POV Camila
El jueves por la tarde, mi dormitorio era un auténtico caos de ropa, zapatos y nervios que no me dejaban respirar.
Sobre mi cama de matrimonio estaba la maleta mediana, abierta de par en par. Había dejado la puerta de la habitación entornada para poder escuchar el murmullo tranquilo que venía de la cocina. Allá abajo, Liam y Hazel cenaban bajo la supervisión atenta de mi madre. El chocar de las cucharas en los cuencos de sopa y las risitas ocasionales de los niños eran la única ancla que me mantenía pegada a la tierra.
Porque por dentro sentía que iba a descarrilar en cualquier momento.
—Camila, por el amor de Dios, deja de doblar la misma camiseta por quinta vez —dijo Savannah, quitándome la prenda de las manos para tirarla sobre la silla—. Vas a hacerle un agujero a la tela de tanto frotarla.
Me pasé las manos por la cara, soltando un suspiro tembloroso.
—No puedo evitarlo, Sav. Estoy aterrorizada —confesé, dejándome caer en el borde de la cama—. Nunca he salido de este pueblo más allá de... bueno, de aquel día en que fui a buscar a Dominic a la universidad para llevarle las cartas. Y aquello fue un desastre absoluto. ¡Jamás he estado en una gran ciudad como Seattle! No sé cómo camina la gente allí, no sé cómo vestir en un hotel de lujo, no sé nada.
—Pero me tienes a mí —replicó Savannah con una sonrisa de oreja a oreja mientras doblaba un pantalón vaquero con un entusiasmo contagioso—. Y, sinceramente, ¡esto es un sueño! Nos vamos a Seattle con todo pagado, Cami. Vuelos, hotel de cinco estrellas, transporte privado... Vamos a vivir como millonarias durante cuarenta y ocho horas gracias a la tarjeta de crédito ilimitada de tu chico y su escudero pijo.
—¡Savannah, no vamos de vacaciones! —la corregí en un susurro desesperado, mirando hacia la puerta por si los niños me oían—. Vamos a enfrentarnos a cuatro años de mentiras, a una jauría de periodistas y a una conversación que puede cambiar la vida de Liam y Hazel para siempre.
Savannah se acercó, se sentó a mi lado y me rodeó los hombros con el brazo. Aflojó el tono, volviéndose más dulce pero sin perder su chispa habitual.
—Lo sé, Cami. Sé que el fondo del viaje es abrumador. Pero si nos pasamos las próximas cuarenta y ocho horas paralizadas por el pánico, te va a dar algo antes de subir al avión. Tienes que intentar respirar. Además... Dominic te dijo que no te preocuparas por el vestido, ¿no?
Arrugué la nariz, acordándome del mensaje que me había llegado esa misma mañana.
—Sí. Me puso literalmente: «No te preocupes por el vestido para la gala. Déjalo de mi cuenta». ¿Qué se supone que significa eso? ¿Va a aparecer con un saco de patatas? ¿O con un diseño de miles de dólares que me hará sentir ridícula?
Savannah soltó una carcajada limpia.
—Significa que el muchacho tiene presupuesto de superestrella de la liga y buen gusto —o al menos Jace lo tiene—. Déjate mimar un poco, Cami. Te lo mereces después de cuatro años siendo la mujer más trabajadora y abnegada de este valle.
Desde la cocina se escuchó la voz de Hazel llamándome:
—¡Mamá! ¡Liam ha manchado la mesa con la salsa!
—¡Ha sido sin querer! —protestó Liam de fondo.
No pude evitar esbozar una pequeña sonrisa, sintiendo que el corazón se me ablandaba. Me levanté de la cama y fui hacia la puerta.
—¡Voy en un minuto, tesoros! ¡Terminaos el vaso de leche! —Grité hacia el pasillo. Volví a girarme hacia la maleta y suspiré—. Sigo pensando que es una locura dejarlos todo el fin de semana.
—Están con tus padres en la finca, Cami. Van a estar mimados hasta el empacho —me recordó Savannah, metiendo un par de zapatos en la esquina del equipaje con agilidad—. Tu madre sabe perfectamente lo importante que es este viaje. Y tú también lo sabes.
Guardé silencio mientras metía mi neceser en la maleta. Miré la pequeña foto de mis hijos que siempre guardaba en la mesilla de noche y tragué saliva.
—Mañana a estas horas estaremos allí —murmuré en voz baja, sintiendo un escalofrío de anticipación.
—Sí —asintió Savannah, poniéndose en pie y dándole un apretón cariñoso a mi mano—. Y vas a estar increíble. Vamos a ir, vamos a mantener la cabeza alta y vas a decirle a Dominic la verdad que lleva cuatro años esperando. Todo va a salir bien, Cami. Te lo prometo.
Respiré hondo, cerré la cremallera de la maleta con un chasquido definitivo y miré a mi amiga. Ya no había vuelta atrás. Seattle nos esperaba al día siguiente, y con él, la verdad.