Todo lo que nos robaron

Capítulo 45: La carga de la altitud

POV Dominic

El zumbido constante de los motores del avión privado era el único sonido que llenaba la cabina principal. A mi lado, Camila descansaba con la cabeza apoyada en mi hombro, con la respiración pausada y profunda. Unas filas más atrás, Savannah se había quedado dormida prácticamente antes de que el avión alcanzara su altitud de crucero.

Las dos estaban exhaustas, y no era para menos.

Observé a Camila en la penumbra. Se veía tranquila, pero la tormenta de los últimos días aún flotaba sobre nosotros. Sabía que al aterrizar nos esperaba un universo nuevo: mis hijos. Liam y Hazel. Dos pequeños cuyas vidas estaban a punto de cruzarse con la mía para siempre. El pensamiento me llenaba de una mezcla extraña de terror, impaciencia y una devoción absoluta que ni siquiera sabía que era capaz de sentir.

Escuché pasos suaves por el pasillo. Alcé la vista y vi a Jace acercarse con dos vasos de cristal en la mano. Dejó uno sobre la mesita plegable frente a mí con un toque sutil para no hacer ruido y se dejó caer en el asiento libre del otro lado del pasillo.

No tenía la sonrisa de siempre. Ni rastro de la postura relajada con la que solía tomarse la vida.

—Toma. Lo necesitas —dijo en un murmullo.

Cogí el vaso y lo observé fijamente. Esperaba algún comentario sarcástico sobre mi papel de padre de familia o alguna broma absurda para romper el hielo, pero Jace solo miraba hacia la ventanilla, perdiéndose en la oscuridad de las nubes.

—¿Va todo bien, Jace? —pregunté, bajando la voz para no despertar a Camila.

Dio un trago a su bebida sin mirarme.

—Sí, claro. Perfecto. No te preocupes por mí, amigo —respondió con una ligereza demasiado impostada—. Lo importante aquí es cómo vas a gestionar tu nueva vida. ¿Estás preparado para que dos renacuajos te dejen la casa patas arriba? He oído que a esa edad son destructivos. Pienso regalarles un kit de pintura permanente solo para ver tu cara.

Intentó forzar una sonrisa al final de la frase, pero no le llegó a los ojos. Conocía a Jace desde hacía demasiados años como para dejarme engañar por sus evasivas.

—Jace. No me cambies de tema —insistí, apoyando los codos sobre las rodillas—. Te conozco. ¿Qué pasa?

Él se quedó en silencio unos segundos, haciendo girar el líquido de su vaso. Dejó escapar un suspiro cansado y apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento.

—Los vi en la gala —soltó finalmente, con un tono apagado que casi no reconocí en él.

—¿A quiénes?

—A mis padres y a mi hermano mayor.

Me quedé en silencio para dejarlo hablar, Jace raramente mencionaba a su familia. Para todo el mundo, él era el tipo despreocupado, el chico estrella que disfrutaba de la vida sin ataduras ni dramas del pasado, pero la realidad era bastante más amarga.

—Estaban en una de las mesas VIP del salón principal —continuó, mirando al techo de la cabina—. Ni siquiera sabían que yo estaba ahí hasta que nos cruzamos cerca del vestíbulo. Y, por supuesto, la mirada de mi padre me lo dijo todo sin necesidad de hablar.

—Jace...

—No, si ya me lo sé de memoria —me interrumpió con una risa amarga—. Para ellos sigo siendo el hijo pequeño que se salió del camino correcto. El irresponsable que prefirió el deporte y la libertad en lugar de quedarse en la empresa familiar y seguir las reglas como el perfecto de mi hermano. Ellos tienen a su sucesor ideal, y a mí solo me ven como la oveja negra que hace demasiado ruido.

Escuchar la vulnerabilidad en su voz me hizo recordar cuántas veces Jace había sido mi apoyo cuando todo a mi alrededor parecía desmoronarse. Él siempre había estado ahí para cubrirme las espaldas, para sacarme una sonrisa cuando la presión del equipo o la prensa amenazaban con hundirme.

—Tu familia no entiende nada, Jace —dije con firmeza, mirándolo fijamente a los ojos—. Estás en la cima de tu carrera. Te has ganado cada logro por ti mismo, sin depender del apellido de nadie ni de un despacho de abogados o una empresa— Jace me miró, en silencio.—No eres la oveja negra de nadie —añadí, inclinándome un poco más hacia él—. Eres uno de los mejores jugadores de la liga, eres alguien leal y la persona con la que cualquiera querría contar en su equipo. Si ellos no son capaces de ver la clase de hombre en la que te has convertido solo porque no seguiste su guion, el problema es de ellos, no tuyo.

Jace se quedó mirando su vaso, procesando mis palabras. Poco a poco, la tensión en sus hombros comenzó a ceder. Dejó ir un respiro profundo y volvió a mirarme, esta vez con una pequeña chispa de su chispa habitual recuperándose en la mirada.

—Vaya, Blackwood. No sabía que te ponías tan sentimental a diez mil metros de altura —murmuró, intentando recuperar el tono bromista.

—Solo te digo la verdad —sonreí levemente—. Y más te vale estar en forma, porque vas a necesitar esa energía cuando esos dos "renacuajos" decidan que su tío Jace es su nuevo juguete favorito.

Jace soltó una risa sincera, esta vez sin sombras.

—Pobres niños. No saben la mala influencia que va a entrar en sus vidas.

Le di un golpecito en el brazo a modo de apoyo y volví a acomodarme en mi asiento. A mi lado, Camila se movió ligeramente en sueños, buscando la calidez de mi costado. La rodeé con el brazo con cuidado, sintiendo una paz profunda que no recordaba haber experimentado en años.

La tormenta con Ethan y las mentiras del pasado habían quedado atrás, en la tierra. Ahora nos dirigíamos hacia el futuro, y por primera vez en mucho tiempo, sabía exactamente hacia dónde caminaba.




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