Todo lo que nos robaron

Capítulo 43: No estás sola

POV Camila

La puerta se cerró tras de él con una contundencia desgarradora, y el silencio posterior me golpeó con más fuerza que el más atronador de los gritos.

Me quedé completamente inmóvil en mitad de la enorme suite del hotel, parpadeando en la penumbra mientras contemplaba la puerta de entrada, el lugar por donde Dominic acababa de salir como una exhalación. Había ido en busca de Ethan, llevado por una tormenta de rabia y decepción que yo misma había desencadenado.

Y yo... yo me sentía como el epicentro de un terremoto. Acababa de desmantelar, en cuestión de minutos, la frágil realidad en la que Dominic había vivido durante los últimos cuatro años.

Las piernas me fallaron, incapaces de sostener el peso de mi propia culpa. Caí lentamente hasta sentarme sobre la moqueta, apoyando la espalda contra el lateral del sofá. Las lágrimas, que había intentado contener con tanto ahínco, comenzaron a brotar sin control, nublándome la vista y quemándome la piel de las mejillas.

—¿Qué he hecho...? —murmuré para la habitación vacía, con un hilo de voz ahogado.

Me cubrí el rostro con ambas manos, pero no pude bloquear las imágenes que regresaban a mi mente en ráfagas crueles: el rostro de Dominic desencajándose por completo al escuchar la verdad, el vacío repentino en su mirada, y la crudeza desgarradora con la que había dicho aquella frase: «Me perdí toda su vida». Estuve así por lo que parecieron diez minutos, haste que oí un ruido de gente en el pasillo y salí de mi trance.

Un sollozo profundo y doloroso escapó de mi garganta. Torpemente, saqué el teléfono móvil del bolso con manos temblorosas. Solo había una persona en el mundo capaz de sostenerme en un momento así. Con la vista empañada, marqué el número de mi madre.

No tardó ni dos tonos en responder.

—¿Cariño? ¿Camila?

Intenté responder, pero mi garganta se cerró por completo. De mi boca solo salió un llanto entrecortado y sofocado.

—¡Camila! Dios mío, ¿qué ha pasado? —la voz de mi madre se llenó de una alarma instantánea.

—Mamá... —mi voz se rompió en mil pedazos—. Se... se lo he dicho.

Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio, cargado de expectación y temor.

—¿A Dominic?

Asentí de forma autómata, olvidando por un instante que ella no podía verme.

—Sí...

—¿Y qué ha ocurrido? Háblame, por favor.

Me llevé la mano libre al pecho, sintiendo una presión creciente bajo el esternón. Cada vez me costaba más trabajo meter aire en los pulmones.

—No... no lo sé —balbuceé, presa del pánico—. Se ha ido. Ha salido como un loco a buscar a Ethan... No sé dónde está. No sé qué va a hacer.

Las palabras comenzaron a atropellarse en mi boca, impulsadas por un torbellino de pensamientos oscuros.

—Me odia, mamá. Estoy segura. Me odia con toda su alma...

—Camila, escúchame bien, no digas eso...

—¡No! No me va a perdonar nunca. Le he robado cuatro años con sus hijos...

El aire empezó a faltarme de verdad. Intenté inspirar hondo, pero el pecho no cedía. Era como si un cinturón de hierro me oprimiera las costillas. Intenté llenar los pulmones de nuevo, pero no entró nada. Solo un dolor agudo y punzante detrás de las esternón.

—Me quitará a Liam y a Hazel —comencé a hiperventilar, sintiendo cómo el miedo me devoraba por dentro—. Va a ir a los tribunales. Dirá que soy una mala madre, que los manipulé, que les oculté la verdad...

—Cariño, escucha mi voz. Respira despacio —la voz de mi madre sonó de pronto imponente, tratando de imponérsele al pánico—. Escucha mi voz a través del teléfono. Inspira.

No podía. Lo intenté con todas mis fuerzas, pero la garganta parecía habérseme sellado. El pánico físico se apoderó de mi cuerpo: las extremidades empezaron a hormiguear y a temblar convulsivamente.

—Mamá... no... no puedo... no me entra el aire...

El teléfono se me resbaló de los dedos entumecidos, cayendo sobre la alfombra. Un mareo intenso hizo que la habitación comenzara a dar vueltas a mi alrededor. Las palabras de mi madre salían por el altavoz del móvil, pero me llegaban amortiguadas, lejanas, como si vinieran desde el fondo de un pozo.

¡Camila! ¡Escúchame! ¡Respira!

El sonido metálico de la puerta de la suite abriéndose apenas logró atravesar la niebla de mi cabeza. No pude ni levantar la mirada. Solo estaba concentrada en la lucha agónica por conseguir un poco de oxígeno.

De repente, unos pasos rápidos y firmes cruzaron la estancia.

—¡Camila!

Era su voz.

En un segundo, sentí unos brazos fuertes y un par de manos firmes sujetándome con delicadeza pero con total firmeza por los hombros.

—Mírame. Camila, mírame.

Traté de fijar la vista, pero la imagen frente a mí era un borrón informe de tonos oscuros. Sentía que el suelo desaparecía bajo mi cuerpo.

—Camila. Mírame, por favor.

Con un esfuerzo sobrehumano, logré alzar la cabeza. Dominic estaba arrodillado frente a mí. Su esmoquin impecable contrastaba con la expresión de su rostro: estaba completamente desencajado, con la mandíbula tensa y los ojos desorbitados por el miedo. Jamás, en todos los años que lo había conocido, lo había visto asustado de esa manera.

—¿Qué te pasa? ¿Qué te ocurre? —preguntó con desesperación.

Intenté articular una respuesta, pero solo conseguí emitir un silbido agónico de aire atrapado.

Desde el suelo, la voz de mi madre resonó a través del altavoz del teléfono: —¡Está teniendo un ataque de pánico! ¡Dominic, ayúdala a respirar! ¡No la dejes sola!

Dominic reaccionó al instante. Estiró el brazo, cogió el teléfono, lo dejó en una mesa cercana sin colgar y volvió a enfocarse por completo en mí. Se arrodilló aún más cerca, reduciendo cualquier distancia entre los dos.

—Eh... mírame a mí. Solo a mí. No pienses en nada más —pidió con una voz sorpresivamente suave, haciendo un esfuerzo titánico por sonar sereno.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.