POV Camila
El viernes por la mañana, la finca de mis padres amaneció envuelta en una leve bruma.
El momento de la despedida fue mucho más difícil de lo que había imaginado. Liam corría por el porche con una tostada en la mano mientras Hazel intentaba atarle un lazo rojo en la oreja a uno de los perros. Me agaché a su altura y los estreché entre mis brazos con fuerza, tragándome el nudo que amenazaba con cerrarme la garganta.
—Portaos muy bien con los abuelitos, ¿de acuerdo? —les dije, llenándoles las mejillas de besos—. Mamá volverá el domingo por la tarde.
—¡Te voy a hacer un dibujo gigante, mamá! —prometió Liam, devolviéndome un abrazo apretado.
—Y yo te voy a hacer una corona de rosas —añadió Hazel, dándome un beso pegajoso de mermelada.
Les dediqué una última sonrisa antes de subir al coche de Savannah. En cuanto cerré la puerta y el motor arrancó, sentí una mezcla de emoción, nostalgia y un nerviosismo voraz recorriéndome el estómago.
El trayecto hasta el aeropuerto privado de Millfield duró apenas veinte minutos. Al llegar, nos dirigimos directamente a la zona VIP. Era un edificio exclusivo, silencioso y pulcro, alejado de la terminal comercial.
Savannah no paraba de alucinar.
—Dios mío, Cami... esto parece la entrada a un palacio secreto —susurró, mirando las lámparas de araña y los sofás de cuero blanco.
Allí nos esperaban Dominic y Jace. Dominic vestía unos vaqueros oscuros, una camiseta negra sencilla y su habitual chaqueta de cuero junto a una gorra y unas gafas de sol. Su figura imponente destacaba de inmediato en mitad de la sala. A su lado, Jace lucía unas gafas de sol colgadas del cuello y una sonrisa confiada.
—Buenos días a las viajeras de primera clase —saludó Jace.
—Písame para ver si estoy soñando —le soltó Savannah con los ojos abiertos como platos, mirando a través del ventanal de la sala hacia la pista.
Allí fuera descansaba el avión privado de Dominic. Era una aeronave impecable, con el logo discreto de los Wolves cerca de la cola. Savannah no podía creérselo; se llevó las manos a la boca mientras miraba la escena como si fuera una película de Hollywood. Yo, en cambio, intentaba procesar todo a marchas forzadas. El lujo, la escala de la vida de Dominic, el abismo entre su mundo y el mío... todo volvía a ser una realidad tangible.
Nos guiaron hasta la pista y subimos las escaleras de la aeronave. Al entrar en la cabina, Savannah soltó un chillido ahogado de fascinación. El interior era ridículamente amplio, con sillones reclinables de piel beige, mesas de madera pulida y una barra de aperitivos.
Durante las tres horas que duró el vuelo hacia Seattle, la dinámica dentro del avión no pudo ser más opuesta.
Savannah decidió disfrutar de la experiencia al máximo. Se pasó todo el viaje discutiendo en tono burlón con Jace, probando los aperitivos gourmet, pidiendo bebidas exóticas al personal de a bordo y trasteando los botones de los asientos reclinables.
—Si aprietas ese botón de ahí, nos eyectamos los dos —le advirtió Jace, sirviéndose un zumo.
—Cállate, pijo. déjame disfrutar de la vida de millonaria —replicó ella, probando un canapé de salmón.
En cambio, al otro lado del pasillo, entre Dominic y yo reinaba un silencio absoluto.
Él estaba sentado en el sillón frente al mío. No cruzamos más que un par de miradas cargadas de cosas no dichas. Ninguno de los dos se atrevió a romper la tregua antes de tiempo. El aire entre nosotros estaba saturado de anticipación, de recuerdos y de la gran conversación que sabíamos que nos esperaba. Dominic miraba ocasionalmente por la ventanilla y yo me concentraba en apretar mis manos sobre el regazo, contando los minutos.
Al aterrizar en el aeropuerto de Seattle, la temperatura era más fría y el cielo estaba cubierto. Un coche negro de cristales tintados nos esperaba al pie de la pista. Un chofer nos abrió la puerta y subimos los cuatro.
Fue entonces cuando Dominic rompió su silencio para explicarnos el plan.
—El hotel está en el centro —dijo con voz grave pero tranquila—. Vuestra suite está reservada a vuestro nombre. Por la tarde vendrán a entregaros los vestidos para la gala de mañana. Descansad y pedid lo que queráis al servicio de habitaciones.
—Me gusta cómo suena esto —comentó Savannah desde el asiento trasero.
Pero la tranquilidad duró poco. Justo cuando el coche se detuvo frente a la entrada principal del majestuoso hotel de cinco estrellas, la realidad nos golpeó de lleno.
Había decenas de periodistas, fotógrafos y cámaras apelotonados tras las vallas de seguridad. En cuanto el vehículo se detuvo, los flashes comenzaron a parpadear de forma cegadora contra los cristales.
—Vaya, bienvenida a la selva —murmuró Jace.
Savannah, lejos de asustarse, sacó un par de gafas de sol oscuras de su bolso, se las colocó sobre la nariz con elegancia y sonrió.
—Ponte en modo incógnito, Cami —me susurró al oído con diversión, tomándoselo mucho mejor que yo.
Yo me quedé completamente paralizada, tensa como una cuerda de guitarra. El corazón me latía en las orejas.
La puerta del coche se abrió. Los efectivos de seguridad del hotel hicieron un cordón con los brazos mientras la marea de periodistas empezaba a gritar el nombre de Dominic entre empujones y micrófonos extendidos.
—¡Dominic, una pregunta! —¡¿Quiénes son las chicas?! —¡Dominic, ¿dónde has estado este mes?!
Dominic bajó primero, colocándose instintivamente delante de mí para bloquear las cámaras, mientras Jace guiaba a Savannah. Entramos al vestíbulo entre empujones, el destello incesante de las cámaras y el bullicio ensordecedor de los transeúntes. Sentí la mano firme de Dominic rozar mi espalda baja solo un segundo, asegurándose de que no me quedara atrás, hasta que las pesadas puertas de cristal del hotel se cerraron, aislando el ruido exterior.
Tragué saliva, intentando recuperar el aliento.