Todo por Tí

Capítulo 2

Pasaron cuarenta y tres días.

Los conté uno por uno, como quien cuenta las cuentas de un rosario roto, esperando que el último grano trajera la paz. Pero la paz no llegó. Llegó algo peor: la calma tensa de quien sabe que una tormenta se acerca, pero no sabe cuándo ni desde dónde.

Mi hermana Martina me había dado su sofá, su paciencia y su nevera llena de comida que apenas tocaba. Pasaba las horas mirando el techo, escuchando los ruidos de la ciudad que seguía su curso mientras yo me había detenido en el tiempo. A veces, por las noches, creía oír su voz llamándome desde la calle, y me levantaba corriendo a la ventana como una idiota, solo para encontrarme con el vacío.

Pero esa noche, la noche número cuarenta y tres, todo cambió.

Eran las dos de la madrugada cuando el timbre sonó. No un timbre suave, cortés, de visita inesperada. Era un timbre insistente, desesperado, como el de alguien que está al borde de un precipicio y necesita que le abran antes de saltar.

Martina se levantó furiosa, con el pelo alborotado y la boca llena de insultos que se le murieron en los labios cuando abrió la puerta.

—¿Qué mierda haces tú aquí? —siseó, pero no cerró la puerta.

Sentí que el corazón se me paraba. No necesitaba ver su rostro para saber quién era. Lo reconocí en el olor de su colonia, en la forma en que su respiración entrecortada llenaba el pasillo, en el silencio culpable que siempre lo precedía cuando había hecho algo mal.

—Necesito verla —dijo, y su voz no era la de siempre. No había orgullo, no había exigencia. Era la voz de un hombre que había estado llorando tanto tiempo que las lágrimas se le habían secado dentro—. Por favor, Martina. Solo cinco minutos. Después me voy y no vuelvo a molestarlas.

Mi hermana me miró, buscando instrucciones. Yo seguía paralizada en el sofá, con las mantas enredadas en las piernas, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. No estaba preparada. No había ensayado este momento. No tenía un guion escrito para cuando el fantasma de tu pasado aparece en tu puerta con los ojos enrojecidos y las manos vacías.

—Déjalo pasar —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

Martina abrió la puerta con la misma cara con la que se abre una trampa. Él entró lentamente, como quien camina sobre cristales, y cuando sus ojos encontraron los míos, sentí que el tiempo se detenía.

Había cambiado. No físicamente —era el mismo hombre alto, el mismo pelo desordenado, la misma mandíbula marcada que tantas veces había acariciado—, pero algo en su mirada era distinto. Había perdido ese brillo seguro, esa arrogancia tranquila que siempre lo había acompañado. Ahora sus ojos parecían dos pozos oscuros donde el miedo había hecho su nido.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, y mi voz tembló apenas lo suficiente para que él lo notara.

—Leí tu nota —dijo, dando un paso hacia mí—. La he leído todos los días, cientos de veces. La tengo en la mesilla, la llevo conmigo a todas partes. "Esto no es un adiós. Es un hasta que aprenda a quererme." —repitió, y su voz se quebró—. Y he estado aprendiendo. He estado yendo a terapia, he estado leyendo, he estado escribiendo cartas que nunca te envié porque no sabía si tenías derecho a leerlas o si solo era mi egoísmo buscando tu atención.

Se detuvo a medio metro de mí. Lo suficiente para que pudiera ver el temblor de sus manos, las ojeras que le cruzaban el rostro como cicatrices, la forma en que sus dedos jugaban con un papel doblado que sacó del bolsillo.

—Esta es la primera carta que escribí —dijo, extendiéndomela—. La noche que te fuiste. No sé si quieras leerla. No sé si tengo derecho a pedírtelo. Pero necesito que sepas que todas las palabras que no te dije, todas las veces que callé cuando debía hablar, todas las heridas que causé sin querer, están en estas páginas.

Tomé el papel con dedos temblorosos. No lo abrí. No podía hacerlo delante de él, no todavía. Algo me decía que si leía esas palabras en voz alta, si las hacía mías, todo el muro que había construido alrededor de mi corazón se vendría abajo como un castillo de naipes.

—¿Por qué ahora? —pregunté, y mi voz era un susurro— ¿Por qué esperar a que me fuera para darme lo que siempre necesité?

—Porque era un cobarde —respondió sin titubear—. Porque tenía miedo de que si te daba todo, si te mostraba todas mis grietas, te darías cuenta de que no era el hombre fuerte que creías. De que era tan frágil como tú, tan roto, tan lleno de dudas. Y pensé que si te mostraba mi debilidad, te marcharías. Al final, me marché yo mismo de tu vida años antes de que tú te fueras.

El silencio cayó entre nosotros como un manto pesado. Martina se había retirado a la cocina, pero sabía que estaba escuchando, lista para intervenir si algo salía mal.

—Llevo cuarenta y tres días sin ti —dijo, y sus ojos se humedecieron—. Y en estos días he aprendido más de mí mismo que en los diez años que pasé a tu lado. He aprendido que mi orgullo era una máscara para no enfrentar mis miedos. Que mi distancia era una manera de no comprometerme del todo. Que mi silencio no era fortaleza, era miedo a no estar a la altura.

—Y ahora que lo sabes —dije, sintiendo que el nudo en el pecho se apretaba—, ¿qué esperas que haga? ¿Que vuelva porque por fin te has dado cuenta de lo que perdiste?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.