Todo lo que nos robaron

Capítulo 46: ¿Tengo nietos?

POV Dominic

Aterrizamos cuando las primeras luces de la mañana comenzaban a teñir el cielo de un tono grisáceo. En el hangar privado de la ciudad, el aire fresco me ayudó a terminar de despabilarme.

Antes de que cada uno tomara su camino, me acerqué a Camila cerca de los coches. Savannah observaba a pocos metros, apoyada en el maletero con sus gafas de sol puestas, guardando una distancia prudencial.

—Nos vemos mañana —dijo Camila, ajustándose el abrigo. La fatiga del viaje aún era evidente en sus ojos, pero había una serenidad en su mirada que no le veía desde hacía años.

—Mañana —asentí, tomando su mano un segundo—. Hablaremos despacio sobre cómo vamos a hacer esto. Sin prisas, respetando los tiempos de los niños. Necesitamos planear bien cómo me vas a presentar ante ellos.

—Me parece bien —sonrió levemente, apretando mis dedos antes de soltarme—. Ve a descansar un poco.

Nos despedimos con un gesto rápido. Savannah y Camila subieron al todoterreno que las llevaría de vuelta a su casa, mientras que Jace y yo caminamos hacia mi coche.

El trayecto por la carretera hacia mi propiedad fue silencioso. Conducía con una mano en el volante, absorto en mis pensamientos. Por primera vez en mucho tiempo, mi mente no estaba ocupada por los entrenamientos, los análisis de partidos o las exigencias de la liga. Solo podía pensar en dos nombres: Liam y Hazel. Me preguntaba cómo serían, qué les gustaba, como se comportaban. La sola idea de sostenerlos y escuchar su voz me provocaba una mezcla de nerviosismo e impaciencia que no podía controlar.

—Si sigues apretando el volante con esa fuerza, vas a arrancarlo —comentó Jace desde el asiento del copiloto, sacándome de mi trance.

—Solo estoy pensando —respondí, reduciendo la velocidad al entrar en el camino privado que conducía a mi casa.

Sin embargo, al dar la curva final, la tranquilidad de la mañana se esfumó por completo. Aparcado justo frente a la entrada principal había un sedán de lujo de color negro, perfectamente pulido.

Un modelo imposible de confundir.

—Maldita sea... —masullé, dando un frenazo leve.

—Ese coche me suena —dijo Jace, incorporándose en el asiento—. Dime que no es quien creo que es.

—Es el coche de mi madre —suspiré, apagando el motor.

Nos bajamos del coche. Jace me siguió a unos pasos de distancia mientras abría la puerta de la casa. En cuanto pusimos un pie en el vestíbulo, la figura erguida y elegante de mi madre apareció desde el salón, sosteniendo su bolso de mano con firmeza. Su rostro reflejaba una mezcla de alteración y desconcierto absoluto.

—¡Dominic Wesley Blackwood Harrington! —exclamó, avanzando hacia mí a pasos rápidos—. Llevo una hora esperándote. Desactivé la alarma porque conozco el código, pero esto es inaudito.

—Hola para ti también, mamá —dije, dejándole las llaves en la mesa de entrada.

—¿Se puede saber qué demonios ha pasado? —preguntó, ignorando mi saludo por completo—. Ethan me llamó esta madrugada hecho una furia. Me dijo que lo habías despedido en mitad de la gala benéfica, que habías perdido el juicio y que estabas tirando tu carrera por la borda. ¡No entiendo nada! ¿Cómo se te ocurre prescindir de tu representante a dos meses de empezar la temporada?

Jace se cruzó de brazos y se apoyó contra el marco de la puerta con una sonrisa amarga.

—Bueno, técnicamente no lo despidió... solo le dio unas vacaciones permanentes sin sueldo. Un pequeño ajuste de personal bastante merecido, si me preguntas a mí.

Mi madre le dirigió a Jace una mirada glacial antes de volver a enfocarse en mí.

—Jace, por favor, esto es un asunto serio. Dominic, exijo una explicación. Ethan ha llevado tu carrera desde el primer día.

Respiré hondo, tratando de mantener la calma. Sabía que esta conversación tarde o temprano tendría que suceder, pero no esperaba tener que dar explicaciones tan pronto.

—Ethan no volverá a poner un pie en mi vida, mamá. Ni como representante ni como nada —dije con voz serena y tajante.

—¿Pero por qué? —insistió ella, abriendo los brazos con incredulidad—. ¿Qué ha hecho tan grave para que tomes una decisión tan drástica?

—Nos ocultó la verdad a Camila y a mí —solté de golpe, mirándola fijamente a los ojos—. Durante cuatro años.

Mi madre frunció el ceño, confundida.

—¿A Camila? ¿Camila Hartley? ¿De qué estás hablando? ¿Qué tiene que ver ella en esto?

—Camila estaba embarazada cuando se fue —expliqué, sintiendo que cada palabra pesaba una tonelada—. Tuve dos hijos. Liam y Hazel. Ethan lo sabía desde el primer momento. Interceptó sus llamadas, escondió sus cartas y le hizo creer a Camila que yo no quería saber nada de ellos para que yo no me distrajera de mi carrera.

El salón se sumió en un silencio aplastante.

Por primera vez en mi vida, vi a mi madre quedarse completamente descolocada. La expresión de severidad en su rostro se desmoronó, dando paso a un estupor absoluto. Dio un pequeño paso hacia atrás, llevándose una mano a la boca.

—¿Qué...? —susurró, con la voz temblorosa—. ¿Hijos? ¿Tengo... tengo nietos?

—Bingo —intervino Jace desde la puerta, aplaudiendo con una lentitud sarcástica—. Dos renacuajos de cuatro años. Y el querido Ethan decidió que era mejor vender la imagen del soltero de oro que permitir que Dominic fuera padre. Un encanto de tipo, de verdad. Habría que darle un premio al representante del año.

Mi madre tardó unos segundos en procesar la información. Poco a poco, la sorpresa en sus ojos fue sustituida por una llamarada de indignación pura. Su postura se volvió rígida y sus puños se apretaron con fuerza.

—Ese... miserable —dijo, con un tono de voz tan frío que habría congelado a cualquiera—. ¿Cómo se atrevió? ¿Cómo se atrevió a tomar una decisión de semejante magnitud sobre la vida de mi hijo y la de mis nietos?

—Pensó que estaba protegiendo mis contratos —dije amargamente.

—¡A la mierda los contratos! —exclamó ella, alzando la voz como pocas veces la había escuchado hacer—. Esto es una traición imperdonable. Le entregamos la confianza de la familia. Mañana mismo voy a llamar a nuestros abogados. Voy a arruinarlo. Lo voy a demandar por daños morales, por incumplimiento de contrato, por abuso de confianza y por todo lo que los tribunales me permitan. ¡Pienso destruirlo profesionalmente!




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