Todo lo que nos robaron

Capítulo 44: La luz de la mañana

POV Camila

El sol entró sin piedad por las cortinas de la suite, pero no fue la luz lo que me despertó, sino un latido sordo y constante retumbando en mi cabeza. Un fuerte dolor me oprimía las sienes, el recordatorio físico de todas las lágrimas derramadas la noche anterior.

Parpadeé con dificultad, tratando de situarme. Al estirar la mano hacia el otro lado de la cama, solo encontré las sábanas frías y vacías.

—¿Dominic? —murmuré, con la voz desgastada.

Nadie respondió. Miré la mesa de noche, pero no había ninguna nota. El pánico, ese viejo conocido que amenazaba con volver a instalarse en mi pecho, dio un vuelco en mi estómago. Se ha ido, pensé de inmediato. La angustia me oprimió la garganta. La noche anterior me había prometido que todo estaría bien, pero al llegar la luz del día, la realidad debió de golpearlo. Había cambiado de opinión.

Me levanté con torpeza, envuelta en una manta para protegerme del frío y de la incertidumbre. Avancé a pasos lentos por el pasillo hacia el salón, con el corazón latiendo a mil por hora. Pero antes de llegar, un murmullo de voces y el chisporroteo de una sartén me hicieron detenerme.

En la cocina de la suite, de espaldas a mí, estaba Dominic. Llevaba unos pantalones cortos de chándal y una camiseta gris con el logo de los Wolves. A su lado, con el mismo aspecto desordenado y despeinado por la mañana, estaba Jace. Sobre la encimera reinaba el caos absoluto: cáscaras de huevo desparramadas, manchas de leche y humo saliendo de una sartén donde algo indescifrable intentaba cocinarse.

—Te digo que los huevos revueltos no tienen que quedar tan negros, Blackwood —decía Jace, intentando mover la espátula.

—El fuego estaba muy alto, es todo. Dame eso, déjame arreglarlo —protestó Dominic, quitándole el utensilio.

Me quedé observándolos unos segundos, congelada por el contraste entre mi angustia de hacía un minuto y la escena tan doméstica y absurda que presenciaba.

—¿Se puede saber qué estáis haciendo? —pregunté, apoyándome en el marco de la puerta.

Ambos se giraron de golpe. Dominic me miró de inmediato, y la tensión en su rostro desapareció para dar paso a una expresión ablandada y atenta.

—¡Hartley! —exclamó Jace, levantando los brazos como si buscara un salvavidas—. Intento evitar que la estrella de la liga nos envenene a todos. Dice que sabe cocinar. Miente.

—Estaba tratando de hacer el desayuno —se defendió Dominic, pasándose una mano por el cuello, algo avergonzado—. No quería despertarte. Pensé que necesitarías descansar.

Antes de que pudiera responder, la puerta principal de la suite se abrió de par en par. Savannah entró a pasos agigantados, luciendo unas gafas de sol gigantescas a pesar de estar en interiores y cargando tres enormes bolsas de cartón con el logo de Starbucks.

—Tranquilos todos, la salvación ha llegado —anunció Savannah dejando las bolsas con estrépito sobre la mesa del comedor.

—¿Qué es todo eso? —pregunté, acercándome mientras me frotaba las sienes.

—Comida de verdad —respondió Savannah, quitándose las gafas de sol y echando una mirada de puro desdén hacia la cocina de Dominic y Jace—. Sabía perfectamente que estos dos no iban a lograr nada comestible. Ni loca pienso probar el veneno carbonizado que están haciendo.

—Oye, estábamos a punto de lograr la textura perfecta —se quejó Jace, aunque no dudó en soltar la sartén y acercarse a las bolsas.

—Sí, textura de carbón vegetal —se burló Savannah.

Al acercarme a la mesa, vi el resguardo de la compra pegado en una de las bolsas. El importe era ridículamente alto, y al lado descansaba la tarjeta de crédito negra que Dominic me había prestado el día anterior para emergencias.

—Savannah... —dije cruzándome de brazos, mirándola fijamente—. ¿Usaste la tarjeta de Dominic para pedir la mitad del menú de Starbucks?

—Era una emergencia nutricional, Cami —se justificó ella sin un ápice de culpa, sacando los cafés y los bollos—. Además, Dominic es multimillonario, no le va a cambiar la vida un par de muffins y unos frappuccinos.

Dominic dejó escapar una leve sonrisa y se acercó a la mesa, dejando una mano apoyada suavemente en el respaldo de mi silla.

—Está bien, Camila. Deja que gaste lo que quiera si eso evita que comamos mi experimento.

Nos sentamos todos a desayunar. El ambiente se sintió extrañamente cálido y relajado después del torbellino de la noche anterior. Jace, incapaz de mantenerse callado por mucho tiempo, comenzó a bromear.

—Sigo sin creérmelo, de verdad —dijo Jace, señalando a Dominic con un cruasán—. El gran Dominic Blackwood, papá por partida doble. Esto significa que Savannah y yo somos oficialmente los tíos guapos e irresponsables. Pienso enseñarle a Liam a tirar a puerta antes de que aprenda a caminar bien.

—Ni se te ocurra, Jace —se rió Dominic, aunque sus ojos brillaban con una emoción contenida.

Savannah, observando cómo la conversación avanzaba, cruzó la mirada conmigo y luego con Dominic. Notó la conversación pendiente que todavía flotaba en el aire entre nosotros, la tensión que no se había disipado del todo.

—Bien, ya he tenido suficiente de vosotros dos por ahora —dijo Savannah poniéndose en pie bruscamente y agarrando su café—. Jace, ven conmigo. Necesito que me ayudes a revisar unas cosas abajo.

—¿Qué? Pero si no he terminado mi...

—He dicho que me acompañes —le ordenó Savannah, agarrándolo del brazo y arrastrándolo prácticamente fuera del salón.

—¡Nos vemos luego! —Alcanzó a gritar Jace antes de que la puerta se cerrara tras ellos.

El silencio volvió a instalarse en la suite, pero esta vez no era un silencio pesado, sino expectante. Me quedé mirando mi taza de café, sintiendo los nervios florecer de nuevo en mi estómago.

Dominic se levantó de su silla y rodeó la mesa para sentarse justo a mi lado. Estiró la mano y, con vacilación, cubrió la mía. Su tacto era cálido y firme.




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