Todo lo que nos robaron

Capítulo 54: El abrazo que lo cura todo

POV Camila

Los minutos que siguieron a la llamada de Dominic fueron los más largos y agónicos de toda mi vida.

Cuando su voz sonó a través del altavoz del walkie-talkie diciendo aquellas cuatro palabras—«Lo tengo. Está bien»—, el mundo volvió a tener aire. Jace y yo corrimos de vuelta al coche para regresar a la casa de Dominic, donde nos dijeron que nos reuniríamos para que Liam pudiera cambiarse de ropa seca inmediatamente.

Esperábamos en el camino de entrada, bajo la luz del porche. Jace estaba a mi lado, en silencio pero atento, mientras la llovizna comenzaba a cesar. Mi corazón latía a mil por hora, impaciente, incapaz de quedarme quieta.

En cuanto los faros del coche de Dominic aparecieron al final de la calle y el motor se apagó frente a la casa, no pude esperar un segundo más.

Salí corriendo hacia la puerta del copiloto.

Dominic acababa de bajarse y abría la puerta trasera. Antes de que pudiera tocar el suelo, estiré los brazos y saqué a Liam de la silla. Lo pegué a mi pecho con una fuerza desesperada, hundiéndome en su pequeño cuello húmedo mientras un llanto amargo y de puro alivio se me escapaba de la garganta.

—¡Liam! Dios mío, mi amor... —sollocé, llenándole la cara, las mejillas y el pelo de besos sin parar—. Mi vida, mi niño precioso... Pensé que te perdía.

—Mamá... —Liam me rodeó el cuello con sus bracitos con una fuerza tremenda, escondiendo el rostro en mi hombro y llorando junto conmigo—. Perdóname, mamá... Lo siento mucho. No quería asustarte.

—No pasa nada, mi amor, ya estás aquí. Estás a salvo —le susurré, acunándolo contra mí, sintiendo que los latidos de su corazón por fin se acompasaban con los míos.

En ese momento, la puerta principal de la casa se abrió de par en par. Hazel salió corriendo por el porche, descalza, con los ojos aún hinchados.

—¡Liam! —gritó la pequeña.

Se abalanzó sobre nosotros. Me dejé caer de rodillas sobre la hierba húmeda para ponerme a su altura. Liam se deslizó de mis brazos y, en cuestión de un segundo, los dos hermanos se envolvieron en un abrazo apretado y torpe.

—¡Perdóname, Liam! —lloró Hazel, apretando la cara contra el hombro de su hermano—. ¡No quería enfadarte! ¡No quiero que te vayas nunca más!

—Tú también perdóname, Hazel —respondió Liam, limpiándose las lágrimas con la manga mojada—. Soy un mal hermano, lo siento.

Los tres nos abrazamos en el suelo, llorando y riendo a la vez, sintiendo cómo los trozos de nuestra pequeña familia se volvían a juntar después del vendaval.

Cuando el llanto aflojó y pudimos recuperar la respiración, nos quedamos en silencio unos segundos. Nos pusimos de pie despacio.

Liam se giró y miró a Dominic, que permanecía a un par de metros de distancia. Dominic nos observaba con la mirada brillante, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y una expresión de infinita vulnerabilidad en el rostro.

Liam no lo dudó. Dio dos pasos hacia él y le agarró la mano. Luego, Hazel sonrió y se abrazó a una de sus piernas. Dominic pareció quedarse sin aliento por un instante antes de agacharse y envolver a los dos pequeños en sus brazos con un cuidado infinito, pegándolos a su pecho.

Desde los escalones del porche, escuché un sollozo ahogado. Miré hacia arriba y vi a Katherine, la madre de Dominic, llevándose una mano a la boca mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas al ver a su hijo abrazando a sus nietos por primera vez. A su lado, Jace mantenía una sonrisa enorme, radiante de orgullo por su amigo.

—¡Mamá, ven! —chilló Hazel desde el abrazo, estirando una mano hacia mí.

—¡Sí, mamá, ven aquí! —añadió Liam.

Antes de que pudiera reaccionar, los dos niños tiraron de mí y Dominic extendió su brazo libre para envolverme a mí también. Me arrastraron al centro de ese abrazo gigante. Terminé unida a ellos entre risas y lágrimas, sintiendo el calor del cuerpo de Dominic rodeándonos a los tres, protegiéndonos del frío de la noche.

—Vamos dentro antes de que os congeléis —dijo Dominic cerca de mi oído, con la voz aún rasgada por la emoción pero llena de una alegría absoluta.

Entramos en la casa entre alboroto y calor. Katherine se puso en marcha de inmediato, preparando toallas limpias y secas mientras Jace ayudaba a llevar la ropa de recambio. Dominic y yo llevamos a los dos niños al baño principal.

Entre risas, bromas sobre el barro en las zapatillas de Liam y salpicaduras de agua en la bañera, lavamos y secamos a los dos pequeños. Por primera vez en cuatro largos años, el peso de las mentiras y los miedos había desaparecido por completo. Miré a Dominic mientras le secaba el pelo a Liam con una toalla y él me devolvió la mirada con una sonrisa sincera. El camino por delante no sería fácil, pero viendo a nuestros hijos reír en esa habitación, supe que habíamos encontrado, por fin, nuestro hogar.




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