POV Dominic
No recuerdo cuánto tiempo permanecimos en silencio.
Quizá fueron unos segundos. Quizá varios minutos. El tiempo había dejado de tener sentido, volatilizándose en el aire helado del balcón mientras el rumor distante de Seattle sonaba a algo ajeno.
Seguía mirando a Camila, pero ya no veía solo a la mujer que tenía delante. Veía un abismo de cuatro años. Cuatro años que jamás podría recuperar, congelados en un instante por una verdad que me estaba desgarrando el pecho desde dentro.
Me pasé ambas manos por el rostro, apretando los ojos con fuerza. Necesitaba despertar. Necesitaba que alguien saliera por esa puerta y me dijera que aquello era una pesadilla.
Pero no lo era. Era real. Terriblemente real.
—Dominic...
Escuché que pronunciaba mi nombre con cuidado, con una voz rota y temblorosa. Y lo cierto era que yo ya estaba roto. Caído en pedazos sobre el suelo helado de la terraza.
Solté una risa seca, amarga y sin un solo ápice de humor.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto, Camila?
Ella guardó silencio, apretando el abrigo contra su cuerpo mientras las lágrimas resbalaban sin freno por sus mejillas.
Negué lentamente con la cabeza, mirando al vacío.
—No es el impacto. No es que no supiera que tenía hijos... Es que me perdí toda su infancia.
Noté cómo la voz se me quebraba en la garganta.
—No estuve cuando nacieron. No los cogí en brazos por primera vez. No escuché sus primeros llantos. No aprendieron a decir «papá» mirándome a mí. No estuve cuando dieron sus primeros pasos... Ni en sus cumpleaños, ni cuando se pusieron enfermos.
Me giré bruscamente hacia ella, sintiendo cómo una ola de indignación y dolor me nublaba el juicio.
—¿Cómo pudiste hacerme esto, Camila? —mi voz subió de tono, cargada de una amargura insoportable—. ¿Cómo pudiste ocultármelo durante cuatro años? ¡Eran mis hijos también! ¡Tenía derecho a saberlo! Me dejaste marchar a la universidad pensando que lo nuestro simplemente se había terminado, mientras tú te guardabas el secreto más grande de mi vida. ¡Decidiste por los dos! ¡Decidiste arrebatarme a mis hijos sin darme ni una sola oportunidad!
—¡No fue así, Dominic! —Estalló ella entre sollozos desgarradores, tapándose la cara con las manos—. ¡No sabes cómo pasó! ¡Yo estaba aterrorizada!
—¡Tenías que habérmelo dicho! —insistí, dando un paso hacia ella, dolido y furioso—. ¡Nada justificaba que me ocultaras algo así!
—¡Fue Ethan! —gritó Camila, con la voz rota por el llanto, mirándome con los ojos desorbitados—. ¡Ethan fue el primero en enterarse!
Me quedé congelado en el sitio.
—¿Qué? —murmuré, sintiendo que el suelo se tambaleaba.
Camila respiró hondo, intentando tomar aire entre los sollozos que le sacudían el pecho.
—Cuando me enteré de que estaba embarazada, entré en pánico. Intenté contactarte, pero Ethan se enteró antes de que pudiera hablar contigo. Se presentó frente a mí y me dijo que si aparecía en tu vida con un embarazo, arruinaría tu contrato con la liga. Me dijo que tu carrera se iría a la basura, que la prensa te destrozaría y que tú nunca me lo perdonarías. Me convenció de que lo mejor para tu futuro era que me alejara.
Apreté la mandíbula, sintiendo una punzada helada en el estómago, pero la rabia contenida seguía ahí.
—¿Y le hiciste caso? —pregunté con voz áspera, incrédulo—. Si te dijo todo eso... ¿Por qué no me buscaste más? ¿Por qué te rendiste sin hablar directamente conmigo?
Camila me miró con una mezcla de dolor puro y desesperación.
—¡Claro que te busqué, Dominic! —exclamó, con las lágrimas rodando por sus mejillas—. ¡Viajé hasta tu campus! Fui personalmente a buscarte para darte la cara. Llevaba conmigo un sobre. Dentro había una carta donde te lo explicaba todo, la primera ecografía de los niños y un examen de paternidad para que no tuvieras ninguna duda.
El corazón me dio un vuelco violento dentro del pecho.
—¿De qué estás hablando? Yo nunca recibí nada de eso.
—¡Porque Ethan me interceptó en la entrada! —confesó Camila, con la voz temblando por el recuerdo—. Apareció antes de que pudiera entrar a verte. Me dijo que tú estabas concentrado en los entrenamientos y que no podía interrumpirte. Me aseguró que él mismo te entregaría el sobre en mano esa misma tarde. Me dijo que te daría el sobre y que tú me llamarías si querías saber algo de los niños.
El aire desapareció por completo de mis pulmones.
—Yo me volví al pueblo esperando tu llamada —continuó Camila, bajando la cabeza entre sollozos—. Pasaron los días, las semanas... y no dijiste nada. Pasaron los meses y ni una sola palabra. Pensé que habías recibido el sobre, que habías visto la ecografía y que habías decidido que era mejor no saber nada de nosotros para no arruinar tu carrera. Pensé que no nos querías en tu vida.
El mundo pareció detenerse de nuevo. El sonido de la lluvia y del viento se apagó por completo.
Un sobre. Una carta. Una ecografía. Un examen de paternidad.
Jamás vi nada de eso. Jamás recibí una sola palabra. Ethan nunca me entregó ese sobre.
Levanté lentamente la vista hacia el cielo oscuro de Seattle, mientras una comprensión fría, siniestra y devastadora me recorría la espina dorsal.
No había sido una decisión de Camila. No había sido un olvido. Había sido una jugada sucia, fría y calculada. Ethan había recibido las pruebas de que yo iba a ser padre y las había destruido para protegerme como si fuera un activo financiero, robándome a mi familia sin el menor remordimiento.
Apreté los puños hasta que los nudillos me dolieron con un chasquido agudo.
La furia que sentí en ese instante no se parecía a nada que hubiera experimentado jamás. No era ira por mi carrera, ni por el hockey, ni por el dinero.
Era un fuego negro y abrasador por Liam. Por Hazel. Por Camila. Y por los cuatro años de vida que ese hombre me había arrebatado.