POV Savannah
Ser la tía guapa y guay tiene sus ventajas, no lo voy a negar. Pero lidiar con dos terremotos de cuatro años cuando están en modo misterioso es un nivel de paciencia para el que no estaba preparada a las cuatro de la tarde de ese día caluroso de verano.
Camila había tenido que salir corriendo a la clínica por una urgencia con un paciente. Llevaba apenas dos días de vuelta del viaje y la pobre estaba intentando malabarear su trabajo, el lío de la prensa y el tsunami emocional de todo lo que se venía encima con Dominic. Así que, como la maravillosa amiga y tía que soy, me ofrecí voluntaria para llevarme a Liam y a Hazel al parque a tomar un helado y darle un par de horas de paz.
El problema era que los dos renacuajos llevaban un comportamiento extrañísimo desde que los subí al coche.
Normalmente, el trayecto hacia los helados es un caos de canciones inventadas, peleas por quién ve primero un perro y gritos de emoción. Hoy, sin embargo, el asiento trasero era un nido de susurros. Los dos iban pegados en sus sillitas, cuchicheando tan bajo que ni aguzando el oído lograba entender una palabra. De vez en cuando, Hazel miraba hacia el espejo retrovisor, abría mucho los ojos y se tapaba la boca con ambas manos. Liam, por su parte, ponía esa cara de adulto en miniatura que le sale cuando se pone serio y le daba un codacito para que se callara.
—A ver, par de espías —dije mientras caminábamos por el parque, sosteniendo un helado de fresa en una mano y dos de chocolate en la otra—. ¿Se puede saber qué tanto misterio os traéis hoy? ¿Habéis planeado conquistar el mundo o simplemente vais a tirar los helados al césped?
—Nada, tía Sav —respondió Liam demasiado rápido, mirando fijamente sus zapatillas.
—¡Es un secreto! —Se le escapó a Hazel con una sonrisaza, levantando los brazos.
Liam le dirigió una mirada de absoluta traición.
—¡Hazel! —La regañó.
—¡Bueno, ya está bien de secretos! —declaré con dramatismo, guiándolos hacia un banco a la sombra de un gran roble cuando llegamos—. Todos a sentarse. Hora de comerse el helado antes de que se derrita y de que me dé un ataque de curiosidad.
Nos acomodamos en el banco. Les entregué sus conos y durante un par de minutos solo se escuchó el sonido de los dos concentrados en no mancharse la ropa. Pensé que el tema había quedado olvidado, hasta que Hazel se limpió los labios con la manga y me miró con una seriedad que casi me hizo atragantarme con mi mantecado.
—Tía Sav... —Empezó, balanceando las piernas—. ¿Tú sabes quién es nuestro papá?
Me quedé helada. Literalmente con la cuchara de plástico a medio camino de la boca.
—Hazel, ¡qué no se dice! —saltó Liam de golpe, poniéndose de pie sobre el banco y señalándola con el cono de helado—. ¡El abuelo dijo que mamá nos lo contaría cuando fuera el momento! ¡Eres una chismosa!
—¡No soy chismosa! —protestó Hazel, poniéndose roja como su helado—. ¡Solo quiero saberlo! ¡Leo en el cole tiene un papá que lo lleva a hombros y tú y yo no tenemos! ¡Y yo sé que mamá tiene una foto guardada y tú también la has visto!
—¡Pero mamá se pone triste si preguntamos! —le gritó Liam, con los ojitos de pronto muy brillantes por la frustración—. ¡Eres tonta, Hazel!
—¡Tonto tú! —le devolvió ella, empezando a sollozar.
—¡Eh, eh, eh! ¡Freno de mano, los dos! —Intervine de inmediato, quitándoles los helados de las manos antes de que terminaran estrellados contra el suelo o en la cabeza del otro. Me puse a su altura, sujetando a Liam suavemente por los hombros para que se sentara—. Se acabó el chillatorio. Los dos a respirar conmigo. Vamos.
Liam cruzó los brazos apretando los puños, mirando hacia otro lado con el ceño profundamente fruncido, mientras a Hazel le caían dos lagrimones gigantescos por las mejillas en absoluto silencio.
Intenté mantener la calma por fuera, aunque por dentro mi cerebro estaba gritando. Dios mío, los niños sabían que había algo. Habían notado la tensión, las conversaciones a media voz de los abuelos, el viaje de Camila... Los niños de cuatro años son como esponjas, y estos dos eran demasiado listos para su propio bien.
—Escuchadme bien los dos —les dije con la voz más suave y tranquila que pude poner—. No pasa nada por tener dudas, Hazel. Y entiendo que quieras proteger a mamá, Liam. Pero no está bien que os peleéis por esto. Vuestra madre os adora más que a nada en este mundo, y os promete que nunca, jamás, os va a ocultar nada malo. Si no os ha contado algunas cosas todavía, es porque quiere hacerlo bien, ¿de acuerdo?
Ninguno de los dos respondió. Hazel se limpió la nariz con el dorso de la mano y Liam simplemente soltó un resoplido molesto, mirando al césped.
El ambiente se volvió denso. Intenté remontar la tarde con bromas, ofreciéndoles el parque, columpios o jugar al escondite, pero el muro ya estaba levantado. Se negaron a hablarse. Hazel caminaba a un metro de distancia de su hermano y Liam ni siquiera la miraba. El viaje de vuelta en el coche fue un silencio sepulcral, mil veces peor que los cuchicheos de la ida.
Cuando aparqué frente a la casa de Camila y abrí la puerta principal, el alivio me recorrió el cuerpo al ver que el abrigo de Camila ya estaba colgado en el perchero.
—¡Ya estamos aquí! —Anuncié en voz alta.
Camila salió de la cocina a pasos rápidos, aún con la ropa del trabajo, pero con aspecto de haber descansado un poco tras su urgencia.
—¡Mis amores! ¿Qué tal el helado con la tía...? —empezó a decir con una sonrisa radiante.
Pero la frase se le quedó a medias. Liam pasó por su lado sin mirarla, subiendo las escaleras a toda prisa y dando un portazo en su habitación. Hazel, con los ojos aún hinchados, se abrazó a la pierna de su madre un segundo, soltó un gemido frustrado y echó a correr, subiendo también para encerrarse en el cuarto de juegos.
Camila se quedó congelada en mitad del pasillo, parpadeando con absoluta confusión antes de girarse hacia mí.