POV Camila
El olor a antiséptico y el murmullo bajo de la clínica de rehabilitación eran el telón de fondo de la mañana. Dominic estaba sentado en la camilla de fisioterapia con el torso al descubierto, mientras yo, con guantes de látex y crema conductora, guiaba con cuidado los movimientos de su hombro lesionado.
—Despacio —le pedí, sosteniéndole el brazo con firmeza pero suavemente—. Siente la resistencia. No fuerces la articulación.
Dominic apretó la mandíbula y exhaló despacio, siguiendo el ritmo de mis manos. A pesar de la molestia física, su mirada estaba completamente concentrada en mí.
—He estado pensando en lo que hablamos ayer —dijo él en voz baja, asegurándose de que los otros fisioterapeutas no escucharan—. Sobre Liam y Hazel.
—Yo también —admití, realizando un estiramiento progresivo—. Creo que la mejor forma es no abrumarlos. No podemos llegar un día y decirles de golpe: «Hola, este es vuestro padre». Tienen cuatro años, Dominic. Necesitan asimilarlo.
—Lo sé —asintió, mirando cómo mis dedos trabajaban sobre su piel—. Pensaba que tal vez podríamos empezar porque vaya a verte a casa o coincidamos en el parque... Como un amigo tuyo que viene de visita. Dejar que se acostumbren a mi presencia, que vean que estoy ahí. Y cuando se sientan cómodos y confiados contigo presente, contarles la verdad.
Me detuve un segundo, mirándolo a los ojos.
—Me parece un buen plan —sonreí levemente—. Liam es un poco más reservado con los desconocidos, pero le encanta el deporte. Si le hablas de hockey, te lo ganarás en cinco minutos. Hazel es puro corazón; solo necesita ver que eres amable.
—Prometo ser el mejor amigo que hayan tenido jamás hasta que estén listos para saber que soy su padre —prometió Dominic con una seriedad que me encogió el corazón de emoción.
Terminé el último ciclo de movilidad y le limpié el hombro con una toalla limpia.
—Listo por hoy con la terapia manual —le dije, quitándome los guantes—. Ahora te toca la evaluación final con el doctor Collins para revisar los avances del ligamento. Te espero fuera.
—De acuerdo. No tardo.
Le dediqué una última mirada reconfortante y salí de la sala de rehabilitación. Caminé por el pasillo hacia la zona de recepción para pedir un vaso de agua y esperarlo.
Sin embargo, al llegar al vestíbulo principal, me detuve en seco.
De espaldas a mí, junto al mostrador de la entrada, había una mujer de una elegancia impecable. Llevaba un abrigo de corte perfecto y su cabello moreno estaba peinado en un moño bajo pulcro. Había algo en su postura, en la forma en que sostenía su bolso de mano, que me resultó escalofriantemente familiar.
Como si hubiera sentido mi mirada, la mujer se giró despacio.
El aire se me congeló en los pulmones. Mi cuerpo entero se paralizó.
Era Katherine Blackwood. La madre de Dominic.
Durante cuatro años, la sola idea de cruzarme con la familia de Dominic me había provocado pesadillas. Katherine siempre había sido una mujer imponente, una matriarca protectora de la reputación y el apellido de su familia. El pánico comenzó a arañarme la garganta, temiendo una escena o una mirada de desprecio.
Pero antes de que pudiera dar un paso atrás para esconderme, Katherine me vio. Sus ojos oscuros se abrieron con sorpresa y se fijaron en los míos.
No hubo frialdad en su rostro. Ni rastro de la severidad que recordaba.
Katherine avanzó hacia mí a pasos rápidos. Antes de que yo pudiera articular una sola palabra de disculpa o explicación, acortó la distancia y me rodeó con los brazos en un abrazo firme y cálido.
Me quedé completamente inmóvil, en estado de shock, con los brazos caídos a los lados.
—Camila... —Susurró Katherine cerca de mi oído, rompiendo el abrazo para sujetarme suavemente por las manos—. Dios mío, Camila.
—Señora Blackwood... yo... —balbuceé, sintiendo que la voz me temblaba.
—Katherine, por favor —me corrigió con una ternura insólita en ella. Sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y una rabia contenida que no iba dirigida a mí—. Dominic me lo ha contado todo. Todo lo que hizo ese miserable de Ethan.
Parpadeé, incrédula.
—¿Se lo ha contado...?
—Ayer por la noche en su casa —asintió ella, apretando mis manos con fuerza—. Me contó las mentiras, el engaño, cómo interceptó tus cartas y cómo os robó cuatro años a los dos. Estoy horrorizada, Camila. Absolutamente horrorizada. Quiero que sepas que estoy de tu parte. Totalmente de tu parte. Lo que os hizo a ti y a mis nietos no tiene perdón, y pienso encargarme personalmente de que ese hombre pague por cada segundo de dolor que os causó.
Las lágrimas amenazaron con brotar de mis ojos, pero esta vez eran de una conmoción profunda. La mujer a la que más temía enfrentar me estaba ofreciendo su apoyo incondicional.
—Gracias... —Logré decir con un hilo de voz—. Significan mucho para mí esas palabras.
—¿Qué está pasando aquí?
La voz de Dominic resonó al final del pasillo. Salía de la consulta del doctor Collins y se quedó petrificado al ver a su madre tomándome de las manos en mitad de la recepción.
—Mamá... ¿Qué haces aquí? —preguntó Dominic, acercándose a paso ligero con el ceño fruncido, poniéndose intuitivamente a mi lado.
—Vine a buscarte porque no me cogías el teléfono, Dominic —respondió Katherine, recuperando la compostura pero sin soltarme la mano—. Y me alegro de haber venido. Ya le estaba diciendo a Camila que cuenta con todo mi apoyo.
Dominic nos miró a las dos, sorprendido por la escena, y la tensión en sus hombros se relajó visiblemente.
—Mamá ha sido muy clara con respecto a Ethan —me explicó Dominic, mirándome con suavidad—. Ya tiene a los abogados revisando cada papel que firmó.
—Ese hombre no volverá a acercarse a esta familia —sentenció Katherine con firmeza. Luego, su mirada volvió a mí, ablandándose de inmediato—. Pero ahora mismo lo único que me importa es lo que realmente tiene valor. Camila... Dominic me dijo que queréis ir paso a paso con los niños, y voy a respetar vuestros tiempos. Pero quiero que sepas que estoy deseando conocer a Liam y a Hazel. Cuando estéis listos, seré la abuela que merecen tener.