Todo lo que nos robaron

Capítulo 37: Vestidos y más vestidos

POV Camila

El sábado por la mañana me desperté con un aroma delicioso a café recién molido, tortitas y mantequilla tostada colándose por la rendija de la puerta de mi habitación.

El día anterior había sido una auténtica locura. A pesar de mis constantes negativas y de mis intentos por mantener la cordura, Savannah había utilizado la tarjeta de Dominic sin piedad. Nos habíamos pateado el centro de Seattle, comido en un restaurante de lujo con vistas al puerto donde cada plato parecía una obra de arte abstracta y recorrido tiendas que yo jamás me habría atrevido a pisar. La parte buena era que, por unas horas, logré despejar la mente de la tormenta que me esperaba.

Me puse una bata de algodón, me froté los ojos y salí al salón de la suite.

La escena que me encontré me hizo negar con la cabeza. Savannah estaba tumbada a lo largo del sofá de terciopelo, vestida con el batín blanco de felpa del hotel, una mascarilla facial puesta y una bandeja metálica de tres pisos llena de comida sobre la mesa de centro. Comía unas tortitas con sirope de arce mientras miraba la televisión.

—Señorita, ¿le parece a usted normal este despliegue a las nueve de la mañana? —Me burlé, acercándome a la mesa para servirme una taza de café—. Parece que te has mudado aquí definitivamente.

Savannah ni siquiera se rió. En lugar de eso, se incorporó en el sofá con una expresión seria y me señaló la enorme pantalla plana de la pared con el tenedor.

—Cami. Mira eso. Ahora mismo.

Fruncí el ceño y giré la cabeza hacia la televisión.

En la pantalla aparecía el rótulo brillante de un conocido programa de prensa rosa de la televisión nacional. En letras gigantes de color amarillo se leía: «¿LA NUEVA CONQUISTA DE DOMINIC BLACKWOOD?».

El café estuvo a punto de caérseme de las manos. En la pantalla estaban pasando en bucle las imágenes de nuestra llegada al hotel el día anterior. La cámara congelaba una y otra vez el momento exacto en que bajaba del coche entre el destello cegador de los flashes: se veía mi cara de pánico, pero sobre todo se enfocaba la mano de Dominic apoyada firmemente en mi espalda baja para protegerme de la multitud.

«Fuentes cercanas a la liga confirman que la estrella de los Wolves ha pasado el último mes en un pequeño pueblo del estado recuperándose de su lesión», decía la presentadora con voz melodramática. «¿Quién es la misteriosa joven que lo acompaña a la suite presidencial a solo veinticuatro horas de la gran gala benéfica? ¿Qué dirá Victoria al respecto?».

—¡Esto es una locura! —protesté, sintiendo un ardor de indignación en las mejillas—. ¡Solo me estaba ayudando a no caerme entre los empujones! ¡Nos están enfocando como si fuéramos... como si yo fuera una amante o algo peor!

—Tranquilízate, Cami, la prensa rosa vive de inventarse historias —intentó calmarme Savannah, aunque ella tampoco quitaba ojo de las imágenes—. Aunque admito que la foto de la mano en la espalda ha quedado bastante sobreprotectora...

Antes de que pudiera responderle o apagar la televisión de un manotazo, sonaron tres golpes firmes en la puerta de la suite.

Me arreglé el batín como pude, respiré hondo para tragarme el enfado y fui a abrir.

Al otro lado estaba Dominic. Vestía ropa cómoda pero impecable, y a su espalda había tres mujeres elegantemente vestidas que empujaban dos carros metálicos sobre ruedas abarrotados de percheros, fundas de tela y cajas de zapatos.

—Buenos días —dijo Dominic, mirándome de arriba abajo con una calma que contrastaba totalmente con mi agitación interior.

Se hizo a un lado y las tres mujeres entraron en la suite en silencio, desplegando el vestuario en mitad del salón como si fuera una pasarela privada.

—¿Qué es todo esto, Dominic? —pregunté, completamente descolocada.

—Os dije que no os preocuparais por el vestido —respondió él con voz tranquila pero firme—. Ellas son Elena, Clara y Sofía. Son estilistas de la firma que viste a la directiva del club. Traen opciones de sobra de alta costura. Probad lo que queráis, elegid el que más os guste y quedaros con todo lo que necesitéis. Están a vuestra entera disposición durante todo el día para el maquillaje y el peinado también.

Me quedé congelada, incapaz de articular palabra ante semejante despliegue.

A mi espalda, Savannah soltó un chillido de pura emoción que resonó en toda la suite.

—¡¡DIOS MÍO DE MI VIDA!! —gritó, saltando del sofá sin importarle la mascarilla ni el batín, y abalanzándose directamente hacia los percheros para acariciar las telas de seda, tul y pedrería—. ¡Dime que no estoy soñando! ¡Esto es el paraíso!

Dominic esbozó una leve sonrisa al ver la reacción de mi amiga, y luego volvió a fijar sus ojos grises en los míos.

—Tengo reuniones con la directiva esta mañana —me dijo en voz más baja, dando un paso hacia mí—. Os dejo trabajando con ellas. Estaré listo por la tarde.

—Dominic... esto es demasiado —murmuré, sintiéndome abrumada por el lujo que rodeaba cada uno de sus gestos.

—No es nada, Camila —respondió con sinceridad, rozando brevemente mi brazo antes de dar la vuelta—. Nos vemos después.

Cuando la puerta se cerró tras él, las tres estilistas ya habían empezado a organizar los vestidos por colores y cortes. Savannah parecía una niña en una tienda de caramelos, sacando vestidos de noche espectaculares y probándoselos frente al espejo del pasillo.

Durante toda la mañana y parte de la tarde, la suite se convirtió en una especie de camerino de alta gama. Probamos telas, elegimos zapatos de tacón, discutimos sobre tonos de pintalabios y las estilistas trabajaron con una profesionalidad impecable, peinándonos y maquillándonos mientras nos servían champán y aperitivos.

A las seis de la tarde, el trabajo estaba terminado. Las estilistas recogieron sus cosas y nos dejaron a solas.

El salón de la suite estaba en penumbra, iluminado únicamente por la luz dorada del atardecer de Seattle que se filtraba a través de los enormes ventanales.




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