POV Jace
El pub de las afueras no era el tipo de sitio al que solía ir en Seattle, pero tenía su punto. Madera gastada, luz tenue y el olor reconfortante a malta y patatas fritas. Además, la camarera de la barra —una pelirroja con bastante desparpajo— ya me conocía.
Entré esquivando una mesa donde varios tipos discutían sobre el último partido de los Knicks.
—Hombre, el chico de oro por aquí —saludó la chica en cuanto me apoyé en la barra, sirviendo una pinta con soltura.
—Ese mote va a perseguirme hasta mi tumba, ¿verdad? —sonreí, guiñándole un ojo—. Ponme una cerveza bien fría para curar la herida.
—Marchando.
Mientras esperaba, eché un vistazo casual al local. El grupo de los dardos seguía en su esquina de siempre y la televisión retransmitía otro partido que a nadie le importaba. Pero entonces, al fondo de la barra, en el rincón más apartado y en penumbra, vi una melena que me resultó ridículamente familiar.
Savannah.
Había descubierto su nombre gracias a Dominic, que había escuchado cómo se lo decía Camila.
Estaba sentada en un taburete alto, con una copa entre las manos y la mirada completamente perdida en el hielo flotante. Parecía un cuadro de melancolía pura.
Sonreí para mis adentros. Era una oportunidad demasiado buena como para dejarla pasar.
Cogí la cerveza que me acababa de poner la camarera y caminé despacio hacia su esquina, manteniendo la calma. Me apoyé en el taburete contiguo sin pedir permiso.
—Si sigues mirando ese hielo con tanta intensidad, juraría que se va a derretir solo por pura presión psicológica, Minion.
Savannah dio un leve brinco en el asiento, saliendo de su trance. Se giró hacia mí y, en cuanto me reconoció, entornó los ojos con una mezcla de cansancio e irritación inmediata.
—Tenías que ser tú —murmuró, volviendo a fijar la vista en su copa—. Y no me llames Minion.
—Lo siento, pero la altura y la actitud gruñona te delatan —bromeé, dando un trago a mi cerveza—. ¿Qué hace la mejor amiga protectora de Camila sola en un pub a estas horas? Pensaba que tu trabajo a tiempo completo era vigilar que Dominic no estornude demasiado cerca de ella.
—Muy gracioso, Jace —respondió con sarcasmo frío—. Simplemente quería un momento de tranquilidad lejos de todo el drama que tu amiguito ha traído al pueblo. Pero veo que la suerte no está de mi lado hoy.
—O tal vez el destino quería que te cruzaras con alguien interesante —le devolví el golpe, esbozando mi mejor sonrisa de suficiencia—. Aunque reconozco que tienes mala cara. Si sigues acumulando tanto estrés por Camila, te van a salir canas antes de los treinta.
Savannah se giró del todo en el taburete, encarándome con los brazos cruzados.
—Escúchame una cosa, pijo de ciudad. Camila es mi hermana. Si está estresada, yo estoy estresada. Y si se va a meter en la boca del lobo yendo a esa estupidez de gala en Seattle con Dominic, mi deber es preocuparme.
—Ah, la gala —asentí con naturalidad, girando el vaso sobre la madera—. Precisamente de eso quería hablarte.
Savannah arrugó la frente, desconfiada.
—¿De qué estás hablando?
Me incliné un poco hacia ella, bajando el tono de voz para darle un toque confidencial.
—Ayer hablé con Dominic. Me contó que Camila aceptó ir. Y como sé de sobra que tú eres su sombra y que no la vas a dejar sola en territorio enemigo... he tomado una decisión ejecutiva.
—¿Qué decisión?
—Voy a ir a esa gala —anuncié con una sonrisa radiante—. Y tú vas a venir conmigo. Como mi acompañante.
Savannah se quedó en silencio durante dos segundos exactos antes de soltar una risa seca y totalmente incrédula.
—¿Perdón? ¿Tú y yo? ¿A una gala en Seattle? —Neguó con la cabeza rotundamente—. Ni en tus mejores sueños, rubito. No voy a caer en tus juegos. Si voy a Seattle a proteger a Camila, iré por mi cuenta, no del brazo de un playboy que ni siquiera sabe usar una máquina expendedora.
—Oye, lo de la máquina fue un error técnico del sistema —protesté con fingida indignación, antes de volver a ponerme serio—. Pero piénsalo dos segundos, Minion. Usa esa cabeza perspicaz que tienes.
Savannah me miró fijamente, esperando.
—Esa gala va a ser un nido de víboras —expliqué, apoyando los codos en la barra—. La prensa va a estar buscando sangre, la supuesta prometida de Dominic va a intentar marcar territorio y Ethan va a estar flotando por ahí como un buitre. Si Camila entra sola con Dom, las cámaras se la van a comer viva.
Vi cómo la expresión de Savannah cambiaba ligeramente. Había dado en el clavo y ella lo sabía.
—En cambio —continué, marcando los puntos con los dedos—, si entramos los cuatro... yo puedo desviar la atención de la prensa, tú puedes estar al lado de Camila en el camerino o en la mesa para que no se sienta acorralada, y tenemos cubiertos todos los flancos. Además, admitámoslo: te mueres por ver cómo es un día viviendo en la élite de Seattle.
Savannah apretó los labios, mirando hacia su copa. La rueda en su cabeza estaba girando a mil revoluciones por minuto.
—Es una idea absurda —murmuró, aunque el tono de rechazo ya no era tan firme.
—Es una idea brillante —la corregí con un guiño—. Y lo sabes. Te consigo un vestido espectacular, te llevo en primera clase y tienes un pase VIP para velar por tu mejor amiga desde el interior del castillo. ¿Qué me dices?
Savannah soltó un largo suspiro de resignación, pasándose una mano por la frente. Luego me clavó una mirada amenazadora con esos ojos decididos que tenía.
—Una sola regla, Jace. Esto es estrictamente por Camila. Nada de numeritos, nada de intentar ligar conmigo y, si me llamas Minion delante de la prensa, te prometo que te clavo el tacón en el pie.
Llevé una mano a mi pecho en señal de respeto solemne.
—Trato hecho. Te prometo comportarme como todo un caballero... dentro de mis posibilidades.