POV Camila
El coche de Savannah se detuvo frente a la casa de mis padres justo cuando el reloj del salpicadero marcaba las diez y media de la noche. Las luces del exterior estaban encendidas, proyectando un brillo cálido sobre el porche de madera.
—¿Seguro que no quieres que entre contigo? —preguntó Savannah, apagando el motor y mirándome con preocupación.
—Seguro —le respondí, regalándole una pequeña sonrisa de agradecimiento—. Ve a descansar. Has hecho demasiado por mí estos días.
—Nos vemos mañana, Cami. Dale un abrazo enorme a los pequeños de mi parte.
Me bajé del coche intentando no hacer ruido con la puerta. La brisa nocturna era fresca y el silencio del vecindario solo era interrumpido por el leve rumor del viento entre los árboles. Caminé hacia la puerta principal y metí la llave en la cerradura con sumo cuidado. Al ser tan tarde, lo más probable era que Liam y Hazel llevaran ya un buen rato durmiendo en su habitación.
Giré la llave y abrí la puerta en absoluto silencio, deslizándome hacia el interior del recibidor.
Nada más dar un paso, la luz tenue de la lámpara del salón reveló la figura de mi madre, que se levantaba del sofá, y a su lado, mi padre. Al verme entrar, él no dudó un segundo: avanzó a pasos rápidos hacia mí.
—Papá... —Alcancé a murmurar.
Antes de que pudiera decir nada más, mi padre me rodeó con sus brazos en un abrazo apretado y reconfortante, de esos que curan cualquier herida. Apoyó su barbilla en mi cabeza mientras sentía el temblor de su respiración.
—Tu madre me lo ha contado todo, cariño —susurró mi padre con la voz cargada de emoción—. Ya lo sé todo. No estás sola, ¿de acuerdo? Estamos aquí contigo.
Un nudo se me formó en la garganta, pero antes de que pudiera responder, un chasquido resonó en el pasillo. La luz de la planta superior se encendió, iluminando el tramo de la escalera.
—¡Mamá! —Resonó un grito agudo y lleno de alegría.
Sobresaltada, me giré a tiempo para ver dos pequeñas siluetas en pijama bajando los escalones a toda prisa, descalzos y con el pelo revuelto. Liam venía delante, seguido de cerca por Hazel, que llevaba su peluche favorito apretado contra el pecho.
—¡Chicos, despacio, os vais a caer! —advirtió mi madre, pero los niños hicieron oídos sordos.
Se abalanzaron directamente hacia mí. Me dejé caer de rodillas sobre la alfombra justo a tiempo para recibir el impacto de sus pequeños cuerpos.
—¡Mamá, has vuelto! —gritó Hazel, rodeándome el cuello con sus bracitos.
—¡Te echábamos de menos! —añadió Liam, escondiendo la cara en mi hombro.
Los envolví a los dos en un abrazo enorme, sintiendo cómo todas las tensiones acumuladas en los últimos días se disipaban al instante. Empecé a llenarles la cara, las mejillas y la frente de besos sin parar, haciéndoles soltar risotadas contagiosas.
—Mis niños... —Murmuré contra sus cabecitas, reteniendo las lágrimas de pura felicidad—. Mis amores, ¿qué hacéis despiertos a estas horas?
—¡Es que no podíamos dormir! —protestó Liam, mirándome con sus grandes ojos oscuros—. El abuelo nos leyó un cuento, pero yo quería esperar a que llegaras.
—¡Y yo también! —añadió Hazel, enseñándome su peluche—. Mira, mamá, el conejito también te echaba de menos. ¿Nos has traído algo del viaje? ¿Has visto a los jugadores de hockey? ¿Por qué has tardado tanto?
Las preguntas empezaron a llover una tras otra, atropellándose entre sí con el entusiasmo propio de sus cuatro años. Los miré a ambos, maravillada por la energía que desbordaban incluso a altas horas de la noche, y un pensamiento inevitable cruzó mi mente: tenían tanto de Dominic. La forma en que Liam entornaba los ojos al ponerse serio, la risa pícara de Hazel... Estaba deseando que él pudiera ver esto.
—A ver, a ver, pequeños torbellinos —les dije, acariciándoles las mejillas—. Es muy tarde y tenéis que ir a la cama ahora mismo. Mañana por la mañana, en cuanto os despertéis, bajaremos los regalos que os he traído y hablaremos de todo con calma, ¿de acuerdo?
—¿Nos contarás todo sobre tu viaje? —insistió Liam, frotándose los ojos con el puño, empezando a acusar el cansancio.
—Todo —prometí, dándole un último beso en la frente a cada uno—. Ahora, arriba, a descansar.
Mi padre me ayudó a levantarlos y los dos pequeños caminaron de la mano de regreso a la escalera, echándome miradas por encima del hombro hasta que desaparecieron en la planta de arriba. Subí con ellos unos minutos, los arropé en sus camas y esperé a que la respiración de ambos se volviera pausada y profunda.
Cuando me aseguré de que estaban completamente dormidos, bajé las escaleras despacio.
Mis padres me esperaban en la cocina. Mi madre acababa de preparar una jarra de té caliente y me sirvió una taza en cuanto me senté a la mesa. Mi padre se acomodó frente a mí, cruzando sus manos sobre la madera.
—Ha sido un viaje difícil, ¿verdad? —preguntó él suavemente.
Inspiré hondo, sintiendo el vapor del té reconfortarme la cara.
—Ha sido el viaje más convulso de mi vida, papá —admití con sinceridad—. Dominic ya lo sabe todo. Le conté la verdad sobre los niños.
Mi madre dejó su taza en la mesa y me miró fijamente.
—¿Y cómo reaccionó?
—Al principio fue un shock absoluto... Ethan le había ocultado todas mis cartas y llamadas durante estos cuatro años. Le hizo creer que yo me había marchado sin mirar atrás, y a mí me hizo creer que Dominic no quería saber nada de nosotros.
Mi padre apretó la mandíbula con evidente enfado, pero prefirió guardar silencio para dejarme continuar.
—Dominic despidió a Ethan esa misma noche —proseguí—. Y ayer cuando me dio el ataque de pánico... Estuvo a mi lado en todo momento. Me prometió que jamás intentaría alejarme de los niños. Quiere ser parte de sus vidas y ejercer como su padre.
Mi madre soltó un suspiro de alivio, cubriendo mi mano con la suya.
—Tenía tanto miedo de que reaccionara de forma agresiva o legal, Camila. Saber que ha sido sensato me da cierta tranquilidad.