POV Camila
El sol matutino se colaba con suavidad por las ventanas de la segunda planta, iluminando la habitación de invitados. Al abrir los ojos, lo primero que vi fue la imagen de Liam y Hazel, profundamente dormidos y abrazados en la cama grande. La noche anterior, tras el reencuentro y las lágrimas, Savannah había aparecido en la casa con varias cajas de pizza, logrando que el ambiente se llenara de risas, historias disparatadas de Jace y una calma que necesitábamos con desesperación.
Me levanté en silencio para no despertarlos y bajé las escaleras a pasos lentos. La casa estaba tranquila. Al llegar al salón, me percaté de que la puerta que daba al porche trasero estaba entreabierta, dejando entrar una brisa fresca.
Caminá hacia allí y lo vi.
Dominic estaba sentado en uno de los sillones de madera del porche. Llevaba una taza de café en una mano y se sostenía una bolsa de hielo contra el hombro lesionado con la otra. Tenía la mirada perdida en el jardín, con el torso cubierto por una camiseta básica y el pelo ligeramente revuelto por la mañana. La caja que le entregué la noche anterior estaba encima de la mesa del porche.
Deslicé la puerta un poco más y salí al porche.
—¿Te duele mucho? —pregunté con voz suave para no sobresaltarlo.
Dominic se giró hacia mí y una sonrisa genuina, cálida y tranquila, iluminó su rostro cansado.
—Está un poco inflamado por el esfuerzo de anoche, pero no es nada grave —respondió, dejando el hielo en la mesa y señalando el asiento a su lado—. Buenos días. ¿Cómo han dormido los niños?
—Como troncos —sonreí, sentándome a su lado y recogiendo mis piernas contra el pecho—. Dominic... quería pedirte perdón. Por lo de anoche en el bosque. Te grité y te dije cosas horribles cuando estaba fuera de mí por el pánico.
Él negó con la cabeza de inmediato, extendiendo la mano para cubrir la mía con firmeza.
—No tienes nada por lo que pedir perdón, Camila. Estabas asustada por nuestro hijo. Yo habría reaccionado exactamente igual. Lo único que importa es que están a salvo.
Nos quedamos en silencio unos momentos, un silencio cómodo que hacía años no compartíamos. El vapor de su café subía lentamente en el aire fresco de la mañana.
—¿Sabes qué? —rompió él la calma, mirándome directamente a los ojos con una intensidad que me hizo contener el aliento—. Hacía cuatro años que no me sentía así. A pesar de todo el caos, de la prensa y de los problemas... estoy feliz. Muy feliz.
—Dominic...
—Escúchame, Camila —interrumpió con voz baja pero firme, apretando suavemente mis dedos—. Tenerte aquí, ver a Liam y a Hazel... me ha hecho darme cuenta de lo vacío que estaba todo antes. No solo quiero ser el padre de los niños. Te quiero a ti. Nunca dejé de quererte. Quiero que volvamos a intentarlo, que recuperemos el tiempo que nos quitaron.
El corazón me dio un vuelco en el pecho. Sus palabras calaron muy hondo, derribando las últimas murallas que me quedaban. Me incliné despacio hacia él, guiada por el mismo sentimiento que nunca se apagó, y vi cómo él acortaba la distancia, buscando mis labios.
Pero justo cuando nuestros rostros estaban a milímetros de distancia...
Un estruendo de puertas metálicas al abrirse rompió la paz del porche.
El chirrido de neumáticos sobre la grava del camino de entrada me hizo dar un brinco en el asiento. Antes de que pudiéramos reaccionar, varias furgonetas con antenas de televisión frenaron en seco frente al jardín. En cuestión de segundos, decenas de fotógrafos y periodistas saltaron de los vehículos, corriendo hacia la valla del porche con cámaras, micrófonos y focos deslumbrantes.
—¡Dominic! ¡Dominic, por aquí! —empezaron a gritar en tropel, con los flashes cegándonos en mitad de la mañana.
Me quedé paralizada, en shock, mientras Dominic se ponía de pie de un salto, colocándose instintivamente delante de mí para taparme de los objetivos.
—¡¿Quién es la mujer que está contigo?! —gritó una reportera desde el frente, empujando su micrófono sobre la valla.
—¡Dominic! ¿Es verdad que esa mujer tiene dos hijos tuyos ocultos? ¡Una declaración para la cadena nacional!
El pánico volvió a atenazarme la garganta. La pesadilla mediática había encontrado la casa. Dominic levantó una mano con el rostro totalmente desencajado por la rabia.
—¡Largaos de mi propiedad privada ahora mismo! —rugió con una voz que hizo eco en todo el jardín.
Pero los periodistas, lejos de acobardarse, continuaron disparando preguntas a grito pelado. Un reportero con un micrófono amarillo se abrió paso a codazos entre la multitud y formuló una pregunta que congeló el aire del porche por completo:
—¡Dominic, responde a esto! ¡¿Es cierto que Victoria estaba embarazada de un hijo tuyo, que la abandonaste por irte con esta mujer y que debido al estrés ella perdió al bebé?!
El eco de aquella atrocidad resonó en mis oídos como una explosión. Sentí cómo la sangre se me congelaba en las venas y la respiración volvía a cortárseme. Miré a Dominic, cuya expresión de incredulidad y furia pura reflejaba el mismo horror que me estaba destruyendo por dentro. Escuché los pasos apresurados de Jace y Katherine corriendo desde el interior de la casa hacia el porche, pero sus voces llegaron a mí como si estuviera sumergida bajo el agua.
Contemplé la vorágine de flashes, las cámaras que nos devoraban y el abismo de mentiras que amenazaba con tragarse a mis hijos. Y en ese instante, mientras las lágrimas volvían a quemarme los ojos, una certeza amarga me atravesó el pecho: la paz nunca llegaría para nosotros.