Todo lo que nos robaron

Capítulo 42: Se acabó

POV Dominic

No recuerdo exactamente cómo logré dar el primer paso fuera de la habitación. Mis pies se movían por inercia sobre la moqueta del pasillo del hotel, un movimiento casi robótico mientras el sonido amortiguado de la puerta al cerrarse a mi espalda seguía resonando en mi cabeza.

—¡Dominic!

La voz de Camila me llegó desde atrás, cargada de una mezcla desgarradora de urgencia y vulnerabilidad.

No me detuve. No me volví.

No era por falta de deseo de estar con ella; al contrario, cada fibra de mi ser quería darse la vuelta, abrazarla y pedirle perdón por el tiempo perdido. Pero sabía que si me quedaba un solo minuto más observando el dolor en sus ojos, me rompería por completo. La rabia, la confusión y la tristeza formarían un cóctel devastador que no podía permitirme soltar delante de ella. Necesitaba respuestas directas, y solo había una persona en esa noche capaz de dármelas.

Las puertas de metal del ascensor se cerraron con un suave chasquido mecánico.

Al instante, mi reflejo apareció en el acero pulido de la cabina. El esmoquin negro seguía luciendo impecable, sin una sola arruga. La pajarita estaba perfectamente colocada en su sitio. Por fuera, seguía pareciendo el mismo Dominic Blackwood, el atleta profesional y figura pública que había hecho su entrada triunfal en la gala unas horas antes.

Por dentro, sin embargo, sentía que no quedaba absolutamente nada de él.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo principal, salí a paso firme, rozando el límite de la carrera.

El chófer del hotel, al percatarse de mi presencia brusca, se levantó de inmediato del sofá de la recepción.

—¿Señor Blackwood? ¿Necesita que pida el coche?

—Sí —respondí tajante, sin reducir el ritmo.

La gala benéfica de la Liga continuaba en la gran avenida. Los potentes focos de la prensa continuaban iluminando la imponente fachada del edificio colonial. Los reporteros y fotógrafos seguían agolpados tras las cordones de seguridad.

Al reconocerme, varios de ellos comenzaron a gritar en tropel:

—¡Dominic! —¡Dominic! ¿Dónde está tu acompañante? —¡Una declaración para el periódico!

Ni siquiera giré la cabeza. Los guardias de seguridad se apresuraron a contener el ímpetu de la prensa mientras yo atravesaba las puertas giratorias del edificio.

Entré directamente al gran salón de banquetes. La subasta benéfica continuaba en marcha; la voz monótona del presentador resonaba desde los altavoces mientras los invitados conversaban con elegancia. La mayoría de la gente ni siquiera advirtió mi llegada, cegada por la opulencia de la noche.

Yo no buscaba la atención de nadie. Solo buscaba una cara en particular.

Y la encontré.

Ethan.

Estaba de pie junto a una mesa alta cerca de los ventanales, sosteniendo una copa de champán mientras conversaba alegremente con dos de los principales patrocinadores del equipo. Sonreía con soltura, como si aquella fuera una noche corriente, una victoria más en su impecable agenda de negocios.

Al verlo, sentí cómo la rabia contenida durante cuatro largos años de mentiras resurgía de golpe, quemándome por dentro.

Caminé hacia él. Con paso firme, seguro, sin apartar la mirada ni un solo segundo.

Uno de los ejecutivos me reconoció al pasar y me brindó un saludo entusiasta:

—¡Dominic! Justo estábamos comentando la gran jugada del último partido...

Lo pasé de largo, ignorándolo por completo. Me detuve a menos de un metro de Ethan.

Él giró el rostro hacia mí, manteniendo su sonrisa profesional.

—¿Ya has encontrado a Camila? —preguntó con tono desenfadado.

No le devolví el saludo. Mantuve la mirada clavada en la suya, con una frialdad que pareció helarle el gesto.

—Ven conmigo. Ahora —dije con voz baja pero imperiosa.

Ethan frunció el ceño, cambiando ligeramente de postura.

—¿Qué haces, Dominic? Estamos en medio de...

—He dicho que vengas conmigo.

Dio un paso hacia atrás, mirando de reojo a los invitados que nos rodeaban.

—Estás llamando la atención. Mantén la compostura.

—Me importa una mierda la compostura. Muévete.

Le dejé claro con la mirada que no pensaba dar un solo paso atrás. Al darse cuenta de que no cedería, Ethan suspiró con fastidio y echó a andar delante de mí. Lo guié hacia un pasillo lateral reservado para el personal del catering, un lugar apartado del ruido de la orquesta y del murmullo de los invitados.

En cuanto la puerta del pasillo se cerró tras nosotros, dejando fuera el sonido de la fiesta, nos quedamos a solas.

Ethan se recolocó la solapa de la chaqueta con un gesto de marcada molestia.

—¿Se puede saber qué demonios te pasa? No podemos dar esta imagen frente a la junta directiva.

Lo miré fijamente. Nunca en todos los años que llevábamos trabajando juntos lo había mirado de esa manera. Ni cuando discutíamos sobre términos contractuales, ni cuando organizaba entrevistas que yo prefería evitar. Esta vez no era un desacuerdo profesional; era algo infinitamente más profundo.

—Lo sé —solté de golpe.

Su expresión se contrajo por una milésima de segundo, aunque intentó recuperar la máscara de inmediato.

—¿Saber qué?

—Que Camila estaba embarazada cuando se fue.

Silencio.

Un silencio pesado y denso se apoderó del pasillo, tan absoluto que hasta el eco lejano de la música parecía haberse extinguido. Ethan no respondió de inmediato. No le hizo falta. La rigidez súbita de sus hombros y la forma en que apretó levemente los labios fueron la confirmación inequívoca que necesitaba.

Di un paso firme hacia él.

—Tú lo sabías.

Él bajó la voz, intentando adoptar una postura condescendiente.

—Dominic, escúchame un momento...

—¡Tú lo sabías! —la rabia finalmente quebró la compostura de mi voz, haciendo eco en las paredes del pasillo—. ¡Sabías que iba a ser padre!

Ethan alzó las manos a la altura del pecho en un gesto conciliador, tratando de frenar el impacto de mis palabras.




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