POV Camila
El aire en casa se había vuelto sofocante. Desde la tarde anterior, el silencio entre Liam y Hazel era como un muro invisible pero infranqueable. Apenas se miraban, y cada intento por mi parte de suavizar las cosas solo parecía avivar una hoguera de tensiones que ni ellos mismos sabían cómo gestionar a sus cuatro años.
Durante la cena, el ambiente colapsó por completo. Había preparado sus platos favoritos intentando buscar una tregua, pero el plato de Hazel permaneció intacto.
—Hazel, cariño, tienes que comer algo —dije con la voz más suave que pude reunir, acercándome a ella—. Y no puedes seguir sin hablarle a tu hermano. Sé que estás enfadada, pero...
—¡No es solo con él! —Estalló Hazel de pronto. Dejó caer el tenedor contra la mesa con un golpe seco y sus ojitos, rojos por el cansancio y las lágrimas reprimidas, se clavaron en los míos con una rabia descorazonadora—. ¡Es contigo también! ¡Todos nos guardáis secretos! ¡Sé que hay cosas que no nos contáis y no es justo!
Sentí como si me clavaran una espina directamente en el pecho.
—Hazel, ¡no le hables así a mamá! —Saltó Liam de inmediato. Se puso de pie sobre su silla, apretando los puños con esa gravedad prematura que siempre me encogía el corazón—. Mamá no ha hecho nada malo. ¡Cállate ya!
—¡No me voy a callar! —le gritó su hermana, bajando de la silla de un salto y temblando de frustración—. ¡Quiero saber la verdad!
—¡Basta, los dos, por favor! —Supliqué, sintiendo que el dolor me ahogaba.
Verlos así, divididos y sufriendo por culpa de un secreto que yo sola había cargado durante cuatro años, me destruyó. La escena terminó en llantos desconsolados, comida fría y dos niños agotados emocionalmente. Comprendí que no podía alargar más esta agonía. Protegernos del dolor solo estaba causando más daño.
—A la sala. Los dos. Ahora —ordené con una firmeza que me costó la vida impostar.
Se encaminaron al salón en silencio, sorbiéndose la nariz. Me arrodillé en la alfombra justo frente al sofá donde se habían sentado, tomando sus pequeñas y frías manos entre las mías.
—Escúchadme bien —empecé, tratando de fijar la voz aunque las lágrimas amenazaran con nublarme la vista—. Os amo más que a nada en este mundo. Y tenéis razón. Ha llegado el momento de hablar. No quiero que os peleéis más, y mucho menos por esto.
Liam bajó la cabeza, apretando los labios con una angustia que me partió el alma.
—Mamá, no... no hace falta que digas nada —susurró mi pequeño guardián, intentando protegerme una vez más del sufrimiento que él intuía en mi voz.
—¡Sí, Liam, sí hace falta! —protestó Hazel.
Les acaricié las mejillas a ambos, sintiendo la responsabilidad del universo sobre mis hombros.
—Tenéis un papá —dije por fin. Las palabras salieron de mi garganta liberando un peso aplastante—. Está aquí, en el pueblo. Está muy cerca... y tiene muchísimas ganas de conoceros.
Tomé aire, preparando mi corazón para pronunciar el nombre de Dominic y explicarles todo con infinita delicadeza. Pero antes de que pudiera articular la primera sílaba, Hazel abrió mucho los ojos. Una chispa de triunfo y asombro iluminó su rostro.
—¡Es Dominic! —exclamó.
El mundo se detuvo. Me congelé en mi sitio, sintiendo cómo el aire se me escapaba por completo de los pulmones. Un escalofrío me recorrió la espalda de arriba abajo.
—¿Qué...? —balbuceé, mirándola con la mente en blanco—. Hazel... ¿De qué estás hablando? ¿De dónde sacas eso?
—¡Es él! —insistió Hazel, poniéndose de pie sobre el sofá y señalando hacia la ventana con vehemencia—. Salía en la tele el otro día con las camisetas de hockey. ¡Tiene los mismos ojos que Liam y mi mismo pelo! Y... y el otro día, cuando buscaba ceras en tu cajón, encontré una foto tuya de hace mucho tiempo. Estabas abrazada a él y sonreías como nunca. ¡Es él, mamá! ¡Es Dominic!
El corazón me daba volteretas violentas en el pecho. Jamás, ni en mis cálculos más remotos, imaginé que la perspicacia de mi hija encajaría las piezas antes de que yo pudiera guiarla.
—¡No! ¡Eso no es verdad! —gritó Liam al lado de su hermana, poniéndose rojo de la rabia y negando con la cabeza con desesperación—. ¡Te lo estás inventando, Hazel! ¡No puede ser él!
—¡Que sí es verdad! —chilló la pequeña.
—¡Basta, por favor, escuchadme! —Intervine, poniendo mis manos sobre sus rodillas para frenar el cruce de gritos. Miré a Liam a los ojos, con todo el amor y la verdad de la que era capaz—. Liam, mi amor... tu hermana tiene razón. Sí. Dominic es vuestro padre.
La confesión quedó flotando en el aire, irreversible.
A Hazel se le dibujó una sonrisa radiante, enorme, donde toda la rabia de los días anteriores se disipó en un segundo.
—¡Lo sabía! —celebró dando palmas de pura emoción—. ¡Tenemos un papá y es un jugador de hockey famoso!
Pero al mirar a Liam, mi mundo se desmoronó. En su cara no había alegría. Había una mezcla desgarradora de traición, miedo y rechazo absoluto.
—¡No! —gritó mi pequeño, apartándose de mi contacto como si mi tacto le quemara—. ¡No lo quiero! ¡No necesitamos a nadie! ¡Hemos estado bien sin él todo este tiempo!
—Liam, mi vida, escúchame, por favor... —Supliqué, extendiendo las manos hacia él.
—¡No me toques! —chilló, con las lágrimas brotándole a borbotones.
Antes de que pudiera reaccionar o sujetarlo, Liam saltó del sofá. Corrió a ciegas por el pasillo, empujó la puerta de cristal que daba al jardín trasero y salió corriendo hacia la penumbra de la noche, llorando desconsoladamente mientras la puerta se cerraba de golpe tras él.
—¡Liam! —grité, sintiendo que el pánico volvía a apoderarse de mi pecho mientras salía corriendo tras él.