POV Dominic
La puerta de la entrada se cerró con un chasquido seco.
Me quedé de pie en mitad del salón, con los ojos fijos en la madera de la puerta, sin ser capaz de mover un solo músculo. El aire de la casa parecía de repente más denso, cargado con el rastro sutil de su perfume.
Aceptó.
Ha dicho que sí. Camila iba a venir conmigo a Seattle.
Me pasé las dos manos por la cara, soltando un largo suspiro que llevaba atascado en el pecho desde que la vi aparecer en la puerta. La tensión que me había acompañado durante todo el día —esa distancia fría que me había obligado a imponer en la clínica para no perder el control— se desmoronó de golpe.
Iba a tenerla a solas. Sin médicos, sin niños, sin el peso del pueblo observándonos. Solo nosotros dos y cuatro años de silencio por recuperar.
—Vaya, vaya, vaya...
Los pasos descalzos de Jace bajando la madera de la escalera rompieron el silencio. Apareció en la planta baja con las manos metidas en los bolsillos del chándal y esa sonrisa socarrona que rara vez se le caía de la cara.
—Así que «solo querías jugar a la consola», ¿eh? —dije, girándome hacia él con una ceja levantada.
—Por favor, Dom, la señal de wifi en el piso de arriba es lamentable —replicó Jace, apoyándose con dramatismo en la barandilla—. Además, era obvio que la conversación no iba a durar mucho. Pero admito que el resultado me ha sorprendido.
—Ha dicho que sí —asentí, caminando hacia la cocina para servirme un vaso de agua—. Pero no va por la gala, ni por mí. Va para que hablemos. De verdad.
Jace me observó desde la barra, dejando de lado el tono burlesco por un segundo. Fruncí el ceño al notar la expresión que cruzó su rostro: no era sorpresa, era advertencia.
—Hablar es fantástico, Dom. De verdad que me alegro de que vayas a tener tu momento de la verdad —empezó a decir, cruzándose de brazos—. Pero... ¿Has pensado bien en lo que significa llevar a Camila a esa gala?
Lo miré sobre el borde del vaso.
—Es una gala benéfica de la liga, Jace. Es un evento formal.
—Es un circo romano con cámaras de alta definición —me corrigió él, alzando la voz con calma pero con firmeza—. Dominic, llevas un mes desaparecido en este pueblo. La prensa deportiva y la de prensa rosa llevan cuatro semanas especulando sobre tu hombro, tu carrera y tu vida privada. Y lo más importante...
Jace hizo una pausa calculada, clavando sus ojos en los míos.
—Para el resto del planeta, sigues estando comprometido con Victoria.
Apreté el vaso de cristal con rabia. Solo escuchar ese nombre me producía una punzada de dolor de cabeza.
—Sabes perfectamente que esa mierda fue un montaje de Ethan —espeté con voz áspera—. Una maniobra de prensa que nunca autoricé.
—Tú lo sabes, yo lo sé y Ethan lo sabe —asintió Jace—. Pero los fotógrafos no. La junta directiva de los Wolves tampoco. Si te apareces en el evento más importante de la pretemporada con una chica desconocida del pueblo de la mano, Victoria va a montar un número de despecho digno de un Óscar, Ethan va a tener un infarto en directo y la prensa va a despedazar a Camila en cuestión de segundos.
Me quedé en silencio. Las palabras de Jace cayeron sobre mí con el peso de una losa. Tenía razón. Había estado tan enfocado en conseguir que Camila aceptara hablar conmigo que había olvidado por completo la marea de buitres que nos esperaría al poner un pie en Seattle.
—No voy a dejar que nadie la toque ni le haga una sola pregunta incómoda —sentencié, apretando la mandíbula.
—Vas a tener que envolverla en papel de burbujas para evitarlo —se burló Jace, aunque su mirada seguía siendo seria—. Traer a Camila a tu terreno, bajo los focos de Seattle, es meterla de lleno en una caldera. Asegúrate de que está preparada para eso.
Me pasé la mano por la nuca, sintiendo el peso de la responsabilidad. Camila ya tenía suficiente con el miedo a revelarme la verdad sobre Liam y Hazel; no necesitaba que una jauría de periodistas la persiguiera por un pasillo.
—Afrontaré lo que venga —dije con firmeza—. Necesito esta conversación, Jace. Cueste lo que cueste.
Jace me sostuvo la mirada durante unos segundos largos. Luego, soltó una breve carcajada, negó con la cabeza y se dio la vuelta hacia la cocina.
—En fin... Supongo que tendré que llamar a mi sastre.
Fruncí el ceño, confundido.
—¿Tu sastre? ¿Para qué?
Jace se giró con una sonrisa confiada y me guiñó un ojo.
—¿Pensabas dejarme aquí aburriéndome mientras tú te metes en la boca del lobo? Ni de coña, hermano. Yo también voy a Seattle.
—Jace, no hace falta que...
—Claro que hace falta —me interrumpió, dándose palmaditas en el pecho—. Alguien tiene que entretener a la prensa, esquivar a Ethan y asegurarse de que no le rompas la cara a nadie si las cosas se complican. Además... —Añadió con una sonrisa pícara— me muero por volver a la ciudad y ver mujeres que no tengan de trabajo ayudar a parir una vaca.
Negué con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa cansada. A pesar de su sarcasmo constante, saber que contaría con él me quitó una tonelada de encima.
—Gracias, Jace.
—No me des las gracias —respondió caminando hacia la escalera—. Solo asegúrate de que el hotel tenga servicio de habitaciones las veinticuatro horas. El viernes empieza la verdadera función.