POV Dominic
El destello incesante de los flashes comenzaba a provocarme un dolor punzante en las sienes. A mi lado, Victoria posaba con una sonrisa practicada al milímetro mientras Ethan, desde un lateral, les hacía señas a los fotógrafos de la prensa rosa para que no dejaran de disparar.
Apreté la mandíbula. Mi paciencia se había agotado.
Miré por encima del hombro hacia la zona de las mesas buscando la silueta de Camila. El vestido azul noche no estaba por ninguna parte. La inquietud me golpeó el pecho de golpe.
—Dominic, ponte un poco más cerca para la foto de la liga —murmuró Victoria sin perder la sonrisa.
—Se acabó —dije con voz fría, dando un paso atrás y apartándome del fotógrafo.
—¡Dominic, espera! —protestó Ethan, dando un paso al frente con el ceño fruncido—. Faltan las declaraciones para la televisión.
Lo ignoré por completo. Me abrí paso entre la multitud, esquivando a directivos y periodistas hasta llegar cerca del pasillo de los baños. En ese preciso momento, Savannah salía por la puerta retocándose el pintalabios frente a un pequeño espejo.
Me acerqué a ella a pasos agigantados.
—Savannah. ¿Dónde está Camila?
Savannah guardó el pintalabios en su bolso y me miró con desconcierto, arrugando la frente.
—No lo sé. Pensaba que estaba contigo en la zona de las mesas. La perdí de vista hace un rato.
Un mal presentimiento me oprimió el estómago. Dejé a Savannah atrás y me dirigí a toda prisa hacia la salida principal del recinto. Un guardia de seguridad custodiaba las puertas de cristal por las que acabábamos de entrar.
—Disculpe —dije, alcanzándolo—. La chica que venía conmigo... vestido azul, pelo recogido... ¿la ha visto salir?
El guardia lo pensó un segundo y asintió.
—Sí, señor Blackwood. Salió hace unos diez minutos. Parecía con prisa y se subió directamente a un taxi de la parada.
—Maldita sea —maldije entre dientes, pasándome la mano por el pelo desordenándolo por completo.
—¡Dominic! ¡¿A dónde crees que vas?! —la voz de Ethan resonó a mi espalda, viniendo tras de mí por el pasillo—. ¡No puedes irte ahora! ¡La junta directiva te está esperando en la sala VIP! ¡Vuelve dentro!
—Vete al diablo, Ethan —espeté sin tan siquiera girarme.
Salí a la noche de Seattle sin importarme la lluvia fina que comenzaba a caer. Esbocé una seña al primer taxi que vi aproximarse a la acera, abrí la puerta de golpe y me subí.
—Al Gran Hotel Central. Ya —le ordené al conductor.
El trayecto de vuelta fue un suplicio. Ver las luces de la ciudad pasar a través de la ventanilla húmeda solo aumentaba la desesperación que me carcomía. ¿Por qué se había ido? ¿Qué había pasado en esa gala?
En cuanto el vehículo se detuvo frente a la fachada del hotel, tiré un par de billetes en el asiento del copiloto y entré corriendo al vestíbulo. Subí en el ascensor hasta la planta de las suites y caminé a paso firme hacia su puerta.
Llamé con fuerza.
—¡Camila! ¡Abre, por favor!
Nadie respondió. Solo el silencio del pasillo.
—¡Camila, sé que estás ahí dentro! —Volví a golpear la madera, sintiendo que la paciencia se me escapaba de las manos.
Sin pensarlo dos veces, bajé de nuevo a recepción. El recepcionista de turno se sobresaltó al verme llegar con el cabello húmedo y la cara desencajada.
—Señor Blackwood... ¿Ocurre algo?
—Necesito que me abra la suite 402 ahora mismo. Es una emergencia.
—Señor, las políticas del hotel...
—Esa suite está a mi nombre y bajo mi tarjeta —lo interrumpí con voz tajante, mirándolo fijamente—. Abra la puerta. Ahora.
El empleado tragó saliva, cogió una tarjeta maestra del mostrador y me acompañó en silencio hasta la planta alta. Desbloqueó el cierre electrónico con un pitido verde y se retiró de inmediato.
Empujé la puerta y entré.
El salón de la suite estaba a oscuras, iluminado únicamente por la luz tenue de la ciudad que entraba por los grandes ventanales. Las maletas estaban a medio hacer sobre el sofá.
—¿Camila? —llamé, avanzando despacio.
Un leve sollozo sofocado por el viento me guio hacia la terraza. Las puertas acristaladas del balcón estaban entreabiertas. Crucé el umbral hacia el aire frío de la noche.
Allí estaba ella.
Apoyada contra la barandilla de hierro, abrazándose a sí misma mientras el viento le despeinaba los mechones que se habían escapado de su recogido. Tenía las mejillas mojadas por las lágrimas y los hombros le temblaban sin control.
—Camila... —Murmuré, acercándome con cautela.
Al oír mi voz, se giró de golpe, sobresaltada. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano con brusquedad, tratando en vano de recomponerse.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con la voz rota—. Deberías estar en la gala.
—¿Qué qué hago aquí? —repliqué, sintiendo que la frustración y la preocupación se mezclaban en mi pecho—. Te has ido en mitad de la noche sin decir nada a nadie. ¿Qué ha pasado, Camila? ¿Por qué has huido así?
—¡Porque todo esto ha sido una enorme tontería! —Estalló ella, alzando la voz con una amargura que me atravesó el alma—. ¡Todo este viaje! ¡Esta gala, estos vestidos, esta ciudad! ¡Ha sido un error ridículo desde el principio!
—¡No es ninguna tontería! —asesté, dando un paso más hacia ella en el balcón—. Vine a buscarte a la finca porque necesitaba hablar contigo. Te pedí que vinieras para que tuviéramos un momento a solas, lejos de todo el mundo.
—¡¿A solas?! —soltó una risa amarga, negando con la cabeza—. Mírate, Dominic. Mira tu mundo. Esos periodistas, esas cámaras, la gente con la que te relacionas... Ethan, Victoria... Tú perteneces a todo esto. Yo no. Yo soy una fisioterapeuta de un pueblo pequeño que tiene dos hijos que mantener. ¡No encajo aquí y jamás lo haré!
—¡Me da igual este mundo! —le espeté, acortando la distancia entre los dos hasta quedar a solo unos centímetros de su rostro—. ¡Me da igual la prensa, me da igual Ethan y me da igual Victoria! ¡Si estoy aquí, si he movido cielo y tierra este fin de semana, es por ti! ¡Porque no he dejado de pensar en ti ni un solo segundo en cuatro años!