POV Camila
El lunes amaneció gris.
Las nubes cubrían por completo el cielo sobre el valle y una fina lluvia golpeaba el parabrisas con un ritmo constante mientras Savannah me llevaba al trabajo. El limpiaparabrisas trazaba un arco repetitivo que era lo único que rompía el silencio del coche.
—¿Has dormido algo? —preguntó Savannah sin apartar la vista de la carretera.
Negué con la cabeza, apoyándola contra el cristal frío de la ventanilla.
—Más o menos.
—Eso significa que ni un solo minuto.
Suspiré, cerrando los ojos.
—No podía dejar de pensar, Sav.
Ella no insistió. Sabía perfectamente en qué, o mejor dicho, en quién.
Entré en la clínica unos minutos antes de las ocho. El aroma penetrante a desinfectante mezclado con el café recién hecho inundaba el pasillo. Saludé a mis compañeros de recepción con una sonrisa forzada y me puse la bata blanca. Intenté concentrarme en las fichas médicas, en los ejercicios de la jornada, en cualquier cosa que me mantuviera anclada al presente.
Lo conseguí... hasta que vi a Dominic.
Entró por la puerta principal acompañado del doctor Collins. Llevaba un pantalón deportivo negro, una sudadera gris holgada y la mochila colgada del hombro sano. Durante un instante fugaz, nuestras miradas se cruzaron en mitad del vestíbulo. Solo un segundo. Después... apartó la vista, frío, distante. Como si yo fuera una completa desconocida.
Fruncí ligeramente el ceño, sintiendo una punzada de desconcierto.
—Buenos días —murmuré cuando pasó a mi lado hacia la sala de tratamiento.
—Buenos días —respondió con voz plana.
Ni una sonrisa. Ni una mirada más. Nada del hombre tenaz e insistente que se había presentado en la finca de mis padres el sábado por la noche.
Entró directamente a la sala de rehabilitación y la sesión transcurrió igual. O peor.
Le pedía que levantara el brazo hasta cierto ángulo. Lo hacía de forma automática. Le preguntaba si sentía molestia o pinchazos. Respondía con un simple y seco «no». Si necesitaba ajustar la carga del ejercicio, contestaba con un «estoy bien». No intentó sacar conversación, no hizo ninguna broma sobre su recuperación y ni siquiera me miró más de lo estrictamente necesario.
Cuando terminó el tiempo de la sesión, recogió sus cosas con rapidez.
—Hasta mañana —dijo sin detenerse.
—Hasta mañana —susurré.
Me quedé observando la puerta cerrarse tras él, con una sensación amarga y extraña instalándose en mi pecho.
Al finalizar la jornada laboral, la clínica quedó prácticamente vacía. Yo permanecía sentada en el banco de madera del vestuario, cambiándome de ropa con una lentitud desesperante. No dejaba de escuchar el eco de la voz de mi madre en la terraza de su casa: «Dominic merece saber la verdad, Camila».
Cerré la taquilla metálica de golpe. El chasquido resonó en todo el espacio.
Tomé una decisión.
Media hora después estaba aparcando frente a la casa de madera que Dominic y Jace habían alquilado a las afueras del pueblo. El motor del coche se apagó y me quedé unos segundos sujetando el volante con fuerza. Respiré hondo. Una. Dos veces.
Bajé del coche, crucé el pequeño camino de grava y llamé al timbre.
Escuché pasos apresurados al otro lado. La puerta se abrió de par en par y me encontré de frente con una chica pelirroja. Tendría unos veinticinco años, llevaba una camiseta blanca enorme de algodón que apenas le cubría los muslos y lucía el pelo completamente despeinado sobre los hombros.
Parpadeé, congelada en mi sitio.
La chica me sonrió con absoluta naturalidad, apoyándose en el marco.
—¿Sí?
Sentí un nudo instantáneo en el estómago.
—¿Está Dominic? —conseguí decir, manteniendo la voz firme.
—Ah… espera un momento. —La chica giró la cabeza hacia el interior de la casa y gritó con energía—: ¡Jace, baja!
Antes de que pudiera procesar la escena, Jace apareció por el pasillo. Llevaba el pelo mojado, una toalla al cuello y una camiseta negra mal puesta. Al verme en el umbral, su rostro se iluminó con una sonrisa divertida.
—¡Hartley!
Rodé los ojos.
—Me llamo Camila.
—Lo sé —respondió él con guasa—. Pero «Hartley» suena mucho más profesional.
La chica pelirroja le dio un pequeño codazo en las costillas.
—Eres idiota, Jace.
—Un poco, sí —admitió él sin perder la sonrisa. Luego levantó la vista hacia mí y abrió más la puerta—. Pasa, Camila. Dominic está en el salón.
Entré despacio, todavía algo confundida por la situación. Justo en ese momento, Dominic apareció desde el pasillo del fondo. Llevaba un pantalón de deporte y una camiseta oscura. Al verme allí parada, se quedó completamente rígido.
—Camila...
Su mirada pasó de mi rostro a la chica pelirroja y luego a Jace. Leyó mi expresión de inmediato y entendió exactamente la suposición absurda que había pasado por mi cabeza. Soltó un largo suspiro, pasándose la mano por el cuello.
—No estaba conmigo —aclaró rápidamente—. Estaba con él.
Jace levantó una mano en señal de rendición.
—Declaro oficialmente que soy el único culpable de esta confusión.
La chica pelirroja soltó una carcajada, le dio un beso rápido en la mejilla a Jace y cogió su bolso de la mesa de la entrada.
—Nos vemos luego, pesado. Llámame.
—No hace falta pedírmelo dos veces —le guiñó el ojo Jace.
La chica negó con la cabeza, divertida, y salió cerrando la puerta tras de sí. Jace se giró y nos miró alternativamente a Dominic y a mí. La tensión en el salón se podía cortar con un cuchillo.
—Creo que voy a... Desaparecer —dijo Jace, señalando la escalera hacia la planta alta—. Arriba hay una consola con un juego pendiente que requiere toda mi atención.
Ninguno de los dos le respondió. Él sonrió de lado.
—No hagáis nada que yo no haría.
Subió los escalones de dos en dos, silbando una melodía cualquiera, hasta que el sonido de su puerta al cerrarse dejó la planta baja en completo silencio.