Todo por Tí

Capítulo 8

Pasaron dos semanas.

Dos semanas de silencios tensos, de miradas que evitaban encontrarse, de conversaciones que empezaban con "¿cómo estás?" y terminaban con un "bien" que ninguno de los dos creía. Habíamos acordado tomarnos tiempo, pero el tiempo se había convertido en un muro más alto que todos los que habíamos derribado juntos.

Daniel cumplió su promesa. No hubo más mentiras, no hubo más secretos. Pero el problema no era que mintiera. El problema era que ya no me miraba como antes. Algo en sus ojos se había apagado, una luz que solo yo sabía que había existido.

Y esa noche, mientras cenábamos en un silencio incómodo, su teléfono vibró sobre la mesa.

No era una vibración cualquiera. Era esa vibración. La misma que había sonado en el restaurante aquella noche, la misma que precedió a la revelación de Ana. Pero esta vez, cuando miró la pantalla, su rostro no palideció. Se endureció.

—Tengo que contestar —dijo, y su voz era un susurro que no dejaba espacio para preguntas.

Salió al balcón. Yo me quedé mirando la comida enfriarse, sintiendo que el estómago se me encogía en un nudo que ya conocía demasiado bien. Tres minutos. Cinco. Diez. Cuando volvió, su rostro era un mapa de tormentas, pero no del tipo que yo esperaba.

—Era el trabajo —dijo, sentándose frente a mí con una expresión que no lograba descifrar—. Me ofrecen un ascenso. En Barcelona.

El mundo se detuvo.

—¿Barcelona? —repetí, y mi voz sonó extraña, como si no fuera yo quien hablaba— ¿Y cuándo lo has sabido?

—Hace semanas —admitió, y en su voz había una honestidad que dolía—. Pero no sabía cómo decírtelo. No después de todo lo que ha pasado. No después de que por fin estamos empezando a reconstruir algo.

—¿Empezando a reconstruir? —pregunté, sintiendo que la rabia comenzaba a burbujear en mi pecho— ¿Y tú estabas guardándote esto? ¿Mientras yo me rompía la cabeza preguntándome si podía confiar en ti, tú estabas planeando irte?

—No es irme —respondió, y sus manos buscaron las mías, pero yo las aparté—. Es una oportunidad, Marina. Una oportunidad que he esperado años. Pero no voy a aceptarla si tú no quieres.

—¿Y qué se supone que tengo que decir? —pregunté, y mi voz temblaba— ¿Que me vaya contigo? ¿Que deje mi vida, mi trabajo, todo lo que he construido aquí, para seguirte a otra ciudad donde no conozco a nadie? ¿O que me quede y espere a que vuelvas, como he estado haciendo toda la vida?

—No te estoy pidiendo que tomes una decisión ahora —dijo, y su voz tenía una calma que me enfurecía—. Solo quería que lo supieras. Que fuera honesto contigo.

—¿Honesto? —repetí, y una risa amarga escapó de mis labios— ¿Ahora eres honesto? ¿Después de todo lo que ha pasado? ¿Después de que tuviera que encontrar un diario para saber que habías estado con otra mujer?

—¡Eso no tiene nada que ver! —dijo, y su voz se alzó por primera vez— ¡Eso fue hace años, y te he dicho mil veces que no significó nada! ¡Pero esto es mi futuro! ¡Nuestro futuro!

—¿Qué futuro? —grité, levantándome de la mesa— ¿El futuro en el que tú decides por los dos? ¿El futuro en el que yo soy un complemento, un accesorio que te sigue a donde tú quieras? ¡No, Daniel! ¡Ya no!

El silencio que siguió fue eléctrico, cargado de todo lo que no habíamos dicho, de todas las heridas que creíamos curadas pero que solo estaban dormidas.

Él se levantó lentamente. Sus ojos estaban fijos en los míos, y en ellos vi algo que no había visto antes: no era enfado, no era decepción. Era miedo.

—No te estoy pidiendo que me sigas —dijo, y su voz era apenas un susurro—. Te estoy pidiendo que decidamos juntos. Que por una vez, en lugar de huir el uno del otro, hablemos. De verdad.

—¿Hablar? —pregunté, y las lágrimas comenzaron a brotar— ¿Ahora quieres hablar? ¿Después de años de silencios, de mentiras, de secretos? ¿Ahora que estoy agotada, ahora que no sé ni quién soy sin ti, ahora quieres que hablemos?

—Sí —respondió, dando un paso hacia mí—. Ahora. Porque si no hablamos ahora, nunca lo haremos. Y entonces sí que nos habremos perdido para siempre.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No era una discusión más. Era el momento de la verdad, el momento en que teníamos que decidir si estábamos dispuestos a luchar o a dejar que todo se desmoronara.

—Tienes razón —dije, y mi voz sonó cansada, derrotada—. Tenemos que hablar. Pero no sé si tengo fuerzas para hacerlo.

—Entonces déjame hablar a mí —dijo, y se arrodilló frente a mí. No era un gesto dramático, era una súplica—. Déjame decirte todo lo que no he sabido decirte durante todos estos años.

Y entonces, en medio de la cocina, con la cena fría sobre la mesa y el teléfono aún vibrando con la oferta de Barcelona, Daniel comenzó a hablar.

No habló del ascenso. No habló de Valeria ni de Ana. Habló de nosotros. De cómo nos habíamos conocido, de cómo se había enamorado de mí, de cómo el miedo a no ser suficiente lo había ido alejando. Habló de las noches en vela en las que me miraba dormir y se preguntaba cómo alguien tan increíble podía querer a alguien tan roto. Habló de todas las veces que había querido decirme que me amaba pero no encontraba las palabras.




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