POV Dominic
Llevaba dos días atrapado en una vorágine insoportable. Entre las agotadoras sesiones de fisioterapia para intentar acelerar la recuperación de mi hombro y la interminable rueda de reuniones y llamadas con patrocinadores, sentía que no había tenido un segundo para respirar. Limpiar mi nombre tras la patraña de Victoria y contener las garras de la prensa estaba siendo un verdadero infierno, pero cada vez que el cansancio amenazaba con tumbarme, pensaba en Camila y en los niños. Ellos eran la única razón por la que mantenía la cabeza erguida.
Esa noche, la tormenta parecía haber dado un pequeño respiro. Estaba en el salón de mi casa con mi madre y Jace. El ambiente era inusualmente tranquilo; mi madre servía un té mientras Jace intentaba sacarnos una sonrisa con una de sus absurdas anécdotas sobre los entrenamientos de la temporada pasada.
—Te digo que si ese novato vuelve a tropezarse con su propio stick, voy a pedir que lo envíen de vuelta a la liga menor —decía Jace, haciendo un gesto exagerado con las manos.
Dejé escapar una breve risa, apoyando la espalda contra el sofá mientras intentaba no mover el hombro más de la cuenta. Por primera vez en cuarenta y ocho horas, sentía que podía relajarme.
Entonces, el timbre de la puerta principal resonó por toda la casa.
Los tres nos quedamos en silencio un instante. Eran casi las diez de la noche y nadie esperaba visitas a estas horas.
—Iré yo —dijo Jace, poniéndose en pie con gesto curioso—. Si es la prensa otra vez, prometo soltarles al perro que ni siquiera tienes.
Lo observamos caminar hacia el vestíbulo. Escuché el chasquido de la cerradura al abrirse y, de pronto, un silencio absoluto y helado se apoderó de la entrada. Jace no dijo nada. Se quedó completamente congelado bajo el marco de la puerta.
—¿Jace? ¿Quién es? —preguntó mi madre, alzando la voz desde el salón.
Un sollozo desgarrador, ahogado y roto atravesó el pasillo.
Ese sonido me atravesó el pecho como una descarga eléctrica. Me puse en pie de golpe, ignorando el pinchazo agudo en mi hombro, y mi madre se levantó a mi lado con la taza suspendida en el aire.
Avancé a pasos agigantados hacia la entrada. Al llegar junto a Jace, la escena que se desplegó ante mis ojos me dejó sin aliento, helándome la sangre en las venas.
Era Camila.
Estaba empapada por la fina lluvia de la noche, con el rostro cubierto de lágrimas, pálida y temblando de forma incontrolable. En sus brazos sostenía con fuerza a Hazel, que lloraba desconsoladamente, escondiendo la cara en el cuello de su madre con los puñecitos apretados.
—Jace... déjalas pasar, por favor —ordené con la voz estrangulada, haciéndolo a un lado.
—Camila... Dios mío, ¿qué ha pasado? —exclamó mi madre, acercándose a toda prisa con una expresión de horror.
Camila dio un par de pasos hacia el interior de la casa, pero las piernas parecieron fallarle. Nos dio la impresión de que se desmoronaría en cualquier segundo. La rodeé con cuidado, intentando sostenerla sin asustarla, sintiendo el temblor violento que recorría su cuerpo.
—Dominic... —su voz era un hilo roto, ahogado por el llanto—. Yo... no sabía a dónde ir...
—Tranquila, estás aquí. Estás a salvo —le dije, sintiendo cómo el pánico me oprimía el corazón—. Háblame, Camila, ¿qué ha ocurrido?
Trató de tomar aire, pero las palabras se le atropellaban entre sollozos convulsos.
—Llevaban... llevaban dos días muy raros, peleándose entre ellos... Hazel lo descubrió todo sola, encontró una foto y os vio en la tele... Y hoy... hoy no he podido más y se lo he dicho. Les he dicho la verdad. Les he dicho que eres su padre...
Me quedé helado. El corazón me dio un vuelco violento en el pecho, pero antes de que pudiera procesarlo, Hazel levantó la cara del hombro de su madre. Sus ojos redondos y oscuros —mis propios ojos— estaban rojos y anegados en lágrimas.
—¡Es mi culpa! —gritó la pequeña, rompiéndose en un llanto desgarrador que me encogió el alma—. ¡Todo es mi culpa! ¡Liam se ha enfadado conmigo y con mamá porque se lo he dicho y ha salido corriendo al jardín! ¡Mi hermano se ha ido por mi culpa!
El color abandonó mi rostro por completo. Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Cómo que ha salido corriendo? —pregunté, sintiendo que el aire se me congelaba en los pulmones.
—Ha saltado la valla del jardín trasero hacia la zona del bosque —explicó Camila, desbordada por completo, con la voz quebrada por el pánico—. Llevo más de una hora buscándolo a oscuras con la linterna del móvil, gritando su nombre... No está, Dominic. Mi niño no está. Tenía tanto miedo de que le hubiera pasado algo que he venido a buscarte...
Un frío brutal me recorrió la columna vertebral. Mi hijo. Mi pequeño Liam de cuatro años estaba solo, asustado y perdido en mitad de la noche.
—Escúchame bien, Camila. Lo vamos a encontrar —dije con una firmeza tajante que ni yo mismo sabía de dónde sacaba, tomándola suavemente del rostro para obligarla a mirarme—. Te prometo por mi vida que lo vamos a encontrar sano y salvo.
Me giré hacia mi madre, que observaba la escena con las manos en la boca y los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá —dije, sujetando a Hazel con delicadeza para trasladársela a sus brazos—. Quédate aquí con Hazel. Cuídala, por favor. Necesita calmarse.
Mi madre no dudó ni un segundo. Abrazó a su pequeña niñita con un instinto maternal protector, asintió con la cabeza.
—Ve a buscar a mi nieto, Dominic —dijo con la voz firme—. Yo me ocupo de ella.
Miré a Jace, que ya estaba cogiendo su chaqueta pesada y las llaves del Jeep del perchero. En sus ojos no había ni una pizca de broma; solo la lealtad ciega del hombre que estaría dispuesto a ir al infierno conmigo si hiciera falta.
—Tengo las linternas grandes en el maletero. Vamos —dijo Jace.
—Camila, ven con nosotros. Nos vas a guiar por donde lo viste por última vez —le dije, tomándole la mano con fuerza para transmitirle toda la seguridad que me quedaba.