake, rompiendo el hechizo.

Mi primo se levantó de la silla de un salto, derramando casi su vaso de agua.

—¡No puede ser!

Owen, mi otro primo, chilló todavía más fuerte, llevándose las manos a la boca.

—¡Es él! ¡Mamá, es él!

En cuestión de tres segundos, mis dos primos ya estaban rodeando a Dominic en la entrada del comedor.

—¿Nos puedes firmar una camiseta?

—¿Y hacernos una foto?

—¡Papá, mira quién es, es Dominic Blackwood!

Mi tío David se quedó con el tenedor en el aire, completamente boquiabierto. Mi padre fruncía el ceño sin entender absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo. Y mi madre... mi madre me miró a mí. Primero a mí, luego a Dominic, y finalmente, otra vez a mí. Sus ojos transmitían una sola pregunta devastadora:

«¿Qué demonios hace él aquí?»

Yo tampoco tenía la respuesta. Sentía una opresión aplastante en el pecho, un pánico visceral mezclado con una rabia creciente. Dominic apenas reaccionaba a la embestida de mis primos; intentaba sonreír por pura educación, pero su mirada gris buscaba desesperadamente la mía por encima de sus cabezas.

Me levanté de golpe. La silla chirrió con estrépito contra el suelo de madera.

Todas las conversaciones cesaron en acto de presencia. Caminé directamente hacia él sin mirar a nadie más, lo agarré con firmeza del brazo sano y lo empujé hacia atrás.

—Ven conmigo. Ahora.

No esperé a que respondiera. Lo saqué prácticamente a rastras hacia el porche exterior y cerré la puerta de madera a nuestras espaldas, aislando el bullicio de mi familia.

El aire fresco y helado de la noche me golpeó la cara, pero no sirvió para calmar el fuego que me quemaba por dentro. Me giré hacia él de inmediato, cruzándome de brazos.

—¿Qué demonios haces aquí, Dominic?

Él respiró hondo, pasándose la mano libre por la nuca.

—Lo siento, Camila. No quería interrumpir vuestra cena familiar...

—¡Pues lo has hecho! —espeté en un susurro enojado para no alzar demasiado la voz—. Apareces en la finca de mis padres sin avisar, asustas a mi familia... ¿Cómo coño has sabido que estaba aquí?

Dominic dudó un instante, evitando mi mirada.

—Se lo pregunté a Collins.




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