Todo lo que nos robaron

Capítulo 49: La tormenta mediática

POV Dominic

El trayecto de vuelta desde la clínica transcurrió en un silencio tenso. A mi lado en el coche, mi madre miraba fijamente por la ventanilla, ajustándose los guantes de piel con ademanes rígidos. Aunque en la clínica había mostrado su faceta más comprensiva con Camila, sabía perfectamente que la rabia hacia Ethan seguía ardiendo en su interior.

En cuanto aparqué en el garaje y entramos en la casa, el sonido del televisor encendido a un volumen anormalmente alto nos recibió desde el salón.

—¡Dominic! ¡Por fin llegáis! —gritó la voz de Jace.

Caminamos a pasos rápidos hacia el salón. Jace estaba de pie frente a la enorme pantalla, con el mando a distancia apretado en una mano y sosteniendo el teléfono móvil con la otra, el cual no paraba de vibrar y emitir destellos.

—¿Qué demonios pasa ahora, Jace? —pregunté, intuyendo que nada bueno podía haber ocurrido.

—Tenéis que ver esto. Se ha liado una gorda. Una muy gorda —dijo Jace, señalando el televisor con el mando.

En la pantalla aparecía el rótulo en rojo parpadeante de un conocido programa de prensa rosa y deportes. En el plató, Victoria aparecía sentada frente a las cámaras, luciendo impecable, pero con una expresión dramática de victimismo ensayada al milímetro.

«Dominic Blackwood me ha traicionado», decía el faldón inferior de la pantalla en letras gigantes.

—Yo solo quería construir un futuro con él —declaraba Victoria entre sollozos ficticios frente al presentador—. Me prometió estabilidad, estábamos comprometidos... y de repente, en mitad de la gala benéfica, me entero de que lleva una doble vida. Me ha engañado de la forma más vil y no ha sido honesto conmigo ni con el público.

Soplé entre dientes, sintiendo cómo se me tensaba la mandíbula.

—Maldita sea... —Masculle.

—Eso no es lo peor —intervino Jace, cambiando de canal rápidamente para mostrarnos las tendencias en redes sociales que proyectaban en la tele—. Mira internet. Alguien ha filtrado fotos tuyas con Camila.

En la pantalla aparecieron varias fotografías tomadas a larga distancia la noche de la gala: una de Camila y de mí hablando en el pasillo del hotel, y otra de cuando salimos a la calle. Las redes sociales estaban ardiendo. Los titulares nos acusaban de todo tipo de escandalosas infidelidades, tachándome de irresponsable a tan solo dos meses del inicio de la liga.

—¡Esa mujer es una víbora oportunista! —Estalló mi madre, dando un paso al frente con el rostro desencajado por la furia—. ¡Comprometidos! ¡Jamás habéis estado comprometidos! ¿Cómo se atreve a salir en televisión nacional a soltar semejantes calumnias?

—Ella solo está buscando atención y minutos de gloria —comentó Jace, mirando su teléfono—. Pero esto no lo ha organizado ella sola. Victoria no tiene los contactos para mover a la prensa de esta manera en cuestión de horas.

—Ethan —sentenció mi madre inmediatamente, señalando la pantalla con rabia—. Ha sido ese miserable. Está usando a Victoria para destruirte antes de que tú destapes lo que él hizo. Quiere manchar tu imagen para que nadie crea tu versión cuando salgan a la luz tus hijos.

Antes de que pudiera responder, mi teléfono móvil comenzó a sonar violentamente en mi bolsillo. Lo saqué: era el número de un importante periodista deportivo. Apenas colgué sin responder, entró otra llamada, esta vez de un número desconocido, seguida de una ráfaga incesante de notificaciones de mensajes.

—Mi móvil tampoco para de sonar —añadió Jace, enseñándome la pantalla llena de llamadas de otros representantes, agencias de prensa y directivos del club—. Todo el mundo quiere una declaración. Los patrocinadores están empezando a ponerse nerviosos.

Apreté el teléfono con fuerza en la mano, sintiendo la presión aplastante del mundo exterior intentando derribar la frágil paz que acabábamos de conseguir. La prensa nos estaba cazando, y lo peor de todo era que Camila y mis hijos quedaban expuestos en mitad de este circo mediático.

—No voy a permitir que Ethan y Victoria salgan victoriosos de esta jugada —dijo mi madre, sacando su propio teléfono con una determinación helada—. Voy a llamar al equipo de relaciones públicas de la familia y a nuestros abogados ahora mismo. Vamos a emitir un comunicado que aplaste esta mentira antes de que caiga la noche.

—No, mamá, espera —la detuve, respirando hondo para mantener el control—. Si respondemos con prisas, entraremos en su juego. Lo primero que tengo que hacer es proteger a Camila y a los niños. Si la prensa descubre dónde están, su casa se convertirá en un infierno.

Miré a Jace, que asintió con gravedad, dejando a un lado sus habituales bromas.

—¿Pretendes dejar que esa víbora se salga con la tuya después de lo de hace tres años?— dijo mi madre, haciendo que mi cuerpo entero se paralizara. Solo de mencionar ese incidente, mi cuerpo se estremecía con una sensación de mareo y asco— por si no te acuerdas, esa chica te hizo— corté a mi madre antes de que lo dijera.

—Mamá —dije, mirándola—, ya sé lo que hizo; me acuerdo perfectamente y también recuerdo decirte que no sacarás más ese tema. Aún menos ahora, que acabo de descubrir que tengo dos hijos y, delante de Camila—dije—, eso es un tema del pasado y está cerrado; ahora mi futuro son esos niños, ¿entendido? —Mi madre asintió y salió a hacer unas llamadas con los abogados.

La guerra con Ethan, Victoria y la prensa acababa de empezar, y esta vez no solo estaba en juego mi carrera, sino el futuro de la familia que apenas empezaba a recuperar.




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