POV Jace
Noviembre de 2022, Seattle.
El aire frío de Seattle en pleno noviembre de 2022 me quemaba los pulmones, pero no me importaba. Caminé a pasos agigantados por la acera húmeda, masticando una rabia negra que llevaba días acumulándose en mi pecho.
La escena en la cena familiar había sido la misma historia de siempre. Mi padre alzando su copa por Andrew, el hijo perfecto, el estudiante de Derecho en una universidad de elite, el modelo impecable al que todos debían admirar. Y luego la mirada de decepción hacia mí, el hijo menor, el «alma libre» que solo sabía meterse en peleas en la pista de hielo, suspender asignaturas de relleno y rehusar la vida que habían planeado en los despachos de la familia.
Estaba harto. Harto de las comparaciones, harto de no ser Andrew y, sobre todo, harto de sentir que en mi propia casa era un estorbo. Harto de sentir que me faltaba él.
Necesitaba un trago. O diez.
Giré en la esquina de la tercera avenida y me adentré en el callejón donde parpadeaba el cartel de neón desgastado del Blue Note, un bar subterráneo de ladrillo visto, iluminación tenue y un olor permanente a madera vieja y cerveza derramada. Bajé los tres escalones de la entrada y empujé la puerta pesada de roble.
El murmullo bajo de la música jazz y el tintineo de los vasos me recibieron al instante. Caminé directo hacia la barra, listo para pedir el whisky más fuerte de la casa, cuando Miller, el dueño del local y un viejo conocido de mi hermano mayor, se apoyó sobre la barra y me clavó una mirada cansada tras sus gafas de pasta.
—Ni lo pienses, Jace —dijo Miller antes de que pudiera abrir la boca, limpiando un vaso con un trapo sucio—. No necesito a otro joven solitario amargado tratando de ahogar sus penas en mi barra esta noche.
Arrugué el ceño, sacando la cartera del bolsillo de la chaqueta.
—¿De qué cojones hablas, Miller? Solo he venido a tomar algo en paz.
Miller soltó un bufido sarcástico y con el trapo señaló levemente hacia el taburete del extremo más alejado de la barra, sumido en la penumbra.
—Allí tienes la cuota de dramas por hoy. No quiero que me espantéis al resto de los clientes.
Giré la cabeza con curiosidad. La esquina estaba casi a oscuras, pero la luz del neón azul reflejaba la figura de una chica sentada a solas. Tenía una copa de ginebra entre las manos, la cabeza apoyada en una palma y los hombros encogidos tras una chaqueta de cuero desgastada. Su pelo rubio como el oro le caía por los costados y tapaba sus ojos mientras murmuraba por lo bajo y soltaba pequeños sollozos.
Había algo en ella que atrapó mi atención de inmediato. Tenía unos rasgos finos y deslumbrantes, pero lo que de verdad me sacó de sitio fue su cara al acercarme un par de pasos: llevaba dos enormes manchas oscuras debajo de los ojos. El rímel corrido por las lágrimas le cubría las mejillas en dos surcos desiguales.
Parecía un panda gigante. Un panda terriblemente atractivo, pero un panda al fin y al cabo.
La ira que traía de mi casa se disipó ligeramente ante la curiosidad. Olvidándome de Miller, caminé hacia el taburete vacío a su lado y me senté sin pedir permiso.
—¿Lugar ocupado? —pregunté con mi tono más despreocupado.
La chica ni siquiera levantó la cabeza de la barra. Solo dejó salir un suspiro dramático que olía a ginebra y frutas.
—Si eres un tío con ganas de ligar, puedes darte la vuelta e irte al infierno —balbuceó, arrastrando las palabras con una lentitud exagerada—. Todos los hombres sois exactamente iguales. Basura egocéntrica. Os odio a todos. A ti también, señor de la chaqueta negra.
No pude evitar soltar una risotada.
—Menuda bienvenida, Panda. Y no me odias, ni siquiera me has visto la cara.
Eso hizo que reaccionara. Levantó la cabeza de golpe, intentando enfocarme con los ojos muy abiertos, parpadeando despacio como si su cerebro tardara tres segundos más de lo normal en procesar mi imagen.
Me quedé mirando sus ojos, parecían tristes, como los míos.
—¿Cómo... me has llamado? —protestó, haciendo un esfuerzo enorme por poner cara de mala—. ¿Panda? Yo no soy un panda. Los pandas son adorables y comen bambú. Yo no como bambú, yo como... patatas fritas.
—Panda —repetí, señalándome mis propios ojos—. Mírate en el espejo. Llevas dos antifaces de rímel. Pareces un panda que acaba de salir de un combate de boxeo.
Ella abrió la boca, escandalizada, e intentó mirarse en el reflejo de las botellas de la barra. En el proceso, calculó mal la distancia de la servilleta y casi tira su copa, pero la sujeté a tiempo antes del desastre.
—¡Hey! El vaso intenta huir de mí —protestó, señalando la copa con un dedo acusador—. Y tú no te rías. Mi exnovio es un imbécil. Bueno, mi exnovio desde hace... —miró su reloj de pulsera durante diez segundos enteros con el ceño fruncido—... no sé leer la hora ahora mismo, pero desde hace un rato. Decidió que yo era "demasiado complicada" y se fue con una chica que se llama Vanesa. ¡Vanesa! ¿Quién se llama Vanesa hoy en día?
—Una Vanesa suena a problema seguro —asentí con total gravedad, pidiéndole dos refrescos a Miller para intentar frenar la sangría de alcohol.
—¡Exacto! ¡Es un nombre muy sospechoso! —exclamó ella, dando un taconazo en el suelo que la hizo bambolearse sobre el taburete. Se sujetó a mi hombro para no caerse y se me quedó mirando muy de cerca, analizando mi cara a escasos centímetros—. Oye... tú tienes una nariz muy recta. ¿Es de verdad o te la has comprado?
Solté una carcajada limpia que resonó por todo el bar.
—Es mía de fábrica, Panda. Viene de serie.
—Pues me cae mal tu nariz por ser tan perfecta —murmuró, volviendo a dejarse caer en la barra con un puchero cómico—. En cambio, mi vida es un desastre. La gente se toma todo demasiado en serio. La universidad, las citas, las películas... ¿Tú sabes lo que la gente dice cuando les pregunto por sus películas favoritas? «Oh, sí, me encanta el cine independiente francés». ¡Mentira! ¡Nadie entiende el cine francés!