Todo lo que nos robaron

Capítulo 31: Cobarde

POV Dominic

El camino de vuelta transcurrió en completo silencio.

Ni siquiera puse música. Solo el zumbido constante del motor llenaba la cabina mientras las luces lejanas de la finca y la silueta de las montañas desaparecían poco a poco en el retrovisor.

No dejaba de darle vueltas a la escena en el porche. Había estado a un solo paso. A una simple exhalación de distancia.

«¿Liam y Hazel son mis hijos?»

Las palabras habían llegado hasta mi garganta, ardiendo como un nudo insoportable. Y, aun así... no había sido capaz de pronunciarlas. La mirada inocente de Liam al salir por la puerta, llamándola para cenar, me había paralizado por completo.

Y en lugar de afrontar la realidad como un hombre... la había invitado a una gala benéfica en Seattle.

Solté una risa amarga y seca, apretando el volante con rabia. Era un completo idiota. Un cobarde de manual que prefería ofrecer un billete de avión y una excusa formal antes que mirar a los ojos a la mujer que amaba y hacerle la única pregunta que importaba.

Cuando entré en la casa, el olor a pizza recién hecha e ingredientes tostados inundaba todo el salón.

Jace estaba completamente despatarrado en el sofá, con una cerveza en la mano izquierda, una porción de pizza chorreando queso en la otra y las piernas cruzadas sobre la mesa de centro. En la televisión sonaba el rumor de fondo de un partido de baloncesto que, claramente, no estaba viendo.

Levantó la vista al oír el chasquido de la puerta.

—Mira quién ha vuelto —dijo con la boca medio llena—. Pensaba que te habías quedado a cenar con tus nuevos cuñados.

—Ya veo que tú no te has muerto de hambre —repliqué, quitándome la chaqueta.

Él echó un vistazo a la caja de pizza grasienta.

—Hay que mantener este cuerpo atlético, Dom. Cuestión de supervivencia.

Dejé las llaves del coche sobre la encimera de la cocina y me serví un vaso de agua del grifo. No tenía nada de hambre; solo sentía un peso enorme sobre los hombros y un cansancio brutal recorriéndome las venas.

Jace me observó durante unos segundos en silencio. Dejó la pizza en la caja y entrecerró los ojos.

—Bueno... ¿y?

Me apoyé contra el borde de la encimera, cruzando los brazos.

—¿Y qué?

—No me hagas esto, Blackwood. —Señaló el sofá frente a él con la botella de cerveza—. Ven aquí, siéntate y cuéntame todo antes de que me dé un ataque de curiosidad.

Resoplé. Sabía de sobra que no me iba a librar de él tan fácilmente. Caminé hacia el salón y me dejé caer pesado sobre el sillón.

Pasaron unos segundos densos en los que solo se escuchaba el chillido de las zapatillas de los jugadores en la televisión.

—No se lo pregunté —solté finalmente.

Jace dio otro mordisco a la pizza, masticando despacio.

—¿El qué no le preguntaste?

—Lo de los niños, Jace. Lo que fuimos a buscar.

Asintió lentamente, sin inmutarse demasiado.

—Ajá... —Hizo una pausa, esperando el remate—. ¿Y qué hiciste entonces?

Tragué saliva, sintiéndome ridículo.

—La invité a la gala benéfica de la liga en Seattle.

Jace dejó de masticar al instante. Parpadeó una vez. Dos veces. Y de repente empezó a toser, atragantándose con la porción de pizza que estaba comiendo y seguido de un trago de cerveza que por poco le sale disparado por la nariz.

—¡¿QUÉ?! —tosió violentamente, llevándose una mano al pecho.

Me aparté hacia atrás en el sillón, riéndome a mi pesar.

—¿Quieres tranquilizarte, por favor?

—¡¿Cómo que me tranquilice?! —Cogió una servilleta de papel de la mesa mientras intentaba recuperar el aire—. ¡¿Has hecho QUÉ?!

—No hacía falta que lo repitieras en voz alta.

—¡Claro que hace falta! —Me señaló directamente con el índice—. ¡Saliste de esta casa jurando que ibas a encararla para preguntarle si esos dos niños de cuatro años eran tuyos!

—Lo sé.

—¡Y acabaste comportándote como un adolescente pidiéndole que sea tu pareja de baile en Seattle!

Me hundí un poco más en los cojines del sofá, pasándome las manos por la cara.

—Sí. Es un resumen bastante preciso.

Jace negó con la cabeza una y otra vez, mirando al techo con gesto dramático.

—Definitivamente no doy crédito. La medicina moderna debería estudiar tu caso.

—Gracias por el enorme apoyo moral, amigo. Eres de gran ayuda.

—¡No, no, espera! Que todavía no he terminado de procesarlo —se incorporó, apoyando los codos en las rodillas y mirándome fijamente—. Dominic Blackwood. El capitán de los Seattle Wolves. El tipo que se planta ante veinte mil personas en un estadio helado sin pestañear un solo segundo...

Hizo una pausa teatral, alzando las manos.

—...completamente derrotado y paralizado por una chica que mide metro sesenta.

No pude evitar soltar una carcajada limpia, la primera de toda la noche.

—No mide metro sesenta. Mide un poco más.

—Es fascinante que eso sea lo único que has decidido corregir de todo lo que he dicho.

Cogí uno de los cojines del sofá y se lo lancé con fuerza a la cabeza. Jace lo atrapó al vuelo con una sonrisa burlona.

—Eres un imbécil —le dije.

—Y tú un cobarde.

—Cállate, Jace.

—No me callo porque sabes que tengo toda la razón del mundo. —Volvió a reírse, pero poco a poco su rostro fue relajándose—. A ver... ¿Qué pasó exactamente ahí fuera?

Suspiré profundamente, mirando al techo del salón mientras revivía el momento.

—Estaba justo delante de ella, Jace. Estábamos solos en el porche, ella estaba enfadada porque me había presentado en casa de sus padres... e iba a soltárselo. Tenía las palabras en la boca. Pero entonces apareció el niño, Liam. Salió a decirle que la cena se enfriaba... Me miró, me dijo adiós con esa carita que tiene... y me quedé completamente bloqueado. Se me cerró la garganta.

Jace arqueó una ceja, escuchando con más atención.

—¿Y tu brillante solución de emergencia fue invitarla a un evento de etiqueta a trescientas millas de aquí?




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