POV Dominic
La lluvia fina se transformaba por momentos en un cortinaje denso que dificultaba la visión. Los haces de luz de las linternas cortaban la oscuridad del bosque circundante a la casa de Camila, creando sombras alargadas y amenazantes entre los troncos de los árboles.
—¡Liam! —Gritaba Camila, con la voz desgarrada y rota por el desgaste emocional—. ¡Liam, por favor, responde a mamá!
La desesperación de Camila había alcanzado un punto crítico. Avanzaba a trompicones entre la maleza, tropezando con raíces y ramas bajas. Corrí hacia ella para sujetarla del brazo antes de que se desplomara sobre el barro.
—Camila, tienes que reducir el ritmo —le dije, intentando mantener la voz lo más firme posible a pesar del nudo que me ahogaba la garganta—. Si te lesionas o pierdes el conocimiento por el pánico, no le serviremos de nada a nuestro hijo.
Ella me apartó la mano de un manotazo violento, mirándome con unos ojos desorbitados donde la angustia se mezclaba con el reproche.
—¡No me pidas que me calme, Dominic! —estalló, encarándose conmigo en mitad del sendero embarrado—. ¡No tienes ni idea de lo que se siente! ¡Es mi niño! ¡Lleva más de dos horas solo en mitad de la noche! Si le pasa algo... si cae por el barranco...
—¡También es mi hijo! —solté de golpe, sintiendo que la presión dentro de mi pecho finalmente estallaba—. ¡¿Crees que esto no me está destruyendo por dentro?! ¡Llevo buscando a mi hijo desde que me enteré de su existencia y no voy a parar hasta encontrarlo!
Nos quedamos mirándonos durante dos segundos eternos, agitados, bajo el susurro constante de la lluvia sobre las hojas. El dolor que ambos compartíamos era una losa aplastante.
—Nos estamos equivocando —intervino Jace, acercándose con su linterna de alta potencia—. Discutiendo solo perdemos tiempo. La propiedad es enorme. Propongo dividirnos: yo iré hacia la zona del arroyo. Camila, revisa el perímetro este, cerca del vallado. Dominic, toma la senda del norte, la que sube hacia la colina.
Camila asintió lentamente, limpiándose las lágrimas mezcladas con agua de lluvia con el dorso de la mano.
—De acuerdo —murmuró, dedicándome una mirada breve pero cargada de una tregua implícita—. Mantened los walkie-talkies encendidos.
Nos separamos. Me adentré en la masa de árboles hacia la zona más elevada del terreno. El hombro me escocía con un dolor sordo y pulsátil por el esfuerzo físico, pero mi mente estaba completamente ciega a cualquier molestia. Solo había una imagen en mi cabeza: un pequeño de cuatro años asustado en la penumbra.
Giré a la izquierda siguiendo un viejo camino de tierra. La linterna iluminaba apenas unos metros por delante. Fue entonces cuando recordé un detalle de la conversación que Camila me contó sobre los juegos de los niños: «Liam siempre busca lugares altos cuando quiere esconderse».
Alcé la linterna hacia la copa de un enorme roble que destacaba sobre el resto.
Ahí estaba.
A unos cuatro metros de altura, apoyada entre las ramas principales, se divisaba una pequeña estructura de madera con un tejado de chapa: una casa de árbol.
Me acerqué a la base del tronco a pasos rápidos. Mi corazón empezó a latir a un ritmo frenético. Apunté la luz hacia la pequeña plataforma de entrada a la que se accedía por una escalera de peldaños clavados en la madera.
Enganchada en uno de los clavos del borde de la puerta, vi una pequeña tela roja.
La chaqueta de Liam.
Tragué saliva, intentando contener el temblor de mis manos. Apagué la linterna para no deslumbrar y comencé a subir los escalones de madera con un cuidado infinito, intentando no hacer crujir la estructura.
Llegué a la pequeña plataforma y me detuve frente a la puerta de madera carcomida. Desde el interior se escuchaba un sollozo ahogado, pequeño y frágil.
Llamé suavemente con los nudillos.
—¿Liam? —dije en un susurro cargado de prudencia.
El llanto del interior se cortó de golpe.
—¡Vete! —Resonó una voz infantil, quebrada y llena de rabia—. ¡Vete, no quiero ver a nadie! ¡Déjame en paz!
Apoyé la palma de la mano contra la puerta, sintiendo una punzada de dolor en el alma que superaba a cualquier lesión física que hubiera sufrido en el hielo.
—Liam... no me voy a ir —respondí despacio—. Tu madre está muy preocupada, buscando por todo el bosque. Tu hermana Hazel no para de llorar en mi casa porque piensa que esto es culpa suya. Tienes que saber que están bien, pero necesitamos volver.
—¡No voy a volver! —chilló el pequeño desde el otro lado—. ¡No quiero verte!
Empujé la puerta lentamente. La bisagra oxidada emitió un gemido antes de ceder.
En la esquina más alejada de la casita, acurrucado sobre sí mismo con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándose las piernas, estaba Liam. Llevaba el pelo mojado pegado a la frente y la cara completamente manchada por las lágrimas y la suciedad del camino.
Me adentré en el reducido espacio, quedando arrodillado frente a él para estar a su misma altura.
—Sé que estás asustado y enfadado —comencé a decir, tratando de mantener un tono de voz firme y calmado—. Pero no puedes quedarte aquí. Hace frío y te vas a poner enfermo.
Liam levantó la cabeza de golpe, clavando en mí sus ojos oscuros, idénticos a los míos, brillantes por la indignación.
—¡No me importa! —me recriminó con las lágrimas brotando sin control—. ¡Llegas ahora! ¡¿Dónde has estado todo este tiempo?!
Las palabras del niño cayeron sobre mí como un impacto frontal.
—Liam...
—¡En el colegio todos los niños hablaban de sus papás! —prosiguió el pequeño, con la voz rota por un dolor acumulado que nadie sabía que guardaba—. ¡Muchos se burlaban de mí porque yo no tenía uno! ¡Me decían que mi papá no me quería y que por eso no estaba! Y ahora... ahora resulta que sí existes. ¡Estabas ahí todo este tiempo y no viniste! ¡Nos abandonaste a mamá, a Hazel y a mí!