Torbellino: El Vuelo de la Mariposa (volumen 3)

Capítulo 13

—¡Llegó el correo! —Gritó uno entre todos ellos. Venía cargado de cajas y más paquetes de todos los tamaños. Encomiendas enviadas por las familias a sus queridos soldados desde casa. Todos ellos corrieron a su encuentro enseguida…Todos, menos Sam quien, siempre que esto ocurría, más bien procuraba apartarse de sus compañeros; siendo ella la única entre todos que nunca recibiese, tan siquiera, una carta mal enviada. Mucho menos artículos personales, alimentos o golosinas como, los que miraba, recibían éstos constantemente, provenientes del calor de sus hogares.

Una razón más por la cual Jacobs siempre la convidaba de sus bienes adquiridos. Éstos venían envueltos y sellados en un gran paquete, enviado con especiales atenciones sólo para él y del cual tomaba parte de su contenido, llenando a Sam de galletas horneadas hechas en casa y barritas de regaliz que, por cierto, ahora eran anunciadas por ella como sus favoritas. La miraba, entonces, tan agradecida y con el rostro iluminado igual que si fuese una niña; apartándose y refundiéndose en algún rincón oscuro con los bienes recién donados. Lista para devorarlos de una vez antes de que a cualquiera, que estuviese allí, se le ocurriese llegar hasta ella pidiendo parte de sus tesoros.

Él nunca se inmiscuyó en su silencio, ni en el por qué de la soledad o el abandono por parte de la familia de la muñeca, como así la llamó desde el primer momento en que la vio cruzar por las puertas de las instalaciones. Supuso que la chica estaba sola, que no tenía a nadie más en la vida; así que, en cierta forma, él llegó a ser considerado como su única familia mientras que estuvo allí.

Ahora que ella tendría que permanecer en el lugar por otros nueve meses; segundo despliegue para ella, el quinto para su amigo, se habían vuelto casi que inseparables y pasaban la mayor parte del tiempo juntos. Sam pensó que si Jacobs, en su determinación, había asumido una carrera militar que le mantenía allí a tiempo completo, ella podría admitir sin ningún problema su segunda asignación; por lo que no se quejó más en sus adentros debido a su mala suerte y continuó sirviendo con firme disposición.

De este modo los meses transcurrieron con lentitud y aquella tarde cuando un nuevo cargamento de envíos llegó a la base, Sam fue la primera en lanzarse sobre las encomiendas de su amigo y apresurándose a quitar el sello de la caja, la abrió para comenzar a esculcar de inmediato su contenido. Se dio a la tarea de averiguar qué nuevos tesoros habrían allí para ella; ya que ahora y sin el permiso de su verdadero destinatario, Sam se tomaba el atrevimiento de actuar sin su consentimiento. Pero no todos se mostraban de acuerdo con su forma de proceder.

—¡Oye! Shhhu Shhhu. Eso no es para ti. ¡Atrevida! —Se escuchó la irritada voz proyectándose a través de un monitor de catorce pulgadas.

Jacobs se encontraba en ese momento sentado frente a su computador y mientras sonreía, los brazos de Sam se arremolinaban, desde atrás, alrededor de su cuello. Su cabeza se acomodó junto a la de su amigo en una evidente manifestación de cariño y procedió a saludar de forma muy amistosa a la imagen de Travis, proyectada a través de la distancia.

Al parecer la conexión en ese momento no era muy buena, porque los malos gestos de Travis se congelaban a cada segundo y sus palabras se cortaban a la mitad de cada frase, haciendo imposible captar el mensaje completo; pero de una cosa sí estaba segura Sam, alguien a miles de kilómetros de distancia, se encontraba muy molesto con ella.

—No te enfades conmigo —pronunció, entonces, dirigiéndose al monitor frente a sus ojos—. Si yo tan sólo busco mis barritas de regaliz —Y volviendo el rostro hacia su amigo, le estampó un sonoro beso sobre la mejilla.

—¿Tuyas? Querrás decir de él —le respondieron desde el otro lado del mundo con tonos entrecortados.

—Si, pero tú sabes muy bien que soy yo quien siempre se las come —mencionó ella con total descaro, en medio de una cínica sonrisa.

—¡Eres una atrevida! Por es... me aseguré de q... este paq...te no las incl...yera...¡Por cierto! —manifestó Travis con fuerza y por medio de una orden directa—. Quita tus huesudas manos de lo que no es tuyo, ¡perra!

Esto último se escuchó sin interrupción alguna; provocando sobre Sam el escandalizado rostro que le arrebató, allí mismo, carcajadas de burla. Porque uniéndose a su amigo aún más y desde atrás, comenzó a recorrer el pecho de Jacobs con sus manos de un modo bastante indebido.

—¿Qué sucede, Travis? —Mencionó, entonces, en medio de tonos seductores y los cuales la llevaron a encariñarse, todavía más, con la silueta de Jacobs—. ¿Qué es lo que tanto te molesta? ¿Que sea yo quien se coma las golosinas que le envías a tu novio o que disfrute de este caramelo a sabiendas de que tú, por ahora, no puedes hacerlo?

La escandalosa mirada de Travis no se hizo esperar y se proyectó por todo lo ancho del monitor.

—Ya basta, muñeca. No bromees con eso —reaccionó Jacobs con inmediatos sobresaltos y por medio de una risita nerviosa, se lanzó sobre los jueguitos de Sam con el único objetivo de sostener sus manos.

—No —Insistió ella con amplios deseos de molestar—. Ya habíamos acordado que le diríamos la verdad, ¿no te acuerdas? Que no lo callaríamos más —pronunció muy cerca del oído de Jacobs mientras procuraba mirar de frente el monitor—. Anda, dile…Dile todo lo que sucede entre nosotros en cuanto las luces se apagan. En cuanto nos cercioramos de que nadie nos ve —Y acercándose de nuevo hasta él, se aseguró de morder el lóbulo de su oreja. Todo para aprisionarse luego el labio inferior con los dientes y mirar otra vez hacia el monitor.




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