Todo por Tí

Capítulo 5

El hospital olía a desinfectante y a finales.

Cada paso que dábamos por el pasillo de la tercera planta resonaba como un tambor fúnebre en mis oídos. Daniel caminaba a mi lado, pero su cuerpo estaba en otro lugar, en esa habitación al final del pasillo que sabía que contendría el fantasma de su infancia. Su mano sudaba en la mía, y sus dedos se aferraban a los míos con la fuerza de quien se agarra a un precipicio.

—¿Estás seguro de que quiere verme? —pregunté, deteniéndome antes de la puerta—. No me conoce. Para ella, soy una extraña.

—Eres mi mujer —respondió, y aunque su voz temblaba, había una firmeza en sus palabras que no le había escuchado antes—. Ojalá pudiera decir que eres mi esposa, pero eso es otra historia. Para mí, eres mi mujer. Y Ana necesita saber que tengo a alguien, que no estoy solo.

Abrí la puerta con el corazón latiendo tan fuerte que temía que se escuchara en todo el pasillo.

La habitación era pequeña, blanca, con esa luz fría de los hospitales que hace que todo parezca más real y más irreal al mismo tiempo. Y en la cama, entre sábanas que parecían devorarla, estaba Ana.

No era lo que esperaba.

Esperaba ver a una mujer consumida por la enfermedad, pálida, frágil. Pero Ana, a pesar del cáncer que la estaba matando, tenía una luz en los ojos que no encajaba con el escenario. Su pelo, aunque escaso, conservaba un tono rojizo que le daba un aire de rebeldía. Y cuando nos vio entrar, esbozó una sonrisa que podría haber iluminado todo el hospital.

—Daniel —dijo, y su voz era un susurro, pero lleno de vida—. Has tardado.

Mi pareja soltó mi mano y corrió hacia la cama como un niño que encuentra a su madre después de una larga ausencia. Se arrodilló junto a ella, tomó su mano entre las suyas, y apoyó la frente contra los dedos huesudos de su hermana.

—Lo siento —murmuró—. Lo siento por todo. Por no haberte buscado antes, por no haberte protegido, por no haber estado ahí.

—Tonto —respondió Ana, acariciando su cabeza con una ternura que me rompió el corazón—. Tú tenías tu propia vida. Yo fui la que se fue, yo fui la que eligió desaparecer. No tienes nada que perdonar.

El nudo en mi garganta era tan grande que apenas podía respirar. Me quedé junto a la puerta, sintiendo que era una intrusa en un momento que no me pertenecía, pero también sabiendo que mi lugar estaba ahí, en la sombra, sosteniendo a Daniel sin que él tuviera que pedirlo.

Ana levantó la mirada y me vio. Sus ojos, de un verde claro que recordaba a los de Daniel, me escudriñaron con una intensidad que me hizo sentir desnuda.

—Así que eres tú —dijo, y su sonrisa se ensanchó—. La mujer que logró que mi hermano se derrumbara. La que le hizo entender que el amor no es una batalla que se gana, sino un territorio que se cuida.

No supe qué responder. Mis pies se movieron solos hacia la cama, y mis manos, sin que yo las controlara, buscaron las de Ana. Era un gesto instintivo, como si mi cuerpo supiera que aquella mujer necesitaba contacto humano, calor, algo que la anclara a este mundo que estaba a punto de dejar.

—Él me ha hablado mucho de ti —dije, y mi voz era apenas un hilo—. Aunque ahora sé que no lo suficiente.

Ana soltó una risa débil, que enseguida se convirtió en tos. Daniel se incorporó rápidamente, le ofreció agua, le ajustó la almohada con una delicadeza que nunca le había visto. En ese momento, vi a un hombre diferente. No al orgulloso que había conocido, sino al hermano que había estado esperando, toda su vida, la oportunidad de cuidar de alguien.

—No te culpes —dijo Ana, mirándome directamente—. Él nunca ha sabido contar su propia historia. Yo tampoco. Es una maldición familiar, supongo. Guardar secretos como si fueran tesoros, cuando en realidad son cadenas.

Me senté en el borde de la cama, sintiendo que el mundo se reducía a aquella habitación, a aquella mujer, a aquel momento.

—¿Por qué te fuiste? —pregunté, y la pregunta salió antes de que pudiera detenerla—. ¿Por qué desapareciste de su vida?

Ana cerró los ojos. Por un momento, pensé que se había dormido, pero luego habló, y su voz era la de alguien que ha viajado muy lejos y ha vuelto para contar lo que vio.

—Nuestro padre era un monstruo —dijo, y la palabra cayó pesada en el aire—. No en el sentido de que nos pegara todos los días, aunque también lo hacía. Era un monstruo en la forma en que nos miraba, en cómo nos decía que no valíamos nada, en cómo nos enseñó que el amor era un premio que había que ganar. Daniel era el mayor, el que siempre intentaba protegerme, pero cada vez que lo hacía, papá lo castigaba a él también.

Daniel apretó la mandíbula, pero no dijo nada. Sus ojos estaban fijos en su hermana, como si estuviera viendo la película de su infancia proyectada en sus palabras.

—Una noche, cuando yo tenía quince años —continuó Ana—, papá fue demasiado lejos. No quiero entrar en detalles, pero supe que si me quedaba una noche más, iba a matarme o a matarlo a él. Así que me fui. Tomé una mochila con lo poco que tenía y caminé hasta la estación de autobuses. No miré atrás. No le dije adiós a Daniel porque sabía que si lo veía, no tendría fuerzas para irme.

—Durante años —intervino Daniel, con la voz ronca—, creí que había muerto. Que se había suicidado, que la habían matado, que algo terrible le había pasado. Pero no podía buscarla porque no sabía por dónde empezar, y además, me había prometido que la dejaría ir si eso la mantenía a salvo.




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